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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 27-09-2009

Pobretariado: nuevo sujeto revolucionario?

Marcelo Colussi
Rebelin


1. Esquemas clsicos y neoliberalismo

Cuando a mediados del siglo XIX Marx y Engels es criban el Manifiesto Comunista, no caba ninguna duda que el fermento revolucionario de la sociedad industrial que tenan a la vista era la clase obrera. El llamado de Proletarios del mundo, unos! tena una lgica indubitable en ese contexto. Hablando de una sociedad altamente industrializada como la britnica de ese entonces -marcando el ritmo del capitalismo ascendente que comenzaba a expandirse por todo el mundo y que sepultaba definitivamente al feudalismo en Europa terminando al mismo tiempo con otro tipo de formaciones econmico-sociales precapitalistas en los pases donde iba imponindose- se desprenda de suyo que esa clase trabajadora estaba llamada a ser el motor del cambio social en ciernes -que, se supona en ese momento, incluso como casi inminente-.

En los pases perifricos, en aquellos donde el capitalismo se abra paso pero que estaban lejos de estructurarse an segn el modelo ya triunfador en la Inglaterra decimonnica, sin una produccin fabril considerable y, por tanto, sin una clase obrera industrial numerosa y organizada, surga la pregunta de quin, y cmo, sera el elemento transformador. Cul es el sujeto revolucionario de los pases con economa bsicamente agraria? Pregunta que mantuvo en vilo la reflexin de los socialistas por mucho tiempo. Es posible hacer una revolucin socialista en un pas poco desarrollado industrialmente? La realidad vino a responderlo: todas las experiencias socialistas surgidas hasta ahora en la historia se dieron en sociedades poco o casi nada industrializadas, con gran base campesina: Rusia, China, Cuba, Vietnam, Corea, Nicaragua.

Desde Latinoamrica, continente muy poco desarrollado en trminos industriales en comparacin con las metrpolis que le marcaban el paso, e incluso con una gran presencia de poblacin indgena -lo cual abre otra compleja problemtica paralela- surgieron muchas respuestas a esos interrogantes tericos. La clase obrera industrial, caracterstica dominante de los pases industriales del Norte -europeos y Estados Unidos- es una realidad de los modelos de sociedades desarrolladas, con una gran produccin dedicada a mercados ampliados, con tradicin sindical, con poca poblacin campesina. Y esa fue -sigue siendo?- la vena revolucionaria, el elemento llamado a cambiar las relaciones de produccin -al menos as siempre lo concibi la teora- a travs de una accin transformadora, en lo poltico en principio, y a mediano y largo plazo en lo econmico y en lo sociocultural. Pero la experiencia de la mayora de los pases del mundo no fue por ah: lo que predomin durante todo el siglo XX fueron sociedades agrarias, casi sin proletariado urbano, con poco desarrollo sindical, basadas en la produccin agroexportadora o de productos primarios para beneficio de sus oligarquas y en precarias economas de subsistencia para las grandes masas, campesinas en su mayora, sociedades que abren entonces interrogantes a la teora marxista, no para negarla, sino para invitar a nuevos planteamientos.

As fueron surgiendo, en distintas latitudes del llamado Tercer Mundo, nuevas reflexiones sobre estos temas: cul es el verdadero sujeto revolucionario?; qu pasa cuando hay una clase obrera muy pequea o cuando sta no existe?, es posible el paso al socialismo en pases enteramente agrarios? Lderes y pensadores socialistas dejaron importantes aportes al respecto: Mao Tse Tung, Ho Chi Ming, Ernesto Guevara, Patrice Lumumba, Jos Maritegui, Franz Fanon, Julius Nyerere, entre otros -la lista es larga y de muy alta calidad- son algunos de los numerosos interlocutores de este debate. En ese sentido puede decirse que hasta la dcada de los 70 del pasado siglo, estos temas estaban en la agenda del campo popular y revolucionario de todo el mundo, dado que se viva para entonces un clima de cambio y, de hecho, con el flujo de movimientos populares en ascenso en los pases de base campesina del Sur, estas cuestiones estaban a la orden del da. Mientras tanto, el proletariado industrial de los pases desarrollados del Norte por diversos motivos no haba llegado an a su cita con la revolucin socialista.

