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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 23-09-2009

Para reconstruir la izquierda social y cultural

Manuel Monereo y Miguel Riera
Rebelin


El debate, si se puede llamar as, poltico del pasado verano da muchas y buenas pistas sobre los temas de fondo que organizan eso que se ha llamado la opinin pblica. El primer asunto de importancia, no por orden cronolgico, ha sido la polmica, que todava colea, entre PRISA y el gobierno de Zapatero (hablo del gobierno y no del PSOE, no por casualidad, como luego se ver). El motivo, como es sabido, ha sido la regulacin por decreto-ley del sistema de pago para la TDT. La brutalidad de la respuesta de los representantes de la citada empresa de comunicacin, agobiada por una deuda que ronda los cinco mil millones de euros, demuestra hasta qu punto estn rotas las relaciones entre el gobierno y el sistema meditico empresarial que, hasta ahora, ha condicionado y, hasta cierto punto, apoyado a ese gobierno.

El tema es muy viejo en la poltica y consiste en algo tan simple, pero tan importante como la creacin desde el gobierno de grupos mediticos que lo apoyen y lo sostengan. Esto lo ha hecho el PSOE y lo ha hecho el PP, al igual que, desde otro mbito, lo hacen los partidos nacionalistas. Tan vieja tambin como el mundo es la tendencia de estos grupos meditico-financieros de autonomizarse y convertirse en lobbys que acaban determinando muchas veces las polticas del partido que en otros momentos los impuls. Es evidente que Zapatero sinti negativamente, ya desde la oposicin, la presin de PRISA y que desde el gobierno ha intentado e intenta crear un grupo de apoyo meditico que, sin romper definitivamente con PRISA, s que la limite y le asegure mrgenes de maniobra mucho ms grandes.

Como se ha encargado de decir Juan Luis Cebrin, el consejero delegado de PRISA, en el fondo hay algo ms, que es la cuestin del felipismo. En esto no hay que engaarse: el felipismo fue una trama de poder que interconect grupos econmicos, gobiernos locales y regionales y estructuras partidarias. De una u otra forma, desde el gobierno o la oposicin, esas estructuras y redes de influencia se siguen manteniendo; sin ellas nunca hubiesen sido posibles cosas como el GAL, la corrupcin generalizada y la decisiva influencia de PRISA y sus medios, aqu y en Amrica Latina.

Dichas estructuras, con diversas aristas, han sido puestas directamente al servicio de gentes como Slim (seguramente la primera fortuna del mundo), del cual Gonzlez es un conocido ayudante y tiene como ncleo de influencia el llamado Club de Madrid, que no es otra cosa que el defensor a ultranza de los intereses de las transnacionales con pabelln espaol y enemigo mortal de las experiencias de transformacin social que se desarrollan en Amrica Latina. La lnea editorial de El Pas y de sus clones latinoamericanos son, en este sentido, ms que evidentes y compiten abiertamente con la derecha extrema espaola.

Es importante retener la cuestin del felipismo porque, como ms adelante se ver, tiene mucho que ver con las disensiones en el grupo econmico del gobierno que han dado como fruto la dimisin de su todopoderoso vicepresidente econmico, las crticas abiertas de gentes como Almunia y la salida de la poltica del otrora amigo poltico de Zapatero, Jordi Sevilla.

La corrupcin al galope

El segundo asunto que nos ha ocupado durante el verano tiene que ver con el espinoso tema de las corrupciones del PP y las denuncias de escuchas telefnicas realizadas desde los aparatos del Estado. Que desde el Ministerio del Interior se realicen campaas contra la oposicin poltica y social no nos debe de extraar demasiado: lo han practicado aqu el PSOE y el PP cundo y dnde gobiernan. Es ms, las crticas del PP al gobierno se dan, justamente, en un contexto en el que hay procedimientos judiciales abiertos contra el gobierno de la Comunidad de Madrid por seguimientos y espionaje -esto si que es una novedad- a disidentes polticos contrarios a Esperanza Aguirre.

