Portada :: frica :: Thomas Sankara, El Che Guevara negro
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 18-10-2009

22 aniversario del asesinato de Thomas Sankara
La liberacin de la mujer: una exigencia del futuro

Thomas Sankara Website

Discurso de Thomas Sankara el 8 de marzo de 1987. Traducido por Juan Vivanco.


No es corriente que un hombre se dirija a tantas mujeres a la vez. Tampoco lo es que un hombre sugiera a tantas mujeres a la vez las batallas que hay que lidiar.

La primera timidez del hombre surge cuando se percata de que est mirando a una mujer. Comprenderis, compaeras militantes, que a pesar de la alegra y el placer que siento al dirigirme a vosotras, sigo siendo un hombre que ve en cada una de vosotras a la madre, la hermana o la esposa. Tambin me gustara que nuestras hermanas aqu presentes, que han venido de Kadiogo y no entienden la lengua francesa extranjera en la que voy a pronunciar mi discurso, sean tan comprensivas como de costumbre, ellas que, como nuestras madres, aceptaron llevarnos durante nueve meses sin quejarse. (Intervencin en lengua nacional moor para asegurar a las mujeres que habr una traduccin para ellas.)

Compaeras, la noche del 4 de agosto alumbr la obra ms saludable para el pueblo burkinab. Le dio a nuestro pueblo un nombre y a nuestro pas un horizonte.

Irradiados por la savia vivificante de la libertad, los hombres burkinab, humillados y proscritos de ayer, fueron marcados con el signo de lo que ms se aprecia en la vida: la dignidad y el honor. A partir de entonces la felicidad ha estado a nuestro alcance y todos los das marchamos hacia ella, exaltados por las luchas, pioneras de los grandes pasos que ya hemos dado. Pero la felicidad egosta no es ms que una ilusin, y tenemos a una gran ausente: la mujer. Ha quedado excluida de esta procesin feliz.

Si unos hombres han llegado ya a la linde del gran jardn de la revolucin, las mujeres todava estn confinadas en su oscuridad ninguneante, desde donde comentan animada o discretamente las vicisitudes que han agitado Burkina Faso y para ellas, de momento, slo son clamores.

Las promesas de la revolucin ya son realidades para los hombres. En cambio para las mujeres no son ms que rumores. A pesar de que la verdad y el futuro de nuestra revolucin depende de ellas: asuntos vitales, asuntos esenciales, porque en nuestro pas no podr hacerse nada completo, decisivo y duradero mientras esta importante parte de nosotros mismos se mantenga en ese estado de sumisin impuesto durante siglos por distintos sistemas de explotacin. Los hombres y las mujeres de Burkina Faso, a partir de ahora, deben cambiar profundamente la imagen que tienen de s mismos en el seno de una sociedad que, adems de determinar nuevas relaciones sociales, provoca una profunda transformacin cultural al replantear las relaciones de poder entre los hombres y las mujeres y obligarles a replantearse su propia naturaleza. Es una tarea temible pero necesaria, pues se trata de que nuestra revolucin d todo lo que pueda de s, libere todas sus posibilidades y revele su autntico significado en estas relaciones inmediatas, naturales, necesarias, entre el hombre y la mujer, que son las relaciones ms naturales entre unos seres humanos y otros.

Vemos hasta qu punto el comportamiento natural del hombre se ha vuelto humano y su naturaleza humana se ha vuelto su naturaleza.

Este ser humano, vasto y complejo conglomerado de dolores y alegras, de soledad en el abandono y, no obstante, cuna y creador de la inmensa humanidad, este ser de sufrimiento y humillacin y, no obstante, fuente inagotable de felicidad para cada uno de nosotros; lugar incomparable de todos los afectos, acicate de los actos de valor ms inesperados; este ser dbil pero increble fuerza inspiradora de los caminos que llevan al honor; este ser, verdad carnal y certeza espiritual, este ser, mujeres, sois vosotras! Vosotras, arrulladoras y compaeras de nuestra vida, camaradas de nuestra lucha, y que por eso mismo, con toda justicia, debis imponeros en pie de igualdad como comensales en los festines de las victorias revolucionarias.

Es esta la mentalidad con que todos, hombres y mujeres, debemos definir y afianzar el papel y el lugar de la mujer en la sociedad.

Se trata, pues, de devolverle al hombre su verdadera imagen haciendo que triunfe el reino de la libertad ms all de las diferencias naturales, gracias a la liquidacin de todos los sistemas de hipocresa que consolidan la explotacin cnica de la mujer.

En otras palabras, plantear la cuestin de la mujer en la sociedad burkinab de hoy es esforzarse por abolir el sistema de esclavitud en el que se la ha mantenido durante milenios. Es, de entrada, esforzarse por comprender el funcionamiento de este sistema, conocer su verdadera naturaleza y todas sus sutilezas, para desatar las fuerzas capaces de lograr la emancipacin total de la mujer.

Dicho de otro modo, para ganar una pelea que es comn al hombre y la mujer, es preciso conocer todos los aspectos de la cuestin femenina, tanto a escala nacional como universal, y comprender en qu modo la lucha de la mujer burkinab se suma hoy a la lucha universal de todas las mujeres, y ms all, a la lucha por la rehabilitacin total de nuestro continente.

La condicin de la mujer es, por consiguiente, el meollo de toda la cuestin humana, aqu, all, en todas partes. Tiene un carcter universal.

La lucha de clases y la cuestin de la mujer

El materialismo dialctico es el que ha arrojado sobre los problemas de la condicin femenina la luz ms fuerte, la que nos permite situar el problema de la explotacin de la mujer en el seno de un sistema generalizado de explotacin. Es tambin el que define la sociedad humana no ya como un hecho natural inmutable, sino como algo antinatural.

La humanidad no padece pasivamente el poder de la naturaleza. Sabe aprovecharlo. Este aprovechamiento no es una operacin interior y subjetiva. Se efecta objetivamente en la prctica, si se deja de considerar a la mujer como un simple organismo sexuado para tomar conciencia, ms all de los hechos biolgicos, de su valor en la accin.