La euforia revolucionaria de aquellos aos fue respondida con brutalidad; al ascenso de movimientos populares y grupos de accin armada de los 60 y 70, con una Unin Sovitica an pujante y una Repblica Popular China que despertaba, actuando ambas como teln de fondo de esa marea transformadora que se mova por todos lados, siguieron en aos posteriores represiones feroces (las dictaduras que baaron en sangre Latinoamrica por ejemplo), sobre las que se erigieron ms tarde los planes neoliberales. Con la cada del campo sovitico, en la dcada de los 90 el triunfo del capital global (lase multinacionales con socios locales en los distintos pases segn los casos) fue absoluto, y la marea de cambios de dcadas atrs qued sepultada. As, en la lucha entre capital y trabajo asalariado, para decirlo en trminos de anlisis marxista, triunf el primero de ellos. El retroceso en los derechos de los trabajadores fue enorme; conquistas laborales obtenidas en gloriosas jornadas de lucha a lo largo del siglo se perdieron de un plumazo. La precariedad laboral se impuso por todos lados, en la industria prspera del Norte y en el siempre postergado y empobrecido Sur.

As fue constituyndose un nuevo panorama sociopoltico y econmico del mundo: para los 90, para los inicios del nuevo siglo, la revolucin socialista pareca haber pasado de moda ganando en preponderancia la lucha por la pura sobrevivencia, cada vez ms difcil, dado que las condiciones laborales y de subsistencia en general se haban tornado desastrosas. Los sectores asalariados, a lo largo y ancho del planeta, quedaron golpeados e indefensos ante el capital que impuso leoninas condiciones de superexplotacin. Para decirlo con nombre y apellido: contratos basura sin prestaciones laborales, tercerizacin o subcontratacin, deslocalizacin laboral (eufemismo por expresar: condiciones de trabajo de terrible explotacin en la regin Sur del mundo donde no existen mayores controles), virtuales situaciones de esclavitud en muchos casos (27 millones de esclavos en el planeta segn datos de la Organizacin Internacional del Trabajo), retroceso en las ocho horas como jornada laboral universal -en la Unin Europea se plante recientemente llevar esa jornada a 60 horas semanales-, aumento del trabajo infantil (en vez de disminuir, crece el nmero de nios trabajadores y de niez de la calle), sobreexplotacin de la mano de obra femenina Los xodos internos de poblacin rural que huye de la pobreza crnica de su medio hacia las grandes ciudades (dentro de su pas o hacia otros pases del Norte prspero, que ven como el sueo que podr resolver sus vidas) son cada vez ms grandes, ms incontenibles. El resultado de ello son mega-ciudades que no dejan de crecer con cinturones de pobreza cada vez ms inaudita. Hoy da, segn estimaciones fidedignas, aproximadamente el 60% de la poblacin econmicamente activa del mundo labora en condiciones de informalidad, en la calle, por su cuenta (que no es lo mismo que microempresario, para utilizar ese engaoso eufemismo hoy a la moda), sin protecciones, sin sindicalizacin, sin seguro de salud, sin aporte jubilatorio, peor de lo que se estaba dcadas atrs, ganando menos y dedicando ms tiempo y/o esfuerzo a su jornada laboral. El obrero industrial, entrevisto como el artfice de la revolucin socialista un siglo y medio atrs, pareciera hoy una especie en extincin.

Ese contexto general y sus inmediatas repercusiones lo explica perfectamente Atilio Born, refirindose a la experiencia latinoamericana, cuando dice que [el esquema neoliberal] precipit el surgimiento de nuevos actores sociales que modificaron de manera notable el paisaje sociopoltico en varios pases. Es el caso de los piqueteros en Argentina; los pequeos agricultores endeudados en Mxico, organizados en el movimiento El campo no aguanta ms; el fortalecimiento de los sectores indgenas en Bolivia y Ecuador. Habra que aadir a los jvenes privados de futuro por un modelo econmico que los condena a su suerte. En fin, el neoliberalismo dio paso a la aparicin de un voluminoso subproletariado que Frei Betto ha denominado pobretariado del cual hacen parte desempleados, subempleados y trabajadores precarizados e informales.

Con lo cual llegamos a un planteamiento nuevo, quiz inconcebible hace 30 aos: quin es hoy el sujeto de la revolucin (que obviamente no pas de moda) luego de estos cambios dramticos en que los trabajadores han perdido tanto terreno? Fidel Castro se preguntaba recientemente: Puede sostenerse, hoy por hoy, la existencia de una clase obrera en ascenso, sobre la que caera la hermosa tarea de hacer parir una nueva sociedad? No alcanzan los datos econmicos para comprender que esta clase obrera -en el sentido marxista del trmino- tiende a desaparecer, para ceder su sitio a otro sector social? No ser ese innumerable conjunto de marginados y desempleados cada vez ms lejos del circuito econmico, hundindose cada da ms en la miseria, el llamado a convertirse en la nueva clase revolucionaria?

