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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 25-08-2009

Reflexiones sobre violencia, racismo y odio
El lenguaje de la dignidad

Diego Taboada Varela
Rebelin


La brutal tendencia que concentra toda la actividad econmica y cultural en, por y para los ncleos urbanos es ecolgica, social y econmicamente insostenible; en Mjico DF, por ejemplo, los bebs nacen con niveles de plomo en los pulmones cinco veces por encima de lo normal; es escalofriante : la concentracin de Co2 en el aire de la megalpolis mejicana no perdona ni a los embarazos. Creo que esto ilustra claramente en cuanta medida el hombre es tambin el medio que construye; no hablo de ontologa de altos vuelos especulativos, me refiero al ser corpreo, sensible, fsico, real; afirmaciones tales como que la dicha del hombre pasa exclusivamente por el conocimiento de un Dios trascendente que le da su particular recetario de virtudes o lo libera de la angustia vital, caen por su propio peso cuando uno aterriza en la tierra y, partiendo de sta, no tiene ms remedio que aceptar que no hay felicidad humana posible sin voluntad por construir y habitar primero racional y ecolgicamente el entorno ms cercano e inmediato. Reflexiono... y no deja de resultarme cmico, sino dramtico, el hecho de poner nfasis en el conocimiento de un ms all que resguarda del miedo y la incertidumbre : al final, acabaremos afrontando como lo estamos haciendo ahora- nuestros problemas colectivos ms cercanos con los mismos estados de nimo, y el miedo jams ha construdo nada positivo.

No niego nunca lo he hecho- todo lo sagrado, lo simblico, que late en el corazn de los hombres, pero dudo mucho -y adems, niego rotundamente- que una educacin exclusivamente en valores, confesionales o laicos, pueda ser la llave maestra para entender y buscar soluciones a un mundo que se nos est escapando de las manos; lo ms indignante -y tambin lo ms llamativo- de nuestras hiper-modernas sociedades occidentales es que, disponiendo de un caudaloso acervo cultural, filosfico cientfico y tecnolgico, sigue forzando y legitimando jurdicamente, dando apariencia legal", por as decirlo, a fenmenos tan perennes como la lucha desenfrenada por los recursos clave que mueven a los mercados nacionales y las guerras que emanan, obviamente, de esa lucha : es el paso de la aparente diplomacia de nuestras democracias-mercado en sus relaciones interestatales y que no es sino tensin y conflicto latente, encubierto- a la expresin visceral y descarnada a la que llevan esas tensiones cuando ya es imposible disimularlas. La guerra; hacia dentro, entre familias : guerra civil. Hacia fuera, entre estados y sus respectivos ejrcitos. son las instituciones que han educado, educan y seguirn educando para el odio.

Hace un tiempo pensaba que la tortura y la pulsin guerrera eran pulsiones pura y duramente falocntricas, masculinas. Este pensamiento se me antoja, hoy da, insostenible, por demasiado esencialista y culturalista, as que de nuevo tengo que agarrarme al misterio de la humana conditio despus de haber visto las fotos de las torturas que soldados Norteamericanas infligan a presos de guerra Iraquies en la prisin de Abu Ghraib.

Nadie est libre del odio en una guerra. Nadie. Hombres, mujeres o nios, da igual. An hoy puedo recordar aquella foto en la que un corrillo de adultos aplauda, animaba y jaleaba a un nio palestino de no ms de siete aos mientras quemaba y pisoteaba la bandera con la estrella de cinco puntas del estado de Israel. El odio no es sin ms, se aprende, se reproduce poltica, social y culturalmente con una rapidez febril, inusitada y enfermiza. Para entender determinados comportamientos que nos parecen irracionales debemos y tenemos que prescindir de nuestras anteojeras ideolgicas y morales pre-establecidas, de nuestros fciles y cmodos apriorismos y esquemas mentales heredados, para partir del acontecimiento en s mismo, del contexto histrico, poltico y cultural en el que se hace visible.