Adems, la conciencia que la mujer adquiere de s misma no est definida exclusivamente por su sexualidad. Refleja una situacin que depende de la estructura econmica de la sociedad, resultado de la evolucin tcnica y de las relaciones entre clases a las que ha llegado la humanidad.

La importancia del materialismo dialctico radica en haber sobrepasado los lmites esenciales de la biologa, en haber soslayado las tesis simplistas del sometimiento a la especie, para situar todos los hechos en el contexto econmico y social. Por muy lejos que nos remontemos en la historia humana, el dominio del hombre sobre la naturaleza nunca se ha realizado directamente, con su cuerpo desnudo. La mano, con su pulgar prensil, ya se tiende hacia el instrumento que multiplica su poder. De modo que no son las condiciones fsicas, la musculatura, el parto, por ejemplo, lo que consagr la desigualdad social entre el hombre y la mujer. Tampoco la confirm la evolucin tcnica como tal. En algunos casos, y en algunos lugares, la mujer pudo anular la diferencia fsica que la separa del hombre.

El paso de una forma de sociedad a otra es lo que institucionaliza esta desigualdad. Una desigualdad creada por la mente y por nuestra inteligencia para hacer posible la dominacin y la explotacin concretadas, representadas y experimentadas por las funciones y las atribuciones a las que hemos relegado a la mujer.

La maternidad, la obligacin social de ajustarse a los cnones de lo que los hombres desean como elegancia, impiden que la mujer que lo desee se dote de una musculatura considerada masculina.

Segn los paleontlogos, durante milenios, del paleoltico a la Edad del Bronce, las relaciones entre los sexos se caracterizaron por una complementariedad positiva. Estas relaciones permanecieron durante ocho milenios bajo el signo de la colaboracin y la interferencia, y no de la exclusin propia del patriarcado absoluto, ms o menos generalizado en la poca histrica.

Engels tuvo en cuenta la evolucin de las tcnicas, pero tambin la esclavizacin histrica de la mujer, que naci con la propiedad privada, con el paso de un modo de produccin a otro, de una organizacin social a otra.

Con el intenso trabajo necesario para roturar los bosques, cultivar la tierra y sacar el mximo provecho a la naturaleza, se produce una especializacin de tareas. El egosmo, la pereza, la comodidad, el esfuerzo mnimo para obtener un beneficio mximo surgen de las profundidades del hombre y se erigen en principios. La ternura protectora de la mujer hacia su familia y su clan son una trampa que la somete al dominio del macho. La inocencia y la generosidad son vctimas del disimulo y los clculos egostas. Se hace burla del amor, se mancilla la dignidad. Todos los sentimientos verdaderos se convierten en mercanca. A partir de entonces el sentido de la hospitalidad y de compartir que tienen las mujeres sucumbe a la artimaas de los astutos.

Aunque es consciente de las artimaas que estn detrs del reparto desigual de tareas, ella, la mujer, sigue al hombre para cuidar de todo lo que ama. l, el hombre, se aprovecha de esa entrega. Ms adelante el germen de la explotacin culpable establece unas reglas atroces que van ms all de las concesiones conscientes de la mujer, histricamente traicionada.

Con la propiedad privada la humanidad instaura la esclavitud. El hombre amo de sus esclavos y de la tierra pasa a ser propietario tambin de la mujer. Esta es la gran derrota histrica del sexo femenino. Se explica por los cambios profundos creados por la divisin del trabajo, debido a los nuevos modos de produccin y a una revolucin en los medios de produccin.

Entonces el derecho paterno sustituye al derecho materno; la transmisin de la propiedad se hace de padres a hijos, y no ya de la mujer a su clan. Es la aparicin de la familia patriarcal, basada en la propiedad personal y nica del padre, convertido en cabeza de familia. En esta familia la mujer est oprimida. El hombre, amo y seor, da rienda suelta a sus caprichos sexuales, se aparea con las esclavas o las hetairas. Las mujeres son su botn y sus conquistas de mercado. Se aprovecha de su fuerza de trabajo y disfruta de la diversidad del placer que le deparan.

La mujer, por su parte, cuando los amos hacen que la reciprocidad sea posible, se venga con la infidelidad. Es as como el matrimonio conduce de forma natural al adulterio. Es la nica defensa de la mujer contra su esclavitud domstica. La opresin social es la expresin de la opresin econmica.

En este ciclo de violencia, la desigualdad slo acabar con el advenimiento de una sociedad nueva, es decir, cuando los hombres y las mujeres disfruten de los mismos derechos sociales, producto de cambios profundos en los medios de produccin y en las relaciones sociales. La suerte de la mujer slo va a mejorar con la liquidacin del sistema que la explota.

En todas las pocas, all donde el patriarcado triunfaba, hubo un estrecho paralelismo entre la explotacin de clase y el sometimiento de las mujeres. Con algunos momentos de mejora, cuando algunas mujeres, sacerdotisas o guerreras, lograron sacudirse el yugo opresor. Pero la tendencia principal, tanto en la prctica cotidiana como en el plano intelectual, sobrevivi y se consolid. Destronada de la propiedad privada, expulsada de s misma, relegada a la categora de nodriza y criada, desestimada por filsofos como Aristteles, Pitgoras y otros, y por las religiones ms extendidas, desvalorizada por los mitos, la mujer comparta la suerte del esclavo, que en la sociedad esclavista no era ms que una bestia de carga con rostro humano.

No es de extraar, entonces, que en su fase expansiva, el capitalismo, para el que los seres humanos son meras cifras, fuera el sistema econmico que explot a la mujer con ms cinismo y refinamiento. Como esos fabricantes de la poca que slo empleaban a mujeres en sus telares mecnicos. Preferan a las mujeres casadas y entre ellas a las que tenan en casa varias bocas que alimentar, porque eran mucho ms cuidadosas y dciles que las solteras. Trabajaban hasta el agotamiento para dar a los suyos los medios de subsistencia indispensables.

Es as como las cualidades propias de la mujer se adulteran en su detrimento, y todos los elementos morales y delicados de su naturaleza se utilizan para esclavizarla. Su ternura, el amor a su familia, su la meticulosidad en el trabajo se utilizan contra ella, mientras que no se perdonan sus defectos.

