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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 31-08-2009

Sobre el incendio que arras parte del Valle del Titar

Rebelin


Hace ahora un mes del incendio que asol el valle del Titar, con consecuencias desastrosas un amigo muerto, varias casas incendiadas, miles de rboles y animales desaparecidos- y, adems, con unos procedimientos por parte de las autoridades realmente escandalosos. Todava no hemos conseguido que el ayuntamiento, ni nadie, por otra parte, nos explique las medidas recientemente adoptadas (hasta hace muy poco, se contaba con las gentes del lugar para atajar los fuegos) y que estn dando unos resultados tan atroces. El texto que sigue a continuacin, sin autor, es una reflexin poco habitual y, tal vez, slo quienes viven en el campo o habitan en pueblos que todava se conserven como tales puedan compartir plenamente lo que ah se dice porque, ciertamente, las cosas son muy diferentes si suceden o se ven desde la ciudad. Pero me parece importante que, alguna vez, se escuchen las voces de quienes no somos ciudadanos, sino vecinos y habitantes de una tierra que estn haciendo todo lo posible por matar. Porque, en definitiva, todas y todos estamos realmente amenazados.

Mara Tabuyo

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Sobre el incendio que arras parte del Valle del Titar

Si se aspira a que una catstrofe como el incendio que arras una parte importante del valle del Titar el pasado 28 de julio no vuelva a repetirse, se impone, antes de nada, una reflexin sobre los diversos aspectos del suceso. Dejaremos de lado aqu cul pueda haber sido el origen del fuego y todo lo relativo a lo que parece su probable carcter intencionado. Tampoco se ocupa este escrito de las circunstancias ambientales relativas a la prevencin de los incendios, como el tema pinos frente a bosque autctono, limpieza del monte, etc., y tampoco se hablar aqu, por ejemplo, de los criterios que se deban seguir para la recuperacin de las zonas afectadas, temas que exigiran otras tantas reflexiones independientes.

La perspectiva de este escrito se limita estrictamente a la forma en que se actu en el proceso de la extincin y a algunas de las medidas que se tomaron para apagar o, mejor dicho, para no apagar un fuego que atraves libremente y en repetidas ocasiones caminos, carreteras y cortafuegos, un da en que no haca demasiado viento, en lo que result ser un ejercicio de incompetencia difcilmente superable. Tampoco se pretende buscar responsabilidades personales (independientemente de que pudieran existir y de que sea pertinente hacerlo) sino ahondar en las motivaciones subyacentes de las decisiones adoptadas.

Entre esas decisiones hay dos, con muy distinta incidencia sobre el desarrollo global del fuego pero de idntica naturaleza y, de algn modo, indisociables, que parecen particularmente significativas: la prohibicin de acceder al incendio a los numerosos voluntarios que se ofrecan a colaborar y la evacuacin forzosa de los residentes en la zona. Aunque la segunda de ellas es decir, la evacuacin pueda tener una relevancia muy escasa o nula en cuanto al desarrollo global del incendio, no deja de ser cualitativamente importante por lo que significa y por afectar vitalmente a un nmero nada despreciable de personas.

En efecto, la evacuacin forzosa es, por encima de todo, una injerencia inadmisible en la libertad individual, propia de un Estado totalitario, y una negacin flagrante del legtimo derecho de toda persona a defender lo que es suyo y, ms en particular, su vivienda y su tierra. Anlogamente, la prohibicin a los voluntarios de participar en las labores de extincin circunstancia que s fue decisiva en la propagacin del fuego es, aparte de un ridculo acto de arrogancia y de paternalismo por parte de los organismos oficialmente encargados de la extincin, una actitud idnticamente atentatoria contra la colectividad, en tanto que prohibicin a todo un pueblo de defender la tierra que legtimamente le pertenece y a la que pertenece. El acto es tanto ms pattico cuanto que entre el voluntariado se contaban personas con sobrada experiencia en este tipo de sucesos y con un conocimiento concreto del terreno, absolutamente esencial en la extincin de un incendio, conocimiento del que demostraron carecer por completo no slo las brigadas llegadas de otras comarcas ms o menos prximas (lo que es, naturalmente, comprensible) sino tambin todo el personal oficialmente encargado de la extincin, en particular quienes se encontraban al mando de las operaciones.

Ahora bien, estas dos medidas, ms all de las personas concretas que las pudieran dictar, estn sustentadas en unas actitudes sociales hoy en da generalizadas, que es preciso poner de manifiesto, tanto ms cuanto que, probablemente, sean inconscientemente apoyadas, en mayor o menor medida, de forma tcita o expresa, no solo por quienes puedan aprobar la gestin de la extincin sino tambin por muchos de quienes la critican.

Bsicamente, parece haber cuatro razones de fondo o, al menos, relativamente de fondo detrs de las dos medidas mencionadas.