El problema de fondo no es otro que la corrupcin. Tampoco en esto hay que engaarse: el patrn o modelo de crecimiento espaol en estos doce ltimos aos ha sido posible y se ha mantenido por la complicidad de las fuerzas polticas mayoritarias, en el Estado y en las Autonomas, con los grupos de poder financiero-inmobiliarios. Han sido el gobierno central, las Autonomas y las instituciones locales los que han hecho la vista gorda ante los desastres urbansticos, han seguido desregulando y privatizando, a cambio de (esta es su mejor cara) conseguir ingresos para sus menguadas arcas, financiacin extra para las cada vez ms costosas campaas electorales, cuando no corrupcin directa de personas que se han enriquecido espectacularmente ante la pasividad, sino el abierto apoyo, de una opinin pblica que asocia como normal la corrupcin y la poltica.

Tarde o temprano, esta enorme y sistemtica corrupcin, emerger. Se tiene la sensacin de que el conflicto entre las grandes formaciones polticas est relacionado con la ruptura de un pacto no escrito que consiste en taparse mutuamente las corrupciones y situarlas al margen del debate poltico. En el fondo, hay que insistir en el enorme poder poltico de la oligarqua financiero inmobiliaria y meditica para controlar la agenda del gobierno e imponer sus alternativas.

Hay que empezar a preguntarse, tambin, si esta corrupcin generalizada semioculta que slo parcialmente nos facilitan los medios de comunicacin no est inserta en el corazn de nuestra propia sociedad, si no se trata de un cncer moral perfectamente arraigado entre nosotros. Un cncer cuyo origen tal vez se halle en el mismo origen de la etapa democrtica: no hubo ruptura, sino reforma, y con ello se arrastraron todos los vicios y hbitos imperantes en el tardofranquismo.

El asunto no es balad, pues hay ya sntomas alarmantes de que la pretendida sociedad civil (lase grandes empresarios y familias ricas de toda la vida) reclama su parte del pastel. El caso de Flix Millet, un patricio barcelons de una familia que ha estado en la cima fuera cual fuera el rgimen poltico imperante, y que supuestamente se ha metido en el bolsillo ms de diez millones de euros provenientes de subvenciones de las administraciones pblicas destinadas al Palau de la Msica, puede ser la punta de un iceberg de dimensiones insospechadas.

El debate de la subida de impuestos

El tercer asunto de importancia, muy relacionado con los otros dos, tiene que ver con el debate sobre la crisis y, especficamente, con las propuestas, por lo que se ve, moderadsimas, de incremento impositivo del gobierno. No se sabe si sorprende ms la hipocresa organizada de los grupos econmicos y mediticos de poder o la enorme debilidad de la respuesta de un gobierno y del partido que tericamente le apoya. Todos los debates se entrecruzan en este: lo que est en cuestin es el poder de los que tienen el poder para imponer su salida a la crisis.

El presidente de la patronal (convicto y confeso admirador de Esperanza Aguirre), en un momento lgido de la crisis, pidi, exigi que se suspendiera temporalmente la economa de mercado y propuso una contundente intervencin del Estado en la economa ante una previsible catstrofe econmica. La patronal y los grupos de poder econmicos no tuvieron dudas, a pesar de que se incrementara sustancialmente el dficit pblico, en poner miles de millones de euros de los contribuyentes para sanear, de nuevo, el sistema financiero y ayudar de diversas formas a la empresa privada a travs del gasto pblico. Pues bien, esta misma patronal, junto con toda la enorme trama meditico comunicacional, ha seguido insistiendo en la necesidad de abaratar el despido, aumentar la edad de jubilacin y disminuir las pensiones ante la ensima amenaza de quiebra de la seguridad social.