A travs de los tiempos y los tipos de sociedades, la mujer siempre ha tenido una triste suerte: la desigualdad, siempre ratificada, frente al hombre. Las manifestaciones de esta desigualdad han podido ser muy diversas, pero siempre ha existido.

En la sociedad esclavista, el hombre esclavo estaba considerado como un animal, un medio de produccin de bienes y servicios. La mujer, cualquiera que fuera su rango, estaba oprimida dentro de su propia clase y fuera de ella, incluso las que pertenecan a las clases explotadoras.

En la sociedad feudal, basndose en la supuesta debilidad fsica o psquica de las mujeres, los hombres las sometieron a una dependencia absoluta del hombre. A la mujer la mantenan, con pocas excepciones, apartada de los lugares de culto, por considerarla impura o principal agente de indiscrecin.

En la sociedad capitalista, la mujer, que ya sufra una persecucin en el orden moral y social, tambin est sometida econmicamente. Mantenida por el hombre cuando no trabaja, sigue estndolo cuando se mata a trabajar. Nunca se insistir bastante en la miseria de las mujeres, nunca se har suficiente hincapi en su semejanza con la miseria de los proletarios.

Sobre la especificidad del hecho femenino

Porque la explotacin asemeja a la mujer con el hombre.

Pero esta semejanza en la explotacin social de los hombres y las mujeres, que vincula la suerte de ambos en la Historia, no debe hacernos perder de vista el hecho especfico de la condicin femenina. La condicin de la mujer rebasa las entidades econmicas y confiere un carcter singular a la opresin que sufre. Esta singularidad impide establecer equivalencias que nos llevaran a simplificaciones fciles e infantiles. En la explotacin, la mujer y el obrero estn reducidos al silencio. Pero en el sistema capitalista, la mujer del obrero debe guardar silencio ante su marido obrero. En otras palabras, a la explotacin de clase que tienen ambos en comn viene a sumarse, para las mujeres, una relacin singular con el hombre, una relacin de enfrentamiento y agresin que se escuda en las diferencias fsicas para imponerse.

Debemos admitir que la asimetra entre los sexos es lo que caracteriza a la sociedad humana, y que esta asimetra define una relacin que nos impiden ver a la mujer, aun en el mbito de la produccin econmica, como una simple trabajadora. Una relacin preferente y peligrosa, merced a la cual la cuestin de la mujer siempre se plantea como un problema.

El hombre, por tanto, se escuda en la complejidad de esta relacin para sembrar la confusin entre las mujeres y sacar partido de todas las artimaas de la explotacin de clase para mantener su dominio sobre las mujeres. De un modo similar, en otras ocasiones, unos hombres dominaron a otros porque consiguieron imponer la idea de que en virtud de la estirpe, la cuna, el derecho divino, unos hombres eran superiores a otros. Es el dominio feudal. Del mismo modo, en otras ocasiones, otros hombres consiguieron someter pueblos enteros porque el origen y la explicacin del color de su piel les dieron una justificacin supuestamente cientfica para dominar a quienes tenan la desgracia de ser de otro color. Es el dominio colonial. Es el apartheid.

No podemos pasar por alto esta situacin de las mujeres, porque es la que lleva a las mejores de ellas a hablar de guerra de sexos, cuando se trata de una guerra de clanes y de clases en la que debemos pelear juntos y complementarnos. Pero hay que admitir que es la actitud de los hombres lo que propicia la alteracin de los significados y con ello fomenta todos los excesos semnticos del feminismo, algunos de los cuales no han sido intiles en el combate de hombres y mujeres contra la opresin. Un combate que podemos ganar, que vamos a ganar si recuperamos la complementariedad, si sabemos que somos necesarios y complementarios, si sabemos, en definitiva, que estamos condenados a la complementariedad.

Por ahora, hemos de reconocer que el comportamiento masculino, tan cargado de vanidad, irresponsabilidad, arrogancia y violencia de todo tipo para con la mujer, es incompatible con una accin coordinada contra la opresin de esta. Y qu decir de esas actitudes que denotan estupidez, pues no son ms que desahogos de machos oprimidos que, con el trato brutal a su mujer, pretenden recuperar por su cuenta una humanidad que el sistema de explotacin les niega.

La estupidez masculina se llama sexismo o machismo, formas de indigencia intelectual y moral, incluso de impotencia fsica ms o menos declarada, que muchas veces hace que las mujeres polticamente conscientes consideren necesario luchar en dos frentes.

Para luchar y vencer, las mujeres deben identificarse con las clases sociales oprimidas: los obreros, los campesinos

Un hombre, por oprimido que est, siempre encuentra a alguien a quien oprimir: su mujer. Esa es la terrible realidad. Cuando hablamos del infame sistema del apartheid nuestro pensamiento y nuestra emocin se dirigen a los negros explotados y oprimidos. Pero nos olvidamos, lamentablemente, de la mujer negra que soporta a su hombre, ese hombre que, provisto de su passbook (salvoconducto), se permite unas correras culpables antes de volver con la compaera que le espera dignamente, con su sufrimiento y su pobreza.

Pensemos tambin en la mujer blanca de frica del Sur, aristcrata, seguramente rodeada de bienes materiales, pero por desgracia mquina de placer de esos hombres blancos lbricos que para olvidar sus fechoras contra los negros se entregan a un desenfreno desordenado y perverso de relaciones sexuales bestiales.

Tampoco faltan ejemplos de hombres progresistas que viven alegremente en adulterio, pero seran capaces de matar a su mujer por una simple sospecha de infidelidad. Entre nosotros abundan esta clase de hombres, que van a buscar un supuesto consuelo en brazos de prostitutas y cortesanas de todo tipo! Por no hablar de los maridos irresponsables, cuyos sueldos sirven para mantener queridas y engrosar sus deudas en el bar. Y qu decir de esos hombrecillos, tambin progresistas, que se congregan en un ambiente lascivo para hablar de mujeres de las que han abusado. Creen que as se miden con sus semejantes o que les humillan cuando andan detrs de las mujeres casadas.

