Como el tema es prácticamente inabarcable, escogeré algunos de los
asuntos y problemas que me parecen centrales, en el espíritu de incitar
a los intercambios y debates de este Foro, más que de exponer
argumentos que no cabrían en los objetivos y el tamaño de este texto.
La Revolución misma ha sido el mayor y más trascendente hecho
cultural de este medio siglo. Ella hizo retroceder los límites de lo
posible y desató las actuaciones, las ideas, los sentimientos y las
potencialidades humanas. La mayoría de los cubanos y cubanas salió del
mundo en que vivía, lleno de opresiones, miseria material, injusticias,
mezquindades, falta de oportunidades y de escolarización. En un mismo
proceso se apoderaron de su país y de sus condiciones de existencia, y
fueron volviéndose capaces de ir muy lejos en cuanto al cambio de sí
mismos y al de sus relaciones, sus vidas y la sociedad. La revolución
inspiró, exigió o permitió a las personas y grupos sociales
mayoritarios lograr esas adquisiciones y transformaciones prodigiosas.
Los hechos y los avatares de la revolución han sido el medio
fundamental para el proceso de la cultura cubana desde 1959 hasta hoy.
No voy a ofrecer los datos de ninguno de los inmensos logros de estos
cincuenta años –datos que están alcance de ustedes--, pero todo lo que
escribo aquí se basa en ellos. Ese es otro aporte cultural
extraordinario de la revolución cubana: al existir y ser como es,
permite a cualquiera en el mundo referir lo que sería un ideal o un
sueño de mejoramiento social y humano a un ámbito existente, Cuba, y
estudiar y pensar sus características, victorias y derrotas, frutos y
errores, carencias y enemigos, como unas realidades que ya poseen
inclusive historia propia. Me permito pedirles que lean los datos de
esos inmensos logros tratando de integrarlos en una comprensión de sus
articulaciones, su organicidad, sus resultados, sus limitaciones y sus
proyectos implícitos. En ese terreno se mueve este comentario.
La cultura popular cubana posee un alto grado de politización,
rasgo formado en el curso de la creación de la nación y la identidad
cubanas. Las revoluciones contra el colonialismo español y la
esclavitud hicieron al cubano, dándole un sentido muy nacionalista y
patriótico a la comunidad que se había estado integrando en la isla. La
nación Estado de 1902-1958, pese a su régimen capitalista neocolonial,
era entendida por el pueblo en términos de libertad y justicia social
por completar, y el pasado heroico era cantado y sentido como proyecto
por realizar o consumar. La revolución de 1959 se apropió de toda esa
fuerza cultural, sus símbolos y sus representaciones, porque ella la
identificó como libertad y justicia verdaderas y para todos, y la
revolución se ganó esa confianza con sus hechos. La cultura popular
cubana ha estado hasta hoy en la base del socialismo cubano, y una y
otro se legitiman mutuamente.
Hasta 1959, tanto las formas culturales tradicionales como las
consideradas modernas discurrían dentro del sistema de dominación. La
revolución propició gigantescas jornadas en las que el pueblo
organizado y el poder revolucionario se fundieron y forjaron una unidad
en incontables terrenos. Fueron ellos la revolución agraria, las
campañas de alfabetización y escolarización, el armamento general del
pueblo, la nacionalización de la mayor parte de la economía, la
liquidación del enorme desempleo, el reparto equitativo de la
alimentación, la subordinación del mercado, la propiedad y el dinero a
los intereses, las necesidades y la idea de justicia de la sociedad, la
honestidad administrativa y el servicio al pueblo como normas para
juzgar al gobierno, la universalización de la salud y la educación
gratuitos, y de la seguridad social, la redistribución sistemática de
la riqueza social, y otros. Al mismo tiempo sucedieron la movilización
y los sangrientos combates contra los enemigos internos y las
agresiones del imperialismo norteamericano, el permanente bloqueo
económico y la hostilidad de los Estados Unidos --empeñado hasta hoy en
acabar con la Revolución--, la necesidad de pensar siempre en la
defensa, y dedicar a ella enormes esfuerzos, recursos y seres humanos.