El gobierno, frente a una gravsima crisis y ante la necesidad de proteger a los sectores ms dbiles, ha abierto mal y tarde el debate sobre un previsible incremento de impuestos para paliar un dficit pblico en expansin. La debilidad del gobierno resulta pattica. Espaa tiene uno de los ms injustos sistemas tributarios de la UE y su gasto pblico sigue estando muy por debajo de la media europea; esto se agrava con nuestro insuficiente y escaso gasto social. Ante esto, el gobierno lanza un globo sonda y la oposicin combinada del PP y de los grupos meditico-financieros, rebaja las expectativas de la misma hasta el punto que se tratarn de modificaciones temporales y nada significativas, segn anuncia el propio Zapatero

Este debate seala elementos, como antes se dijo, muy significativo de nuestra realidad poltico-social. En primer lugar, pone de manifiesto que nuestro patrn de crecimiento ha generado, entre otras cosas, una distribucin extremadamente desigual de renta, riqueza y poder. Hay una oligarqua financiero inmobiliaria que sigue acumulando poder poltico y que pretende, una vez ms, que la salida a la crisis no cuestione en lo ms mnimo los fundamentos de su poder econmico, meditico y poltico.

En segundo lugar, el gobierno est a la defensiva, sin propuestas reales alternativas a la crisis del patrn de crecimiento. El PSOE y todo su inmenso poder institucional no est respondiendo a los desafos polticos de una derecha a la ofensiva y que se ve ganadora a medio plazo. La alianza real de Zapatero est establecida con los sindicatos, con UGT y CCOO. Lo ms significativo, no obstante, es que ni siquiera stos estn respondiendo con alguna contundencia a los desafos de una patronal que sabe lo que quiere y que est ms que dispuesta, si el gobierno no cede a sus exigencias, a ser la base de masas del PP.

En tercer lugar, la crisis viene para quedarse. Con o sin brotes verdes, el paro, la precariedad, la sobreexplotacin van a continuar y con ello la inseguridad y el miedo ante la carencia de alternativas. El conflicto social bsico va a estar presente durante mucho tiempo y la apuesta de los poderes econmicos es clara y difana: ajuste salarial y ajuste social, es decir, menos poder de los trabajadores y sus organizaciones en la sociedad.

En cuarto lugar, destaca el escaso apoyo que Zapatero recibe en este terreno por parte de las Autonomas en las que el PSOE gobierna. Como si cualquier medida debiera tomarse exclusivamente desde el gobierno del Estado, los gobiernos autonmicos parecen, cuando se habla de crisis, mirar hacia otro lado. Especialmente notable es el caso de Catalua, cuyo conseller de economa, Antoni Castells, ha rechazado explcitamente un posible aumento de impuestos, algo paradjico si se tiene en cuenta la reciente aprobacin de la nueva financiacin autonmica, y la inexistencia de recursos suficientes para llevarla a cabo. Resulta sorprendente que, siendo Espaa un pas fuertemente descentralizado, los gobiernos autonmicos opten por esperar plcidamente a que les arreglen el tema desde el gobierno central, mientras aprueban un ERE tras otro.

En quinto lugar: en estas condiciones, el gobierno Zapatero perder las prximas elecciones, de las cuales emerger una derecha poltica y econmica con un programa abiertamente neoliberal y de aplicacin pura y dura. La tentacin es situarse, como tantas veces, defendiendo un gobierno que no sabe defenderse ante el peligro, real, de que llegue la derecha. Se debe, con sinceridad y con modestia, responder al temor de las gentes, pero la estrategia del mal menor, en estas condiciones, puede terminar siendo el mal mayor.

La salida, hacia dnde?

Que el gobierno de Zapatero podra responder desde la izquierda a la situacin, es evidente; el programa para esta ofensiva se le ha venido ofreciendo desde la izquierda social y poltica. Basta leer lo que han venido proponiendo Juan Torres, Vicen Navarro, Jos Manuel Naredo, Juan Ramn Capella, Miguel ngel Llorente o Albert Recio. La cuestin antes apuntada del felipismo tiene mucho que ver con esto: para hacer otra poltica desde la izquierda, Zapatero debera hacer otro PSOE. Ni PRISA, ni los barones y baronesas ni las tramas de poder de las que es parte, se lo van a consentir. A Borrell nunca le perdonaron intentarlo.