Decamos planteamiento inconcebible puesto que, en el medio de aquella marea revolucionaria de hace unos pocos aos, con sus excesos si se quiere, pero tan llena de una energa que hoy pareciera hacer falta, jams a nadie se le hubiera ocurrido pensar en una heterodoxia tan grande como que el catalizador del cambio social vendra dado por trabajadores desocupados, por informales. Con el nuevo escenario abierto por las polticas del Consenso de Washington, se abren nuevas preguntas. Quiz no sin cierto esquematismo, pero con una vitalidad definitivamente honesta y sana, desde una visin clsica del socialismo, aos atrs se podra haber considerado a los sectores informales como parte de lo que se llamaba lumpen (trmino alemn utilizado por Marx e incorporado al vocabulario de las izquierdas para referirse a la marginalidad, siempre con un sentido un tanto despectivo). Y nunca, tanto en un esquema de revolucin proletaria industrial con base urbana o de proceso campesino-agrario, esa marginalidad, ese sector informal, se lo pensaba como un factor de cambio.

Lo cierto es que desde hace algunos aos, con el desarrollo de las polticas neoliberales de ajuste estructural y super divisin internacional del trabajo, el mundo fue tomando tales caractersticas que hicieron que el fenmeno de la marginalidad dejara de ser algo circunstancial para devenir ya estructural. Hoy da asistimos a la marginacin ya no slo del harapiento, del mendigo en la puerta de la iglesia, sino de poblaciones completas. Se habla de reas marginales (los barrios precarios, las zonas rojas, que en muchas grandes ciudades latinoamericanas representan ms de una cuarta parte de su poblacin. Acaso de verdad estn al margen?). Si bien nadie lo dice en voz alta la lgica que est en la base de esta nueva exclusin parte del supuesto de gente que sobra. Estamos ante un mundo dual: uno oficial, el integrado, y otro que sobra, marginal, excluido de raz.

2. Un nuevo sujeto social

Ahora bien: de qu manera ese pobretariado, ese variado abanico de marginalizados y empobrecidos, quienes obviamente siguen siendo trabajadores pero que estn cada vez ms a merced de las fuerzas del capital, de qu manera puede constituirse en la nueva clase revolucionaria?

Por lo pronto, centrndonos en la experiencia reciente de Amrica Latina, vemos que esas masas empobrecidas muchas veces toman la palabra, y quiz sin una direccin clara, producen respuestas insurreccionales. Eso fue lo que pas, por ejemplo, con el ya histrico caracazo de Venezuela en 1989 -primera reaccin a las polticas de ajuste neoliberal-, o los alzamientos indgenas-campesinos de Bolivia y Ecuador, que defenestraron sendos presidentes. O el descontento generalizado y amorfo de la Argentina en 2001 que, tras los cacerolazos de protesta, termin quitando al presidente de turno, y a otros varios sucesores en un breve lapso de semanas, al grito de que se vayan todos. Todas esas fueron reacciones populares que, vistas objetivamente, crearon climas pre-revolucionarios. Si no terminaron en procesos abiertamente revolucionarios -como pas, por ejemplo, con la insurreccin popular que en Nicaragua sac del poder a Somoza en 1979 dando paso a la revolucin sandinista- fue, bsicamente, por la ausencia de conduccin, por la desorganizacin imperante. Y algo similar sucedi en otras latitudes, por ejemplo la reaccin de los inmigrantes afrodescendientes y musulmanes en Pars en 2005, que cre condiciones de rebelin social nunca vistas anteriormente, pero que quedaron en la protesta inmediata y visceral por la falta de una direccin conducente. La vaga idea de multitud surgida recientemente con las propuestas de Michael Hardt y Antonio Negri -que, por tan amplia, puede albergar en su seno tanto a empresarios y torturadores como a pobres y desempleados- no sirve. Las clases sociales, aunque golpeadas fenomenalmente por esta ola neoliberal, siguen existiendo, siendo el concepto de pobretariado una buena descripcin del fenmeno de empobrecimiento generalizado, aunque no reemplaza la idea de lucha de clases como motor de la historia, sino que la complementa.

