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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 20-08-2009

La habitacin de Virginia Woolf

Edgar Borges
Rebelin


Todo escritor dibuja sus mundos desde el rincn ms privado de su fuego interior. Ms tarde, si el ego o el temor no lo impiden, compartir parte de ese incendio. El escritor abrir, un poco, la puerta de su habitacin; pero slo entrar quien se sienta atrado por las cenizas.

Virginia Woolf (Londres 1882) le dej a la historia una voz que, como un espejo giratorio ubicado entre el mundo y su intimidad, registr los monlogos incendiarios de la existencia. El tono de la escritora inglesa es andrgino. Ella alcanz ese grado artstico (deseado por todo creador) donde se cruzan (y se asumen) todos los sexos y las conductas. Woolf saba que el escritor (en su voz) es un equilibrista de todos los sexos y de todas las psicologas. No puede asumirse una posicin determinada (en el juego de la ficcin) cuando se vive para observar.

Si bien Orlando es la obra que confirma la voz andrgina de Virginia Woolf, es en el ensayo Una habitacin propia donde la autora fija una sarcstica opinin sobre el asunto. El texto (publicado en un excelente libro del mismo ttulo) est basado en dos conferencias que la escritora dict en octubre de 1928 en la Sociedad Literaria de Newham y la Odtaa de Girton.

Charlas que, en un principio, estuvieron dedicadas al tema de la mujer y la novela, terminaron representando una variada carga de artillera verbal contra distintos prejuicios sociales. El machismo; los miedos ocultos del poder; los laberintos del artista y el reconocimiento del ser ms all de los sexos, son algunos de los caminos que nos sigue dibujando la autora de Las olas. Reflexiones que le llevan a concluir que es funesto para todo aquel que escribe el pensar en su sexo. Es funesto ser un hombre o una mujer a secas; uno debe ser mujer con algo de hombre u hombre con algo de mujer. Es funesto para una mujer subrayar en lo ms mnimo una queja, abogar, aun con justicia, una causa; en fin, el hablar conscientemente como una mujer. Y por funesto entiendo mortal; porque cuanto se escribe con esta parcialidad consciente est condenado a morir. Deja de ser fertilizado. Por brillante y eficaz, poderoso y magistral que parezca un da o dos, se marchitar al anochecer, no puede crecer en la mente de los dems. Alguna clase de colaboracin debe operarse en la mente entre la mujer y el hombre para que el arte de creacin pueda realizarse.

Son algunos de los incendios literarios que nos convocan desde la habitacin de Virginia Woolf. Y avanzamos paso a paso entre las palabras.



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