El conjunto generó una férrea unión que identificó a la sobrevivencia,
el ser nacional, la manera de vivir y el futuro. La revolución planteó
la unificación de los objetivos de mejoramiento humano con los de
liberación nacional y social. A esa característica hay que referir la
grandeza, la fuerza y los aciertos de la Revolución, y también una
parte de sus debilidades y errores.
Para analizar los temas de revolución y cultura en Cuba es
imprescindible partir de que somos parte de la mayoría del mundo que
fue colonizada, neocolonizada y “subdesarrollada”, para que el
capitalismo pudiera existir y expandirse. Por esa causa, vencer al
capitalismo y crear el socialismo era nuestra única opción viable. Pero
todo el proceso de este medio siglo se ha visto obligado a una
dialéctica muy difícil entre las modernizaciones y las liberaciones,
cuyos ejes pueden apreciarse repasando las grandes tareas que relaciono
en el párrafo anterior. Ellas combinan la lucha por adquirir lo que se
llaman logros de la civilización con otra muy diferente, pero que está
obligada a ser simultánea, para lograr las liberaciones de los seres
humanos y la sociedad. La única cultura mundial orgánica que ha
existido es la del capitalismo, y el pueblo que no la va destruyendo en
el mismo proceso en que se “desarrolla”, aunque se llame socialista,
termina reabsorbido por ella, como demuestran las experiencias
históricas. Cuba ha alcanzado niveles muy altos de desarrollo en
numerosos campos, algunos comparables a los más altos del mundo, a
pesar de que sigue siendo “subdesarrollada” en otros campos de suma
importancia. Lo esencial y distintivo de Cuba es que se guía por lo que
aporta bienestar a las mayorías, defiende la soberanía nacional y
colabora con otros pueblos del mundo, y no por los intereses materiales
de una minoría.
Un aspecto central de la posición cubana ha sido hacer conciencia
del sentido capitalista de la modernización a secas, del determinismo
económico y la apelación al egoísmo y el afán de lucro como
motivaciones. Ese logro cultural trascendental de la práctica y la
conciencia provee una denuncia del sistema capitalista, que somete a
las mayorías a un sinnúmero de iniquidades y a todos al imperio de
enfrentarse unos a otros, disfrazando el poder inmenso de la burguesía,
su Estado y sus demás estructuras de dominación con la primacía formal
y abstracta de libertades, iniciativas, intereses y retribuciones
individuales. La opción socialista cubana no es un paseo, ni ha tenido
una evolución lineal. Su historia registra muchos avances, pero también
detenciones e incluso retrocesos. Recaer en los usos y las ideas del
mundo que combatimos es fácil, porque este es muy fuerte y está
presente prácticamente en todos los escenarios, desde las relaciones
internacionales hasta el cerebro y los deseos de cada uno de nosotros.
Es imprescindible ir mucho más allá de lo que parece posible, de lo que
permite el nivel de reproducción de la vida social existente, aunque
las escaseces, los límites y los enemigos puedan ser agobiadores. La
revolución y el país sólo pueden sostenerse, y avanzar su régimen de
transición socialista, mediante un poder muy fuerte, defensor de la
patria y redistribuidor sistemático de la riqueza social, y una unidad
ideológica que controla el consenso. Pero es imperativo vencer la
tentación burocrática, basarse en la participación y el control
popular, y lograr que el poder siempre sea guiado por el proyecto.
La cultura es tan valiosa para nosotros porque, al mismo tiempo que
satisface y eleva al ser humano, es un puente imprescindible entre la
justicia social como prioridad de la libertad y la liberación de todas
las dominaciones y el florecimiento de todas las capacidades humanas
como proyecto de la Revolución.
Fuente:
http://www.foroscubarte.cult.cu/read.php?8,43258