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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 20-07-2009

El desgarrn en la civilidad

Marco Revelli
Il Manifesto


Nadie podr decir que no saba.

Las cifras de los estragos son pblicas, accesibles a todos. Basta consultar el sitio Fortress Europe (http://fortresseurope.blogspot.com) para conocer las cifras de nuestra vergenza. En los cuatro primeros meses del ao han muerto ya 329 inmigrantes [en Italia], anegados en el Canal de Sicilia. Fueron 1.274 a lo largo de 2008. Y ascienden a 4.009 en los tres lustros transcurridos desde 1994, cuando empez el registro de muertes a partir de las noticias periodsticas. Otra decena de miles de vctimas se ha registrado en las vas hacia Espaa y las Canarias (4.463), en el mar Egeo, hacia Grecia (1.310), en nuestro Adritico, procedentes de Albania (603), o en el desierto del Sahara, a lo largo de las pistas entre Sudn, el Chad, Nger y Mali, de un lado, y Libia y Argelia, del otro (1.691 muertos censados, pero la cifra est subestimada, porque el grueso de la tragedia se consuma fuera del alcance de la vista, sin dejar traza ni noticia).

Otros han muerto de fro, intentando atravesar las zonas montaosas entre Turqua y Grecia. O saltando por los aires en los campos minados de Evros, en Macedonia (91 personas). O anegados en las aguas del Oder, del Sava, del Morava, los ros que separan Polonia de Alemania, Bosnia de Croacia, Eslovaquia de la Repblica Checa. O ateridos de fro, ocultos en las bodegas de un avin para escapar a los controles (41 personas). O sofocados en el calor infernal de un contenedor. O aun cados bajo las balas de las distintas policas fronterizas, en Ceuta y Melilla, los enclaves espaoles en Marruecos, en Gambia, en Egipto, o en Israel; en Libia, en dnde estn bien documentadas las feroces torturas practicadas en los centros de detencin para extranjeros, tres de los cuales financiados por Italia.

La cifra total hiela la sangre: 14.679 muertos documentados a lo largo del permetro que circunda la civilizada Europa con un inmenso muro imaginario, infinitamente ms largo, alto y terrible que aquel Muro de Berln, cuya cada fue celebrada como una liberacin respecto de los fantasmas del siglo XX.

No se ha hablado de esas cifras en la cumbre del G-8 celebrada Aquila, que, sin embargo, no se ha privado de servirse de la tragedia africana como escudo para disimular su vaco. Esas cifras no han turbado los paseos de compras de las primeras damas por las calles romanas. Ni las voces de sus augustos maridos en el cuartel de Coppito, remodelado a toda prisa para la ocasin, probablemente con el trabajo de un buen nmero de supervivientes regularizados de aquellos estragos. Y sobre todo: esas cifras no han asomado siquiera, para escndalo de propios y ajenos, a los discursos oficiales de los llamados Grandes, detentadores de una extenuada soberana nacional que cocida en el jugo de su propio anacronismo no tolera ni discusiones ni excepciones, presta a vengarse de la propia impotencia ante la fuerza de los mercados y de los capitales con la segregacin, el rechazo, el cierre de fronteras y la crcel: exhibiendo msculo ante los ms dbiles entre los dbiles.

Con todo y con eso, esas cifras de eso se trataba slo han aflorado en la discusin de nuestro parlamento sobre el decreto de seguridad que, transformado en ley, convierte en acto penalizable la culpa de haber sobrevivido a la travesa. Callando sobre los cados, constituye en criminales a los que han logrado salvarse. El Senado la ha aprobado en un clima de dimisin general, tras un debate perezoso, como si se tratara de legislacin administrativa rutinaria, con una oposicin resignada, distrada y, una parte de ella al menos, connivente en su fuero interno. Y con una prensa dividida entre las historias de burdel del primer ministro y la crnica rosa de la cumbre, con un ojo en las alcobas del palacio Grazioli y el otro en las mesas de Coppito. Y, sin embargo, con este acto se ha producido un grave desgarrn el ensimo desgarrn: ya empezamos a acostumbrarnos en nuestra civilidad jurdica y en la ms elemental moral pblica: con la introduccin del delito de clandestinidad, en una forma nica en Europa, se ha traspasado un lmite. Sancionando penalmente el ingreso o la permanencia del individuo extranjero en nuestro territorio, se tipifica como crimen, no un hecho o una serie de hechos lesivos de bienes merecedores de tutela penal, sino como han sostenido con buenos argumentos muchos juristas una condicin individual, la condicin de inmigrante, conforme a una lgica que asume sin ms una connotacin discriminatoria que choca, no slo con el principio de igualdad, sino con la garanta constitucional fundamental en materia penal, de acuerdo con la cual el castigo tiene que fundarse exclusivamente en hechos materiales.

En la prctica, los efectos sern nulos, sino, ms probablemente, negativos. Cualquiera que conozca el problema sabe que la aplicacin de aquel oprobio es tcnicamente imposible, porque pondra en crisis al conjunto del sistema judicial. Amedrentar, desde luego. Reforzar unas tendencias xenfobas ya demasiado difundidas en nuestras instituciones pblicas, entre los comisarios de polica, entre los pliegos de la burocracia. Alimentar el miedo entre quienes quieren huir del miedo experimentado en la propia tierra de la que tratan de huir. Pero lo seguro es que no producir ms seguridad. Ni ms orden. Al contrario. Puede que por algn tiempo tenga alguna influencia en la geografa de los flujos, desaconsejando al menos parcialmente las rutas hacia Italia, derivando la migracin hacia otras direcciones, de Turqua a Grecia, en primer lugar, hacia fronteras orientales de mayor peligro y en las que la mortalidad corre el riesgo de crecer.

Un efecto evidente tendr esta ley en el plano simblico. Por el mensaje que lanza. Y por la incultura que revela. Un desgarrn intolerable, porque la poltica y la consciencia colectiva se nutren hoy de efectos simblicos. Y una democracia muere de ultrajes simblicos al pudor civil. Esperemos que la figura que, en ltima instancia, ha de jugar el papel de custodio de la Constitucin no avale ese desgarrn. Que el escndalo de aquellas cifras, inatendido en las dems instancias de poder, traspase al menos los muros del Quirinal.

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Marco Revelli , antiguo militante del autonomismo obrero italiano y celebrado estudioso del fordismo y el postfordismo, es profesor de ciencia poltica en la Universidad de Turn. Sus dos ltimos libros ms debatidos son La sinistra sociale (una investigacin muy importante sobre el trnsito del capitalismo fordista al postfordista y la evolucin de las bases sociales de la izquierda) y Ms all del siglo XX (traducido al castellano y publicado por la editorial El Viejo Topo, Barcelona, 2003).

Tomado de http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=2721

Traduccin para www.sinpermiso.info : Leonor Mar



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