Cuando un sistema socio-econmico injusto no garantiza la felicidad y la autorrealizacin en gran parte del planeta -habida cuenta de los crecientes archipilagos de pobreza que emergen, tanto en el Norte como en el Sur, en las periferias de las grandes megalpolis y en las cada vez ms desrticas zonas rurales- , la incertidumbre, la angustia y el miedo ya no pueden ocultarse, retroalimentndose con rapidez meridiana en las multitudes multitnicas excludas. Su nica vlvula de escape : la crcel o los ejrcitos; ejrcitos que, en el nombre de la voluntad de velar por la seguridad de las instituciones democrticas, dan empleo, autoestima y tambin- una excusa para encubrir ese miedo y angustia colectiva en pattico herosmo patrio; la mejor muestra de los resultados de ese herosmo lo tenemos en la interminable fila de epitafios del cementerio militar de los Estados Unidos : a las familias de los hroes siempre les quedar el dudoso consuelo institucional que reconoce que sus hijos han luchado por fines superiores : tragicmico pero cierto. Bertold Brecht sentenciaba que habra que luchar por sociedades en las que los hroes no fuesen necesarios en absoluto, pero esta contra-pedagoga del herosmo es cada da ms difcil, habida cuenta de que en la industria de masas del cine an se sigue consumiendo mayoritariamente, o bien conformista superficialidad y entretenimiento en su mximo exponente, o bien, en tiempos de guerra global permanente, el herosmo pattico de individuos providenciales que luchan por grandes causas : las excepciones confirman estas reglas.

Amn del ejrcito, tambin son una vlvula de escape las pandillas de los guettos de las villas miseria o de las periferias de las grandes cosmpolis, las ms golpeadas por el paro. Las mafias, el alcoholismo, la drogodependencia, la carencia de instituciones estatales de integracin social, el soborno a las instituciones policiales por los grandes jeques globales del narcotrfico, que a su vez introducen la droga en las villas miseria, la falta de recursos de las redes pblicas de integracin, la invisibilidad meditica y la trivializacin de los conflictos, la fuga de tejido industrial a zonas no conflictivas, son realidades que desenmascaran tranquilamente al muy dulce y armnico espritu "pop" de nuestras democracias-mercado.

Lo que est claro, meridianamente claro, es que la inseguridad, la ansiedad y el miedo, que tiene condicionantes polticos, sociales y culturales, y que se heredan y reproducen histricamente si tales condiciones persisten, buscan siempre el refugio en grupos endogmicos cohesionados en base a un nosotros enraizado en la afirmacin contra un otro.

Definitivamente no, no es el hombre, en abstracto y aislado, quien es violento. La violencia, violencia estructural, concreta, real, est condicionada y opera en la misma estructura social. Ante estas condiciones sociales adversas hay quien resiste y hay quien se deja llevar ciegamente por el discurso y la prctica de la violencia como solucin a todos los males. La violencia como solucin y el "otro" como culpable y chivo expiatorio. As es la condicin humana : nunca dos individuos reaccionarn y se comportarn igual ante un mismo acontecimiento. Si Martin Luther King canaliz el conflicto y el profundsimo malestar social interiorizado hacia la radical reclamacin tico-poltica de igualdad jurdico-formal para los negros en los States, otros se dejaron llevar por el ciego racismo identitario que crece, como la espuma, all donde el desarraigo y el dolor es tan grande que no puede expresarse sino con el odio y la enfermiza afirmacin histrinica de la propia identidad del otro que la niega.

Ahora que hablamos de odios colectivos, se ha afirmado tambin que existe un odio de clase tan peligroso como el odio de la endogamia cultural y religiosa; es cierto que ha existido y existe este odio de clase, e incluso es cierto que se ha llegado a presentar como necesario para la revolucin los asesinatos que se han cometido en su nombre, pero las cosas son ms complejas y los esquemas estticos siguen sonrojando a los errores del idealismo filosfico bienpensante, porque a veces ese odio de clase no se aposenta en la construccin formal-cultural de alguna diferencia, sino en una explotacin socioeconmica real perpetuada conscientemente a travs de los mecanismos jurdicos y polticos pertinentes por la clase dominante : es un odio que se auto-afirma como individuo-colectivo con derecho a derechos. Aqu es donde reside su germen anmico y su expresin formal; no se aspira a la aniquilacin del otro, del enemigo de clase, sino que se seala con el dedo a quienes, conscientemente, perpetan el trabajo en condiciones de esclavitud, dependencia o subsistencia primaria.