En realidad solo son unos jovenzuelos lamentables de los que no valdra la pena hablar si no fuera porque su comportamiento delincuente pone en cuestin la virtud y la moral de mujeres de gran valor que habran sido sumamente tiles a nuestra revolucin.

Luego estn todos esos militantes ms o menos revolucionarios, mucho menos revolucionarios que ms, que no permiten que sus mujeres militen o slo se lo permiten de da, pero golpean a sus mujeres porque han salido a reuniones o manifestaciones nocturnas. Ay de los desconfiados y celosos! Qu pobreza de espritu, qu compromiso tan limitado, tan condicionado! Porque vamos a ver: una mujer despechada y decidida slo puede engaar a su marido por la noche? Y qu clase de compromiso es ese, que pretende que la militancia se suspenda al caer la noche y no recupere su valor y sus exigencias hasta que no sale el sol?

Y qu pensar, por ltimo, de esas palabras sobre las mujeres odas de labios de los militantes ms revolucionarios? Palabras como materialistas, aprovechadas, teatreras, mentirosas, chismosas, intrigantes, celosas, etc., etc. Cosas que pueden ser verdad, pero aplicadas a las mujeres y tambin a los hombres! Qu puede esperarse de nuestra sociedad, si agobia metdicamente a las mujeres, las aparta de todo lo que se considera serio, determinante, de todo lo que est por encima de las relaciones subalternas y mezquinas?

Cuando alguien est condenado, como las mujeres, a esperar a su amo y marido para darle de comer, y recibir de l autorizacin para hablar y vivir, slo le quedan, para entretenerse y crearse una ilusin de utilidad o importancia, los chismes, el cotilleo, las discusiones, las trifulcas, las miradas de soslayo y envidiosas seguidas de maledicencias sobre la coquetera de las otras y su vida privada. Los varones que estn en las mismas condiciones adoptan las mismas actitudes.

Tambin decimos que las mujeres, ay, son negligentes. Por no decir cabezas de chorlito. Pero tengamos en cuenta que la mujer, agobiada o incluso atormentada por un esposo ligero, un marido infiel e irresponsable, un nio y sus problemas, abrumada por la administracin de toda la familia, en estas condiciones tendr una mirada extraviada, reflejo de la ausencia y la distraccin de la mente. Para ella el olvido es un antdoto de la fatiga, una atenuacin de los rigores de la existencia, una proteccin vital.

Pero tambin hay hombres negligentes, y mucho; unos por el alcohol y los estupefacientes, otros por varias formas de perversidad a las que se entregan a lo largo de su vida. Pero nadie dice que estos hombres sean negligentes. Cunta vanidad, cuntas vulgaridades!

Vulgaridades con que se complacen para justificar las imperfecciones del mundo masculino. Porque el mundo masculino, en una sociedad de explotacin, necesita mujeres prostitutas. Estas mujeres, a las que se deshonra y sacrifica despus de usarlas en el altar de la prosperidad de un sistema de mentiras y robos, son chivos expiatorios.

La prostitucin es la quintaesencia de una sociedad donde la explotacin es la norma. Simboliza el desprecio del hombre hacia la mujer. Hacia una mujer que no es otra que la figura dolorosa de la madre, la hermana o la esposa de otros hombres, y por tanto de cada uno de nosotros. Es, en definitiva, el desprecio inconsciente hacia nosotros mismos. Slo hay prostitutas donde hay prostituyentes y proxenetas.

Quines van con las prostitutas?

Ante todo, los maridos que obligan a su mujer a ser casta y descargan en la prostituta su lascivia y sus instintos de violacin. As pueden tratar con respeto aparente a sus esposas y dar rienda suelta a su verdadera naturaleza cuando estn con la chica llamada de vida alegre. As, en el plano moral, la prostitucin es simtrica del matrimonio. Los ritos, las costumbres, las religiones y las morales se adaptan a ella. Ya lo decan los padres de la Iglesia: Para mantener la salubridad de los palacios hacen falta cloacas.

Luego estn los clientes impenitentes e intemperantes que tienen miedo de asumir la responsabilidad de un hogar con todos sus problemas y huyen de las cargas morales y materiales de la paternidad. Entonces explotan la direccin discreta de una casa de tolerancia como el precioso filn de una relacin sin consecuencias.

Tambin est la cohorte de quienes censuran a las mujeres, al menos pblicamente y en los lugares decentes. Ya sea por un despecho que no tienen el valor de confesar y les ha hecho perder la confianza en todas las mujeres y considerarlas un instrumentum diabolicum, ya sea por hipocresa, por haber proclamado de forma repetida y tajante un desprecio por el sexo femenino que procuran asumir ante una sociedad de la que han adoptado el respeto a la falsa virtud. Todos ellos frecuentan a escondidas los lupanares hasta que, a veces, se descubre su doblez.

Luego est esa debilidad del hombre que consiste en la bsqueda de situaciones polindricas. Lejos de nosotros hacer juicios de valor sobre la poliandria, una forma de relacin entre el hombre y la mujer que han preferido algunas civilizaciones. Pero en los casos que denunciamos, estamos pensando en los gigols codiciosos y holgazanes mantenidos generosamente por seoras ricas.

En este mismo sistema, la prostitucin, en el aspecto econmico, puede igualar a la prostituta con la mujer casada materialista. Entre la que vende su cuerpo prostituyndolo y la que se vende en el matrimonio, la nica diferencia consiste en el precio y la duracin del contrato.

Al tolerar la existencia de la prostitucin, rebajamos a todas nuestras mujeres al mismo rango: prostitutas o casadas. La nica diferencia es que la mujer legtima, aunque est oprimida, disfruta como esposa de la honorabilidad que confiere el matrimonio. En cuanto a la prostituta, slo le queda la valoracin monetaria de su cuerpo, una valoracin que flucta con los valores de las bolsas falocrticas.