1) La ilusin tecnolgica. Es decir, la difundida creencia de que la tecnologa lo resuelve todo y de que, en este caso concreto, la extincin del fuego poda encomendarse bsicamente a aviones y helicpteros. Sin duda la imagen de un grupo de paisanos con azadas y rastrillos debi de parecer a nuestros tecnologizados polticos vergonzante y tercermundista (la peor ofensa que en el mbito poltico se le puede hacer a cualquier institucin de nuestro mundo tan orgullosamente moderno y democrtico); sin embargo, cualquier persona con una mnima experiencia en incendios forestales sabe que la realizacin de cortafuegos, por ejemplo, es una tarea absolutamente esencial, y que solo una masa humana considerable tiene la movilidad y la capacidad suficiente para hacer un cortafuegos de una longitud importante en escasos minutos, tarea de todo punto irrealizable por unos pocos bomberos por muy cualificados que se los suponga y por mucha tecnologa de la que dispongan.

2) La especializacin de las funciones sociales. Vivimos en una sociedad que ha decidido es decir, en la que la inmensa mayora de sus ciudadanos ha decidido o, al menos, acepta que todas las funciones colectivas que en una sociedad normal debera asumir personalmente cada cual, ya fuere de forma individual o grupal, sean asumidas ahora por personal especializado al servicio del Estado o de grandes empresas. Todas las actividades esenciales de la vida a travs de las cuales el individuo se mantiene en relacin directa y real con el mundo con el cosmos, propiamente hablando: construir o cuidar la casa en la que vive, conseguir o cultivar los productos con que se alimenta, confeccionar las ropas con que se cubre, cortar la lea con la que se calienta, etc, y que pueden contribuir decisivamente a dar sentido a la existencia, tienen ahora un carcter estrictamente funcional y son asumidas por macroentidades de carcter annimo y despersonalizado. El ciudadano trabaja (suponiendo que pueda hacerlo) en una actividad habitualmente impersonal, ajena por completo a su vocacin existencial, cobra un dinero y, paga, de un modo u otro, para que otros se encarguen de las actividades que normalmente deberan ocupar su vida y a travs de las cuales se podra realizar como ser humano. En definitiva, paga para que otros vivan su vida por l, funcin para la que habitualmente se encuentra demasiado atareado y sin suficiente tiempo disponible.

De este modo llega a contemplarse como algo completamente normal la especializacin despersonalizante de todas las tareas bsicas, una de cuyas consecuencias, por ejemplo, es que apagar el fuego que amenaza su tierra tierra que, de no haber sido reducida a la mera condicin de medio ambiente por el cientifismo ecologista, debera tener para l un valor sagrado no sea un asunto vital en el que se encuentra existencialmente implicado de forma natural e inevitable, sino un problema tcnico del que deben ocuparse exclusivamente los especialistas designados por la burocracia estatal.

3) La obsesin paranoica por la seguridad. Nunca a lo largo de la historia, hasta la aparicin de la sociedad industrial, se haba llegado a poner en peligro de forma global, como ahora, la existencia de la vida en el planeta. Es probablemente esta nueva situacin la que, a travs de una red de mecanismos intermedios, acaba generando en los individuos, a modo de defensiva compensacin, la obsesin paranoica por la seguridad, que actualmente comparten la inmensa mayora de los habitantes del llamado primer mundo. Parece que dentro de poco va a ser obligado asegurar hasta el bolgrafo que uno lleva en el bolsillo, circular por las calles con mascarilla permanente haya o no haya gripe y esterilizar la vajilla antes de cada comida.

En la medida en que las mltiples amenazas que la actual forma de vida implica son indiscutiblemente reales, esa obsesin podra tener su justificacin y su eficacia si hubiera sido encauzada de una manera no neurtica y siempre que por el camino no se hubiera perdido lo esencial. En efecto, se olvida que el gran riesgo, la gran amenaza que el moderno sistema industrialista proyecta sobre los que vivimos en l no es tanto de orden fsico (con toda la importancia que esto pueda tener), cuanto prioritariamente anmico: lo que, por encima de todo, en estos momentos est en peligro de muerte inminente no es tanto el cuerpo como el alma, el alma de los individuos y el alma de las colectividades, que perecen indefectiblemente en un sistema uniformizante que obliga a una existencia reductoramente fsica y cuantitativa, enajenada y despersonalizada. As se promueven ridculas normativas que vigilan hasta el ltimo detalle las esquinas de un juguete de plstico o que controlan la asepsia integral de unos alimentos plastificados, mientras se asfixia al planeta bajo millones de toneladas de basura intil, subproductos de la fabricacin de la basura til entre la que diariamente nos movemos, y mientras los nuevos ciudadanos responsables, muy preocupados por el uso de la mascarilla a la hora de pintar una puerta con titanlux, envenenan satisfechos sus inteligencias con la inmundicia intelectual que devoran cotidianamente a travs de todos los canales mediticos de la sociedad de la informacin.