Todo lo cual plantea la pregunta -la duda?- respecto a las posibilidades reales de transformar todo ese potencial de disconformidad en una lucha clara por la toma del poder poltico y la construccin efectiva de alternativas superadoras en trminos socioeconmicos. Ese pobretariado disperso, sin mucha cohesin como clase, ms desesperado por la sobrevivencia cotidiana que las polticas de ajuste estructural le han impuesto que preocupado en proyectos polticos transformadores de largo alcance, en principio se ve como bastante disperso, desunido. Al respecto no puede dejarse de considerar que, ante tanta dispersin/desesperacin y falta de proyecto, esas masas pueden terminar siendo fcilmente clientelas de las fuerzas polticas demaggicas y populistas de las derechas. No podemos negar que en muchos de los pases latinoamericanos, merced a esa despolitizacin forzada a que llev el neoliberalismo, agravada por los niveles de violencia cotidiana siempre crecientes (muchas veces manipulaos por las mismas derechas) ante lo que las respuestas mesinicas aparecen como maderos salvadores, enormes cantidades de pobres -pobres de siempre, nuevos pobres, obreros desocupados, campesinos urbanizados en condiciones de precariedad, jvenes sin futuro, etc.- han ido a parar a partidos y organizaciones de derecha (semi-fascistas en muchos casos), o a iglesias evanglicas fundamentalistas -siendo estas ltimas una geoestrategia montada por Washington para contrarrestar la rebelde Teologa de la Liberacin de dcada atrs, y que hoy da ya se expandieron de forma alarmante por todo el continente-. Revertir esa situacin de desmovilizacin y desideologizacin no ser tarea fcil.

3. Qu hacer?

Hoy por hoy, el proletariado como clase, como obreros industriales que operan las maquinarias en los enormes centros fabriles, no es mayora numricamente. Las nuevas tecnologas de automatizacin y robotizacin lo van adelgazando a pasos agigantados mientras el sector servicios crece sin par. Por otro lado, no hay dudas que se le ha golpeado muy duro como clase, tanto en el Norte como en el Sur, hacindosele retroceder en sus conquistas laborales, desmovilizndolo, maniatndolo -ya sea por su asimilacin como consumidor acrtico en los pases con mayor poder adquisitivo durante largas dcadas en el siglo XX y por su prdida de conquistas sociales recientemente, o ms an, por la represin abierta cuando se pasa de la raya en sus reclamos, agravado ello en estos ltimos aos, ms an en el Sur-. Por otro lado, el campesinado de los pases dependientes cada vez ms queda subsumido a la produccin agroexportadora que fijan las potencias del Norte en connivencia con las oligarquas del Sur, perdiendo su capacidad productiva para la autosubsistencia. En ese mercado internacional manejado por multinacionales planetarias su incidencia se ve reducida en este enfrentamiento asimtrico con los grandes capitales globalizados, con el consiguiente empobrecimiento que ello le acarrea. En sntesis: todos los trabajadores, industriales o agrarios, al igual que los otros sectores urbanos (sector servicios, profesionales), quedan cada vez ms sujetos a las fuerzas de los insaciables capitales, por lo que el proceso de pobretarizacin avanza por todos lados. Cada vez ms gente se pobretariza, se precariza.

Ante ese panorama, y con realismo poltico, no hay ms alternativa que tomar la situacin poltico-social tal como est planteada y trabajar a partir de esos datos concretos. Esperar la movilizacin de las grandes masas proletarias para acometer una nueva toma del palacio de invierno del Zar sera un dislate. La realidad impone que hoy la madera del posible sujeto revolucionario est dada por otra cosa: jvenes desocupados de los barrios marginales, quiz muy prximos a ingresar en una pandilla, o madres solteras que sobreviven como vendedoras informales, quiz inmigrantes indocumentados o movimientos tnicos que reivindican su cultura ancestral as como sus territorios histricos de los que fueron despojados, campesinos sin tierra desposedos de sus parcelas por los cultivos de agroexportacin, habitantes de los interminables cinturones de pobreza urbana Esa amplia sumatoria de descontentos y no un proletariado organizado sindicalmente pareciera ser hoy el verdadero fermento que puede encender procesos de transformacin. Temticas que algunos aos atrs, no sin cierta cuota de dogmatismo, se vean como productos marginales (lumpen-proletariado), pasan a ser hoy la chispa que puede disparar cambios.

El descontento, la angustia por las psimas condiciones de vida, el malestar generalizado siguen estando. Las polticas neoliberales de estos ltimos aos vinieron a potenciar todo ello. Si por un lado sirvieron para quebrar procesos organizativos, por otro ampliaron la masa de disconformes, y en mucho casos desesperados, que no tienen nada que perder ms que sus cadenas. De ningn modo puede decirse que el neoliberalismo fue una buena noticia para el campo popular pese a que puede haber abierto los ojos de muchos sectores. Creer eso sera incorrecto, y fundamentalmente: muy injusto. Pero es cierto que igual hacia abajo a variados y enormes colectivos sociales, y ahora hay ah un potencial de disconformidad, de descontento muy grande que debe saber usarse para encauzarlo con fines antisistmicos. Descontento, en ese sentido, mayor que el de algunas dcadas atrs.