Acaso no es un artculo que se valoriza o desvaloriza segn el grado de marchitamiento de sus encantos? No se rige por la ley de la oferta y la demanda? La prostitucin es un compendio trgico y doloroso de todas las formas de esclavitud femenina. Por lo tanto, en cada prostituta debemos ver una mirada acusadora dirigida a toda la sociedad. Cada proxeneta, cada cliente de prostituta escarba en la herida purulenta y abierta que afea el mundo de los hombres y lo lleva a la perdicin. Si combatimos la prostitucin, si tendemos una mano amiga a la prostituta, salvamos a nuestras madres, hermanas y mujeres de esta lepra social. Nos salvamos a nosotros mismos. Salvamos al mundo.

La condicin de la mujer en Burkina

Si a juicio de la sociedad un nio que nace es un don de Dios, el nacimiento de una nia se recibe, si no como una fatalidad, en el mejor de los casos como un regalo que servir para producir alimentos y reproducir el gnero humano.

Al hombrecito se le ensea a querer y conseguir, a decir y ser servido, a desear y tomar, a decidir y mandar. A la futura mujer, la sociedad, como un solo hombre y nunca mejor dicho, le impone, le inculca unas normas inapelables. Unos corss psquicos llamados virtudes crean en ella un espritu de enajenacin personal, desarrollan en esa nia el afn de proteccin y la predisposicin a las alianzas tutelares y a los tratos matrimoniales. Qu fraude mental tan monstruoso!

As, nia sin infancia, desde los tres aos de edad tendr que responder a su razn de ser: servir, ser til. Mientras su hermano de cuatro, cinco o seis aos juega hasta el cansancio o el aburrimiento, ella se incorpora, sin contemplaciones, al proceso de produccin. Ya tiene un oficio: ayudante domstica. Una ocupacin, por supuesto, sin remuneracin, pues acaso no se dice que la mujer, en su casa, no hace nada? No se escribe labores domsticas en sus documentos de identidad para indicar que no tienen empleo? Que no trabajan?

Con la ayuda de los ritos y las obligaciones de sumisin, nuestras hermanas van creciendo, cada vez ms dependientes, cada vez ms dominadas, cada vez ms explotadas y con menos tiempo libre.

Mientras que el hombre joven encuentra en su camino las ocasiones para desarrollarse y forjar su personalidad, la camisa de fuerza social aprieta an ms a la muchacha en cada etapa de su vida. Por haber nacido nia pagar un fuerte tributo durante toda su vida, hasta que el peso del trabajo y los efectos del abandono fsico y mental la lleven al da del Gran Descanso. Factor de produccin al lado de su madre, ms patrona que mam, nunca la veremos sentada sin hacer nada, nunca libre, olvidada con sus juguetes, como l, su hermano.

Adondequiera que miremos, de la Meseta Central al Nordeste, donde predominan las sociedades con un poder muy centralizado, al Oeste, donde viven las comunidades aldeanas con un poder sin centralizar, o al Suroeste, territorio de las colectividades llamadas segmentarias, la organizacin social tradicional tiene al menos una cosa en comn: la subordinacin de las mujeres. En este mbito nuestros 8.000 pueblos, nuestras 600.000 concesiones y nuestro milln y pico de hogares tienen comportamientos idnticos o parecidos. En todas partes la condicin de la cohesin social definida por los hombres es la sumisin de las mujeres y la subordinacin de los segundones.

Nuestra sociedad, todava demasiado primitivamente agraria, patriarcal y polgama, explota a la mujer por su fuerza de trabajo y de consumo, y por su funcin de reproduccin biolgica.

Cmo experimenta la mujer esta curiosa identidad doble: la de ser el nudo vital que ata a todos los miembros de la familia, que garantiza con su presencia y sus desvelos la unidad fundamental, y la de estar marginada, relegada? Es una condicin hbrida donde las haya, en la que el ostracismo impuesto slo tiene parangn con el estoicismo de la mujer. Para vivir en armona con la sociedad de los hombres, para someterse a la imposicin de los hombres, la mujer encierra en una ataraxia degradante, negativa, entregndose por completo.

Mujer fuente de vida, pero tambin mujer objeto. Madre pero criada servil. Mujer nodriza pero mujer excusa. Trabajadora en el campo y en casa, pero figura sin rostro y sin voz. Mujer bisagra, mujer confluencia, pero mujer encadenada, mujer sombra a la sombra del hombre.

Pilar del bienestar familiar, es partera, lavandera, barrendera, cocinera, recadera, matrona, cultivadora, curandera, hortelana, molendera, vendedora, obrera. Es una fuerza de trabajo con herramienta en desuso, que acumula cientos de miles de horas con rendimientos desesperantes.

En los cuatro frentes de combate contra la enfermedad, el hambre, la indigencia y la degeneracin, nuestras hermanas soportan cada da la presin de unos cambios en los que no pueden influir. Cuando cada uno de nuestros 800.000 emigrantes varones se va, una mujer se carga con ms trabajo. Los dos millones de burkinabs que viven fuera del territorio nacional han contribuido as a agravar el desequilibrio de la proporcin de sexos, de modo que hoy en da las mujeres constituyen el 51,7% de la poblacin total. De la poblacin residente potencialmente activa, son el 52,1%.

La mujer, demasiado ocupada para atender como es debido a sus hijos, demasiado agotada para pensar por s misma, sigue trajinando: rueda de fortuna, rueda de friccin, rueda motriz, rueda de repuesto, noria.

Las mujeres, nuestras mujeres y esposas, apaleadas y vejadas, pagan por haber dado la vida. Relegadas socialmente al tercer rango, despus del hombre y el nio, pagan por mantener la vida. Aqu tambin se ha creado arbitrariamente un Tercer Mundo para dominar, para explotar.

Dominada y transferida de una tutela protectora explotadora a una tutela dominadora y ms explotadora an, primera en la tarea y ltima en el descanso, al lado de la lumbre pero ltima en apagar su sed, autorizada a comer slo cuando queda algo; y, detrs del hombre, sostn de la familia que carga sobre sus hombros, en sus manos y con su vientre a esta familia y a la sociedad, la mujer recibe en pago una ideologa natalista opresiva, tabes y prohibiciones alimentarias, ms trabajo, malnutricin, embarazos peligrosos, despersonalizacin y muchos otros males, por lo que la mortalidad maternal es una de las taras ms intolerables, ms inconfesables, ms vergonzosas de nuestra sociedad.