Esta manaca y generalizada obsesin por la seguridad fsica que se dira extraamente combinada con un subliminal complejo de culpa que busca el suicidio colectivo, y el pnico ante la posibilidad de asumir conscientemente ciertos riesgos especficos, explcitos pero naturales, necesarios y relativamente menores, est probablemente, de forma decisiva, detrs de esa negativa a permitir el acceso de los voluntarios al rea del incendio.

4) El clima de inestabilidad generado entre la clase poltica por las responsabilidades supuestamente derivadas de cualquier catstrofe. En efecto, la justa y necesaria bsqueda de responsabilidades se convierte sistemticamente en oportunista peticin de dimisin de algn ministro y varios cargos polticos por parte de la oposicin sea sta la que sea cada vez que a la naturaleza se le ocurre la intolerable idea de asolar con un terremoto o una inundacin un pas democrtico, dejando tras de s la consiguiente estela de vctimas humanas. Al margen de que, dada la catadura de nuestro estamento poltico, toda dimisin es buena, es ste un mecanismo que el sistema sociopoltico vigente ha conseguido interiorizar hbilmente y con pleno xito en los ciudadanos, para convencerles de que, cuando algo no funciona, la culpa es siempre de algn individuo irresponsable o incompetente, pero jams del propio sistema; menos todava, una fatalidad irremediable, inseparable de la precaria condicin humana, posibilidad que la arrogante conciencia del homo technologicus ni siquiera se digna contemplar.

En definitiva, se puede criticar a las personas pero no poner en cuestin el orden establecido. De este modo, la crtica de los funcionamientos (actitud ahora propia de todo ciudadano bienpensante y progresista) reprime y abroga el derecho a rechazar la estructura (actitud propia de indeseables elementos antisociales). Esta institucionalizacin de una crtica blanda, por la que todo el mundo considera un deber protestar, reivindicar, acusar y pedir dimisiones a diestro y siniestro, pero que jams cuestiona el orden global, se une al apego al cargo; y, naturalmente, cualquier poltico se lo pensar dos veces antes de permitir una actuacin que, por muy justa y necesaria que sea, caso de salir mal, podra costarle el puesto.

Este mecanismo se acompaa, por otra parte, de un argumento supuestamente humanista, pero en realidad radicalmente demaggico, en virtud del cual se proclama de manera cnica y pomposamente teatral que es preferible que se quemen miles y miles de hectreas de bosque a que una persona corra el riesgo de perder la vida, como si ambas magnitudes fuesen comparables y como si no hubiese causas que justificasen la asuncin de un riesgo que cada cual, por lo dems, es libre de asumir o rechazar. Esta sobrevaloracin ostentosa y descontextualizada de la vida humana no pasa de ser una expresin particular del superhinflado ego colectivo del hombre contemporneo.

En definitiva, es el modelo social ampliamente aceptado por la mayora de la poblacin y defendido con idntico nfasis por todas las fuerzas polticas, de derechas y de izquierdas, el que se encuentra de forma directa y relativamente inmediata detrs de la ineficacia para apagar el incendio del valle del Titar. Bsquese, pues, si ha lugar, a los responsables inmediatos de tanta incompetencia, pero no se caiga en la ingenuidad de pensar que una mera sustitucin de personas o partidos resolver ningn problema.

En la consciencia de que los anlisis tericos no excluyen la propuesta de medidas concretas (lstima que, a la inversa, quienes con mentalidad supuestamente pragmtica y eficiente dicen ocuparse crticamente de lo urgente jams tengan tiempo para ocuparse de lo esencial), se hace desde aqu un doble llamamiento a la poblacin para que en futuras ocasiones, es decir, de cara a futuros incendios que sin duda se producirn, se adopten dos medidas especficas con respecto a los temas aqu considerados, independientemente, claro est, de las que se puedan adoptar en relacin a otros aspectos:

1. Resistirse individualmente de forma inflexible (que la resistencia sea ms o menos pasiva o activa quedara a la decisin y el coraje de cada cual) a cualquier intento de evacuacin forzosa e indiscriminada de quienes no quieran marcharse, de modo que, como mnimo, las fuerzas del orden tengan que sacar literalmente a rastras a los interesados.

2. Ignorar colectivamente, desde el primer momento, de forma tan resuelta y contundente como fuere necesario, todo intento por parte de los burcratas de turno (sean municipales, autonmicos o estatales, progresistas o conservadores) de impedir o dificultar la legtima e imprescindible accin de los voluntarios en las tareas de extincin, es decir, dar la respuesta que se merece a la totalitaria pretensin de conculcar el legtimo derecho de los hombres y mujeres de este pueblo a defender lo que es suyo.



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