La lucha que tiene por delante un planteamiento de izquierda es grande; grande y sumamente difcil: ante ese enorme descontento generalizado, ante esta precarizacin que toca cada vez a ms sectores, las propuestas clientelistas de la derecha o las salidas individuales de salvacin que ofertan los proyectos religiosos cada vez ms en boga, son una tentacin. La lucha revolucionaria hoy en cierta forma se enfrenta a esa oferta, a una parlisis de pensamiento crtico, a estmagos vacos con la incertidumbre de no saberse cundo volvern a llenarse. Ese es un desafo grande, enorme: las fuerzas de la izquierda se enfrentan hoy a la desesperanza. Ese es, en un sentido, el peor de los enemigos.

El trabajo poltico en el campo popular ante esta bastante desoladora situacin debe intentar recomponer una unidad entre los trabajadores hoy da sabiamente destruida. Son aqu elocuentes las palabras de Ral Scalabrini Ortiz: nuestra ignorancia fue planificada por una gran sabidura. Parafrasendolo podra decirse, viendo la situacin mundial actual, que nuestra desunin fue planificada por una gran unin. El capitalismo, que ya no el neoliberalismo, se muestra en la actualidad, luego de la cada del muro de Berln, como sistema monoltico. Por supuesto que tiene fisuras, que hace agua, que su expresin financiera a ultranza entr en crisis recientemente ocasionando prdida multimillonarias; pero como sistema, insistimos, como gran capital globalizado, est an lejos de caer. Pero no est escrito para la eternidad que no vaya a caer. Aunque el campo popular aparece hoy golpeado y bastante desorganizado, sigue estando presente. Y as como todo cambia, tambin las formas de lucha popular cambian. Lo que aos atrs no se conceba sino como marginalidad -equivocadamente o no-, hoy puede ser un elemento de la ms grande importancia por su potencial de transformacin. Es ah, entonces, donde los planteos progresistas deben poner el acento.

Transformar revolucionariamente la sociedad, en definitiva, es eso: permitir abrir nuevas actitudes, nuevas visiones de lo humano, buscando mayores cuotas de justicia para todas y todos. Si el vehculo que posibilita eso es la clase obrera u otros sujetos sociales, ese no es el fondo ltimo de la cuestin. Lo que s est claro es que las sociedades basadas en la propiedad privada -invento bastante reciente en la historia de la Humanidad, con no ms de 12,000 aos de antigedad-, es decir: basadas en la apropiacin del trabajo de un grupo (siempre mayoritario) por otro (curiosamente siempre una minora), crean necesariamente su germen de autodestruccin. Por aos se pens que eran los que creaban la riqueza, los obreros industriales, los llamados a poner en marcha el cambio y la superacin de esas sociedades clasistas. Hoy da podramos decir, dada la curiosa arquitectura que fue tomando el capitalismo imperialista en su variante neoliberal post Guerra Fra, que son los expulsados del circuito de creacin de riqueza los elementos de mayor explosividad social. Pero sean quienes fueran los que pondrn en marcha los cambios, esa conflictividad est ah presente como bomba de tiempo; y tarde o temprano, la bomba se activa, estalla. La funcin histrica de las vanguardias polticas de la izquierda es saber cmo ayudar a iniciar ese proceso. Todo indica hoy que trabajar polticamente con ese amplio pobretariado es el camino ms importante en la actualidad, quiz imprescindible. Trabajar para recrear esperanzas, solidaridades, perspectivas de futuro, y poder salir de la lucha por lo puntual, por la pura sobrevivencia.

El neoliberalismo imperante en estos ltimos aos, hoy en crisis, viene a demostrar en definitiva que lo que no tiene viabilidad es el sistema capitalista en su conjunto. Un mundo dividido en integrados y sobrantes, adems de ser un disparate en trminos ticos -eso no admite discusin siquiera- es insostenible en trminos polticos, a no ser que se elimine fsicamente a todo aquel que sobra. Y si por ltimo esa fuera la estrategia que anida en los planes maestros del gran capital, es decir: un mundo para una pequea cantidad de poblacin y la consecuente eliminacin de todos los que sobran, los que no se integran, los pobretarizados del mundo que consumen recursos pero no pagan por estar excluidos del sistema econmico, por razones de sobrevivencia elemental de nuestra especie no podemos permitirlo.



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