Sobre este substrato alienante, la irrupcin de unos seres rapaces llegados de lejos agri an ms la soledad de las mujeres e hizo an ms precaria su condicin.

La euforia de la independencia olvid a las mujeres en el lecho de las esperanzas rotas. Segregada en las deliberaciones, ausente de las decisiones, vulnerable y por tanto vctima previsible, sigui soportando a la familia y la sociedad. El capital y la burocracia se pusieron de acuerdo para mantener a la mujer sometida. El imperialismo hizo lo dems.

Las mujeres, escolarizadas dos veces menos que los hombres, analfabetas en un 99%, con escasa formacin profesional, discriminadas en el empleo, relegadas a funciones subalternas, las primeras en ser acosadas y despedidas, abrumadas por el peso de cien tradiciones y mil excusas, siguieron haciendo frente a los desafos que se presentaban. Tenan que permanecer activas, a cualquier precio, por los hijos, por la familia y por la sociedad. A travs de mil noches sin auroras.

El capitalismo necesitaba algodn, karit y ajonjol para sus industrias, y fue la mujer, fueron nuestras madres quienes, adems de lo que ya estaban haciendo, tuvieron que hacerse cargo de la recoleccin. En las ciudades, donde se supona que estaba la civilizacin emancipadora de la mujer, ella se vio obligada a decorar los salones de los burgueses, a vender su cuerpo para vivir o a servir de seuelo comercial en las producciones publicitarias.

Sin duda las mujeres de la pequea burguesa de las ciudades viven mejor que las mujeres de nuestros campos en el orden material. Pero son ms libres, ms respetadas, estn ms emancipadas, tienen ms responsabilidades? Ms que una pregunta, se impone una afirmacin. Sigue habiendo muchos problemas, ya sea en el empleo o en el acceso a la educacin, en la consideracin de la mujer en los textos legislativos o en la vida diaria. La mujer burkinab sigue siendo la que llega detrs del hombre, y no a la vez que l.

Los regmenes polticos neocoloniales que se han sucedido en Burkina Faso han abordado el asunto de la emancipacin de la mujer con el planteamiento burgus, que no es ms que ilusin de libertad y dignidad. La poltica de moda sobre la condicin femenina, o ms bien el feminismo primario que reclama para la mujer el derecho a ser masculina, slo tuvo repercusin en las escasas mujeres de la pequea burguesa urbana. La creacin del ministerio de la Condicin Femenina, dirigido por una mujer, se proclam como una victoria.

Pero exista una conciencia real de esa condicin femenina? Se tena conciencia de que la condicin femenina es la condicin del 52% de la poblacin burkinab? Se saba que esta condicin estaba determinada por estructuras sociales, polticas y econmicas, y por las ideas retrgradas dominantes, y que por consiguiente la transformacin de esta condicin no era labor de un solo ministerio, aunque tuviera a una mujer al frente?

Tan es as que las mujeres de Burkina, despus de varios aos de existencia de este ministerio, comprobaron que su condicin no haba cambiado en absoluto. Y no poda ser de otro modo, porque el planteamiento de la emancipacin de las mujeres que haba desembocado en la creacin de ese ministerio-coartada no quera ver ni poner en evidencia las verdaderas causas de la dominacin y la explotacin de la mujer. No es de extraar, entonces, que pese a la existencia de ese ministerio, la prostitucin aumentara, el acceso de las mujeres a la educacin y el empleo no mejorara, los derechos civiles y polticos de las mujeres siguieran en el limbo y las condiciones de vida de las mujeres, tanto en la ciudad como en el campo, no hubieran mejorado.

Mujer florero, mujer coartada poltica en el gobierno, mujer sirena clientelista en las elecciones, mujer robot en la cocina, mujer frustrada por la resignacin y las inhibiciones impuestas a pesar de su apertura mental! Sea cual sea su sitio en el espectro del dolor, sea cual sea su forma urbana o rural de sufrir, ella sigue sufriendo.

Pero bast una noche para situar a la mujer en el centro del progreso familiar y de la solidaridad nacional.

La aurora siguiente del 4 de agosto de 1983, portadora de libertad, alumbr el camino para que todos juntos, iguales, solidarios y complementarios, marchramos codo con codo, en un solo pueblo.

La revolucin de agosto encontr a la mujer burkinab en una situacin de sumisin y explotacin por una sociedad neocolonial muy influida por la ideologa de las fuerzas retrgradas. Tena que romper con la poltica reaccionaria, preconizada y aplicada hasta entonces tambin en el mbito de la emancipacin de la mujer, y definir claramente una poltica nueva, justa y revolucionaria.

Nuestra revolucin y la emancipacin de la mujer

El 2 de octubre de 1983 el Consejo Nacional de la Revolucin expuso claramente en el Discurso de Orientacin Poltica cul era el eje principal del combate por la liberacin de la mujer. Se comprometi a trabajar por la movilizacin, la organizacin y la unin de todas las fuerzas vivas de la nacin y de la mujer en particular. El Discurso de Orientacin Poltica precisaba, acerca de la mujer: Se incorporar a todos los combates que entablemos contra los obstculos de la sociedad neocolonial y por la construccin de una sociedad nueva. Se incorporar en todos los noveles de planificacin, decisin y ejecucin para la organizacin de la vida de toda la nacin.

Esta empresa grandiosa se propone construir una sociedad libre y prspera donde la mujer sea igual al hombre en todos los mbitos. No puede haber una forma ms clara de concebir y enunciar la cuestin de la mujer y la lucha emancipadora que nos espera.

La verdadera emancipacin de la mujer es la que responsabiliza a la mujer, la incorpora a las actividades productivas, a las luchas del pueblo. La verdadera emancipacin de la mujer es la que propicia la consideracin y el respeto del hombre.