Sin caer en moralismos pueriles ni en psicologismos : hay odios y rabias colectivas que son moralmente comprensibles, porqu? : porque son el caldo de cultivo para la afirmacin de la propia supervivencia y dignidad colectiva, y esa afirmacin se aposenta sobre la exigencia de justicia a quienes niegan tal dignidad o a quienes, con responsabilidad silenciosa o paternalista caridad, contribuyen a perpetuar el desarraigo y las miserables condiciones materiales de existencia de la mayora de la poblacin. Se puede confirmar con la propia experiencia cmo ciertos discursos en pro de la conservacin de las instituciones democrticas, en pro de la conservacin de la propiedad, o en pro de los "derechos humanos", no son sino la chchara ideolgica de los mismos agentes polticos, sociales, econmicos y mediticos que perpetan, con sus actos, con sus discursos, y con su vergonzosa trivializacin de los hechos, as como con su silencio cmplice, la miseria de unos muchos a costa del enriquecimiento atroz, progresivo y acelerado de unos pocos.

Hay que diferenciar, creo, a quienes convierten causas en excusas para generar odio, de quienes necesitan causas para afirmar nada ms que el derecho a no tener que pedir permiso a nadie para vivir. Un ejemplo : el MST de Brasil, movimiento que acta polticamente ocupando grandes latifundios en desuso. Son los propietarios de estos latifundios quienes subvencionan ejrcitos privados para reprimir violentamente al MST, pero algunos medios de comunicacin nacionales no dejan de representar al MST como un movimiento que perturba al imperturbable orden social de la sacrosanta democracia brasilea. No es nada nuevo; en momentos de agudas contradicciones y polarizacin social los medios de comunicacin, la clase poltica y la prensa bienpensante se resguardan del tan temido odio de clase y lo condenan tajantemente. Hay que impedir, por todos los medios, que se expanda colectivamente la indignacin moral ante la injusticia. Hay que suavizar las palabras. Hay que distorsionar los hechos. Hay que echar mano de cinismo de tecncrata. En Brasil, al parecer, slo las familias de los jornaleros sin tierra odian, y cuando ese malestar y ese odio ya no puede ocultarse, el moralismo bienpensante lo tiene muy fcil, tanto desde el speech poltico de los partidos como desde el discurso meditico, para estigmatizarlo por su radical desmesura : al parecer, los cientos y cientos de campesinos que han aparecido en las cunetas de los latifundios de Brasil cosidos a tiros, son algo as como una muestra de la Aristotlica prudencia o del talante conciliador de los terratenientes.

En la frentica y compleja sociedad humana, la realidad supera muchas veces a la ficcin, opera el principio de incertidumbre y nuevos fenmenos surgen para hacernos replantear modelos tericos que creamos irrefutables. En no pocos casos no llega con la aplicacin del salvfico mtodo cientfico o de un esquema terico a priori, pues dentro de la racionalidad colectiva, humana, late un fuerte componente de i-racionalidad. Ejemplos? : el holocausto nazi, los fascismos Europeos, las dos guerras mundiales, las matanzas coloniales -tanto modernas como premodernas-, Hiroshima, el patriarcado, el fanatismo religioso y tnico, las torturas diarias en las crceles del mundo libre, el ecocidio global generalizado, que se expande all donde se expande el dios mercado, la violencia psicolgica, tanto en el mundo del trabajo como en las relaciones cotidianas, el racismo, la tecno-economa de la guerra global permanenteetc; podramos seguir y explicar el porqu de esa irracionalidad colectiva, pero la irracionalidad jams fue ni ser- razonable. Podemos explicarla. Entenderla. Podemos buscar su raz, por muy irracional que nos parezca.

S, es cierto que el hombre es un misterio, pero no debemos hacer del misterio una forma de explicacin de las causas de la irracionalidad colectiva. Incluso Shakespeare tena afn positivo -que no positivista- a la hora de representar sus dramas. No hay, no debe haber ms lenguaje que el de la dignidad. Y para eso se necesita, antes de nada y ante todo, comprensin previa y concreta de los fenmenos en su ms honda radicalidad.

Antes de la toma de postura tica, es necesario, siempre, y en cualquier lugar, el rigor y la profundidad analtica.

O se parte de esta actitud, o se fracasar siempre.



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