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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 13-08-2009

frica

Jos Saramago
El Cuaderno de Saramago


En frica, dijo alguien, los muertos son negros y las armas son blancas. Sera difcil encontrar una sntesis ms perfecta de la sucesin de desastres que fue y sigue siendo, desde hace siglos, la existencia en el continente africano. El lugar del mundo donde se cree que la humanidad naci no era ciertamente el paraso terrenal cuando los primeros descubridores europeos desembarcaron (al contrario de lo que dice el mito bblico, Adn no fue expulsado del edn, simplemente nunca entr en l), pero con la llegada del hombre blanco se abrieron de par en par, para los negros, las puertas del infierno. Esas puerta siguen implacablemente abiertas, generaciones y generaciones de africanos han sido lanzadas a la hoguera ante la apenas disimulada indiferencia o la impdica complicidad de la opinin pblica mundial. Un milln de negros muertos por la guerra, por el hambre o por enfermedades que podran haber sido curadas, pesar siempre menos en la balanza de cualquier pas dominador y ocupar menos espacio en los noticiarios que las quince vctimas de un serial killer. Sabemos que el horror, en todas sus manifestaciones, las ms crueles, las ms atroces e infames, barre y asola todos los das, como una maldicin, nuestro desgraciado planeta, pero frica parece haberse convertido en su espacio preferido, en su laboratorio experimental, el lugar donde el horror se siente ms a sus anchas para cometer ofensas que creamos inconcebibles, como si los pueblos africanos hubiesen sido sealados al nacer con un destino de cobayas, sobre las que, por definicin, todas las violencias seran permitidas, todas las torturas justificadas, todos los crmenes absueltos. Contra lo que ingenuamente muchos se obstinan en creer, no habr un tribunal de Dios o de la Historia para juzgar las atrocidades cometidas por hombres sobre otros hombres. El futuro, siempre tan disponible para decretar esa modalidad de amnista general que es el olvido disfrazado de perdn, tambin es hbil en homologar, tcita o explcitamente, cuando tal convenga a los nuevos arreglos econmicos, militares o polticos, la impunidad de por vida a los autores directos e indirectos de las ms monstruosas acciones contra la carne y el espritu. Es un error entregarle al futuro el encargo de juzgar a los responsables del sufrimiento de las vctimas de ahora, porque ese futuro no dejar de hacer tambin sus vctimas e igualmente no resistir la tentacin de posponer para otro futuro aun ms lejano el mirfico momento de la justicia universal en que muchos de nosotros fingimos creer como la manera ms fcil, y tambin la ms hipcrita, de eludir responsabilidades que solo a nosotros nos caben, a este presente que somos. Se puede comprender que alguien se disculpe alegando: No lo sabia, pero es inaceptable que digamos: Prefiero no saberlo. El funcionamiento del mundo dej de ser el completo misterio que fue, las palancas del mal se encuentran a la vista de todos, para las manos que las manejan ya no hay guantes suficientes que les oculten las manchas de sangre. Debera por tanto ser fcil para cualquiera una eleccin entre el lado de la verdad y el lado de la mentira, entre el respeto humano y el desprecio por el otro, entre los que estn por la vida y los que estn contra ella. Desgraciadamente las cosas no siempre suceden as. El egosmo personal, la comodidad, la falta de generosidad, las pequeas cobardas de lo cotidiano, todo esto contribuye para esa perniciosa forma de ceguera mental que consiste en estar en el mundo y no ver el mundo, o solo ver lo que, en cada momento, sea susceptible de servir a nuestros intereses. En tales casos solo podemos desear que la conciencia venga, nos tome por el brazo, nos sacuda y nos pregunte a quemarropa: Adnde vas? Qu haces? Quin te crees que eres?. Una insurreccin de las conciencia libres es lo que necesitaramos. Ser todava posible?

http://cuaderno.josesaramago.org/2009/08/11/africa/


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