Esto indica claramente, compaeras militantes, que la lucha por la liberacin de la mujer es ante todo vuestra lucha por el fortalecimiento de la revolucin democrtica y popular. Una revolucin que os da la palabra y el poder de decir y obrar para la edificacin de una sociedad de justicia e igualdad, donde la mujer y el hombre tengan los mismos derechos y deberes. La revolucin democrtica y popular ha creado las condiciones para este combate libertador. Os corresponde a vosotras obrar con responsabilidad para, por un lado, romper las cadenas y trabas que esclavizan a la mujer en sociedades atrasadas como la nuestra, y por otro, asumir la parte de responsabilidad que os corresponde en la poltica de edificacin de la sociedad nueva, en beneficio de frica y de toda la humanidad.

En las primeras horas de la revolucin democrtica y popular ya lo decamos: la emancipacin, como la libertad, no se concede, se conquista. Corresponde a las propias mujeres plantear sus demandas y movilizarse para hacerlas realidad. Nuestra revolucin no slo ha marcado una meta en la lucha por la emancipacin de la mujer, sino que ha sealado el camino a seguir, los medios necesarios y los principales actores de este combate. Pronto har cuatro aos que trabajamos juntos, hombres y mujeres, para cosechar victorias y avanzar hacia el objetivo final.

Debemos ser conscientes de las batallas reidas, los xitos alcanzados, los fracasos sufridos y las dificultades encontradas para preparar y dirigir los combates futuros. Qu es lo que ha hecho la revolucin democrtica y popular por la emancipacin de la mujer?

Cules son los logros y los obstculos?

Uno de los mayores aciertos de nuestra revolucin en la lucha por la emancipacin de la mujer ha sido, sin duda, la creacin de la Unin de las Mujeres de Burkina (UFB por sus siglas en francs). La creacin de esta organizacin es un gran acierto porque ha dado a las mujeres de nuestro pas un marco y unos medios seguros para entablar el combate victoriosamente. La creacin de la UFB es uan gran victoria, porque une a todas las mujeres militantes con objetivos concretos, justos, para el combate libertador dirigido por el Consejo Nacional de la Revolucin. La UFB es la organizacin de las mujeres militantes y responsables, dispuestas a trabajar para transformar la realidad, a luchar para vencer, a caer y volver a levantarse cada vez para avanzar sin retroceder.

Ha surgido una conciencia nueva entre las mujeres de Borkina, y todos debemos estar orgullosos de ello. Compaeras militantes, la Unin de las Mujeres de Burkina es vuestra organizacin de combate. Tendris que afilarla bien para que sus tajos sean ms cortantes y os deparen cada vez ms victorias. Las iniciativas que el gobierno ha tenido desde hace algo ms de tres aos para lograr la emancipacin de la mujer son sin duda insuficientes, pero han permitido cubrir una etapa del camino, y nuestro pas puede presentarse hoy en la vanguardia del combate libertador de la mujer. Nuestras mujeres participan cada vez ms en las tomas de decisin, en el ejercicio efectivo del poder popular.

Las mujeres de Burkina estn all donde se construye el pas, estn en las obras: el Sourou (valle irrigado), la reforestacin, la vacunacin, las operaciones Ciudades limpias, la batalla del tren, etc. Poco a poco, las mujeres de Burkina ocupan espacios y se imponen, haciendo retroceder las ideas falocrticas y retrgradas de los hombres. Y seguirn as hasta que la mujer de Burkina est presente en todo el tejido social y profesional. Nuestra revolucin, durante estos tres aos y medio, ha trabajado por la eliminacin progresiva de las prcticas que desvalorizan a la mujer, como la prostitucin y otras lacras, como el vagabundeo y la delincuencia de las jvenes, el matrimonio forzoso, la ablacin y las condiciones de vida especialmente difciles de la mujer.

La revolucin procura resolver en todas partes el problema del agua, instala molinos en los pueblos, mejora las viviendas, crea guarderas populares, vacuna a diario, promueve una alimentacin sana, abundante y variada, y con ello contribuye a mejorar las condiciones de vida de la mujer burkinab.

Esta debe comprometerse ms a aplicar las consignas antiimperialistas, a producir y consumir burkinab, imponindose como un agente econmico de primer orden, tanto productor como consumidor de productos locales.

La revolucin de agosto, sin duda, ha avanzado mucho por la senda de la emancipacin de la mujer, pero lo hecho hasta ahora es insuficiente. Nos queda mucho por hacer.

Para llevarlo a cabo debemos ser conscientes de las dificultades con que tropezamos. Los obstculos y las dificultades son muchos. Ante todo el analfabetismo y el bajo nivel de conciencia poltica, agravados por la poderosa influencia de las fuerzas retrgradas en nuestras sociedades atrasadas.

Debemos trabajar con perseverancia para superar estos dos obstculos principales. Porque mientras las mujeres no tengan conciencia clara de la justeza de nuestra lucha poltica y de los medios necesarios, corremos el riesgo de tropezar e incluso de retroceder.

Por eso la Unin de las Mujeres de Burkina tiene que cumplir plenamente su funcin. Las mujeres de la UFB tienen que trabajar para superar sus insuficiencias, para romper con las prcticas y el comportamiento que siempre se han considerado propios de mujeres y lamentablemente se sigue dando a diario en los comportamientos y los razonamientos de muchas mujeres. Son todas esas mezquindades como la envidia, el exhibicionismo, las crticas incesantes y gratuitas, negativas y sin fundamento, la difamacin mutua, el subjetivismo a flor de piel, las rivalidades, etc. Una mujer revolucionaria debe vencer estos comportamientos, especialmente acentuados en la pequea burguesa. Porque son perjudiciales para el trabajo en grupo, dado que el combate por la liberacin de la mujer es un trabajo organizado que necesita la contribucin del conjunto de las mujeres.

Juntos debemos trabajar por incorporar a la mujer al trabajo. A un trabajo emancipador y liberador que garantice a la mujer su independencia econmica, un peso social mayor y un conocimiento ms justo y completo del mundo.