El zapaterismo ha consistido en el intento de humanizar el modelo neoliberal, respetando las bases econmicas del patrn de crecimiento e intentando redistribuir mejor. Cuando ha llegado la crisis todo este esquema ha saltado por los aires. Zapatero no acepta que el peso de la crisis, una vez ms, caiga sobre los trabajadores y busca conciliar esta decisin con los grupos econmicos de poder, a lo que stos se niegan; la dimisin de Solbes tiene mucho que ver con ello. Con todo esto se pone de manifiesto algo que ya sabamos y que es bueno no olvidar: que el bipartidismo no es slo ni principalmente una cuestin electoral, sino un modo de organizar el poder. Ms contundentemente: es el instrumento del que se valen los que tienen el poder econmico, y derivadamente el poder poltico, para no perderlo.

Tener claro esto y no hacerse falsas ilusiones es perfectamente compatible ( da un poco de vergenza tener que decir esto a estas alturas) con acuerdos con el gobierno y con el partido que lo apoya para la defensa de los derechos de los trabajadores y de aquellas medidas que dignifiquen y mejoren la situacin de los sectores ms golpeados por la crisis, pero sabiendo que de este gobierno, no slo no va a salir una alternativa coherente de izquierdas, sino que, desgraciadamente, sus incongruencias terminarn por facilitar el paso a la derecha.

Resistir el impacto combinado de la oposicin poltica, de casi todos los medios de comunicacin y de la jerarqua eclesistica sera una prueba difcil para cualquier gobierno slido; para un gobierno timorato, indeciso, carente de figuras que respalden al presidente, la misin se convierte en imposible.

La izquierda paralizada

Hasta ahora, no es por casualidad, nada hemos dicho de las izquierdas a la izquierda del Partido Socialista. Lo menos que se puede decir es que stas viven una situacin caracterizada por la carencia de un proyecto alternativo, la prdida de apoyo social y electoral y una fragmentacin que se va incrementando con el tiempo. Lo ms grave es que dichas izquierdas niegan en la prctica esta realidad y poco o nada hacen por superarla. La valoracin que han hecho de las recientes elecciones europeas invita al pesimismo. No sabemos si es peor la autocomplacencia o la supina ignorancia ante realidades que ni se pueden ni se deben de ignorar.

Que la izquierda en general y que la izquierda transformadora y anticapitalista en particular, no viven un gran momento en Europa, parece evidente. Pero hay casos y casos. La izquierda alternativa espaola, junto con la italiana, estn en una situacin que hay que calificar de emergencia y de prctica desaparicin como referente electoral y social. Eso no ocurre en Alemania, en Portugal, en Grecia y ni siquiera en Francia, donde se conserva un importante espacio electoral, una fuerte capacidad de movilizacin y, lo ms importante, estn sacando consecuencias del coste poltico que tienen las divisiones y los hegemonismos ms o menos explcitos.

Parafraseando un viejo artculo de Naredo, en Espaa hace falta una oposicin que realmente se oponga, una oposicin social, cultural y poltica a los grupos de poder dominantes y a las fuerzas polticas que directa o indirectamente los apoyan. Sin esta toma de posicin clara y firme, todo lo dems son meras palabras que a casi nadie convencen ya. De la mala situacin de la izquierda alternativa en Espaa no se va a salir con espordicos llamamientos a la unidad ni con situarse como izquierda complementaria del PSOE, sino propiciando una nueva convergencia social, poltica y cultural con el objetivo explcito, no de salir en abstracto de la crisis, sino del capitalismo neoliberal en crisis.

Es importante tener claro que estamos ante una larga travesa del desierto; ante un xodo de grandes proporciones; ante un territorio duro y difcil de atravesar, lo que exigir saber a dnde se quiere ir, cmo y con quin, sabiendo que el trayecto exigir un fuerte compromiso tico-poltico, mucha determinacin y capacidad de maniobra para combinar defensa de principios slidos con un talante unitario y no sectario.

Para construir una alternativa de izquierdas hace falta reconstruir una izquierda social y cultural capaz de sentar las bases de una nueva prctica y de un nuevo modo de hacer poltica. Lo que deberamos hacer todos y todas es poner nuestros pequeos instrumentos poltico organizativos al servicio de esta tarea desde la unidad, el programa y la accin comn. Ello requiere audacia, desembarazarse de complejos y renunciar a protagonismos autoatribuidos y a intereses espurios.

El problema, como siempre, es saber si estaremos a la altura de los desafos histricos y de las necesidades de nuestras gentes.



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