Nuestra nocin del poder econmico de la mujer debe apartarse de la codicia vulgar y de la avidez materialista que convierten a algunas mujeres en bolsas de valores especuladoras, en cajas fuertes ambulantes. Son mujeres que pierden la dignidad, el control y los principios en cuanto oyen el tintineo de las joyas o el crujido de los billetes. Algunas de estas mujeres, lamentablemente, hacen que los hombres caigan en los excesos del endeudamiento o incluso de la corrupcin. Estas mujeres son peligrosas arenas movedizas, ftidas, que apagan la llama revolucionaria de sus esposos o compaeros militantes. Se han dado tristes casos de ardores revolucionarios que se han apagado y el compromiso del marido se ha apartado de la causa del pueblo por tener una mujer egosta y arisca, celosa y envidiosa.

La educacin y la emancipacin econmica mal entendidas y enfocadas pueden ser motivo de desdicha para las mujeres y por tanto para la sociedad. Solicitadas como amantes, son abandonadas cuando llegan las dificultades. La opinin comn sobre ellas es implacable: la intelectual est fuera de lugar, y la que es muy rica resulta sospechosa. Todas estn condenadas a un celibato que no sera grave si no fuera la expresin misma de un ostracismo generalizado de toda una sociedad contra unas personas, vctimas inocentes porque desconocen por completo cul es su delito y su defecto, frustradas porque da a da su afectividad se transforma en hipocondra. A muchas mujeres el saber slo les ha dado desengaos, y la fortuna ha producido muchos infortunios.

La solucin de estas paradojas aparentes consiste en que las desdichadas cultas o ricas pongan al servicio de su pueblo su gran instruccin, sus grandes riquezas. As se granjearn el aprecio y hasta la adulacin de todas las personas a las que darn un poco de alegra. En estas condiciones ya no podrn sentirse solas. La plenitud sentimental se alcanza cuando se consigue que el amor a uno mismo y de uno mismo se convierta en el amor al otro y el amor de los otros.

Nuestras mujeres no deben retroceder ante las luchas multiformes que les permitirn asumirse plenamente, con valenta, y experimentar as la felicidad de ser ellas mismas, y no la domesticacin de ellas por ellos.

Todava hoy, para muchas de nuestras mujeres, la proteccin de un hombre es la mejor garanta contra el qu dirn opresor. Se casan sin amor y sin alegra de vivir con un patn, un insulso alejado de la vida y las luchas del pueblo. Es frecuente que las mujeres exijan una gran independencia y reclamen al mismo tiempo la proteccin, peor an, estar bajo el protectorado colonial de un varn. Creen que no pueden vivir de otro modo.

No! Tenemos que decirles a nuestras hermanas que el matrimonio, si no aporta nada a la sociedad y no las hace felices, no es indispensable, e incluso se debe evitar. Al contrario, mostrmosles cada da el ejemplo de unas pioneras osadas e intrpidas que en su celibato, con o sin hijos, estn de un humor excelente y prodigan riquezas y disponibilidad a los dems. Incluso despiertan la envidia de las casadas desdichadas, por las simpatas que se granjean, la felicidad que les depara su libertad, su dignidad y su disponibilidad.

Las mujeres han dado sobradas muestras de capacidad para mantener s su familia, criar a los nios, en una palabra, ser responsables sin necesidad de estar sometidas a la tutela de un hombre. La sociedad ha evolucionado lo suficiente para que se acabe la marginacin injusta de la mujer sin marido. Revolucionarios, debemos lograr que el matrimonio sea una opcin enriquecedora, y no esa lotera de la que se sabe lo que se gasta al principio, pero no lo que se va a ganar. Los sentimientos son demasiado nobles para jugar con ellos.

Otra dificultad, sin duda, es la actitud feudal, reaccionaria y pasiva de muchos hombres, que tienen un comportamiento retrgrado. No quieren que se cuestione el dominio absoluto sobre la mujer en el hogar o en la sociedad en general. En el combate por la edificacin de la sociedad nueva, que es un combate revolucionario, estos hombres, con sus prcticas, se sitan en el lado de la reaccin y la contrarrevolucin. Porque la revolucin no puede tener xito sin la emancipacin verdadera de las mujeres.

Por eso, compaeras militantes, tenemos que ser muy conscientes de todas estas dificultades para afrontar los combates futuros.

La mujer, lo mismo que el hombre, tiene cualidades pero tambin defectos, lo que demuestra que la mujer es igual al hombre. Si destacamos deliberadamente las cualidades de la mujer, no es porque tengamos de ella una visin idealizada. Simplemente queremos poner de relieve sus cualidades y habilidades, que el hombre y la sociedad siempre han ocultado para justificar la explotacin y el sometimiento de la mujer.

Cmo podemos organizarnos para acelerar la marcha hacia la emancipacin?

Nuestros medios son irrisorios, pero nuestra ambicin es grande. Nuestra voluntad y nuestra firme conviccin de avanzar no bastan para alcanzar la meta. Debemos sumar fuerzas, todas nuestras fuerzas, coordinarlas para que la lucha tenga xito. Desde hace ms de dos dcadas se habla mucho de emancipacin en nuestro pas, hay mucho debate al respecto. Hoy se trata de abordar el asunto de la emancipacin de forma global, evitando las irresponsabilidades que impidieron reunir todas las fuerzas en la lucha y quitaron importancia a esta cuestin crucial, y evitando tambin las huidas hacia delante que dejaran atrs a aquellos y sobre todo aquellas que deben estar en primera lnea.

(...)

Por eso, compaeras, os necesitamos para una verdadera liberacin de todos nosotros. S que siempre hallaris la fuerza y el tiempo necesarios para ayudarnos a salvar nuestra sociedad.

Compaeras, no habr revolucin social verdadera hasta que la mujer se libere. Que mis ojos no tengan que ver nunca una sociedad donde se mantiene en silencio a la mitad del pueblo. Oigo el estruendo de este silencio de las mujeres, presiento el fragor de su borrasca, siento la furia de su rebelin. Tengo esperanza en la irrupcin fecunda de la revolucin, a la que ellas aportarn la fuerza y la rigurosa justicia salidas de sus entraas de oprimidas.

Compaeras, adelante por la conquista del futuro. El futuro es revolucionario. El futuro pertenece a los que luchan.

Patria o muerte, venceremos!

Fuente: http://www.thomassankara.net/spip.php?article40{=fr&artpage=1-3



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter