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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 11-11-2009

La locura homicida del excombatiente

Alberto Piris
Estrella Digital


En su libro In That Age When We Were Young ("En aquel tiempo en que ramos jvenes"), Charles M. Purcell, uno de los llamados "soldados-poeta" en las antologas literarias de la guerra, que haba sido condecorado con la Cruz al Valor en Vietnam, describa sus sentimientos tras haber regresado a la vida civil: "Ahora tengo miedo de empuar un arma / Qu pasara si aqu, en mi barrio, sufriera un ataque de locura homicida / y saliese gritando a la calle/ Adelante los paracaidistas! / y matase al repartidor de leche?".

Algunos aos antes, reflexionando sobre la Segunda Guerra Mundial, John Ellis (no confundir con el fsico de renombre mundial) afirmaba en su libro The Sharp End of War ("La punta afilada de la guerra"): "Las bajas psiquitricas son tan inevitables en la guerra como las heridas por bala o por metralla".

La literatura viene anticipando desde hace aos los ataques de locura homicida sufridos por militares, como el que el jueves de la semana pasada ha protagonizado un comandante mdico en la base de Fort Hood (Texas), el enorme complejo militar que alberga la cuna del Arma Acorazada del ejrcito de EEUU. Era precisamente el tratamiento de esas bajas psiquitricas o, ms exactamente, de los soldados que presentaban sus sntomas iniciales, la tarea encomendada al mdico psiquiatra que, en un rapto de locura, mat a 13 personas e hiri a una treintena, antes de ser inmovilizado.

Su trato frecuente con personas que sufran los traumticos efectos psquicos de la guerra le llev, segn sospechan compaeros suyos, a sufrir un caso agudo de estrs postraumtico llamado "secundario", al no poder resistir la acumulacin de emociones que su tarea le obligaba a soportar. Quiz se sum a esto, como elemento desencadenante, la noticia de su inminente nuevo destino a Afganistn. Los letales disparos que salieron de sus manos podran haber surgido de las manos de los numerosos pacientes al borde de la locura, que l haba contribuido a curar pero cuyas tensiones haba acumulado dentro de s y no pudo liberar ni controlar.

Un doctor estadounidense, con amplia experiencia en el tratamiento de excombatientes, iniciaba as su comentario para la BBC sobre este incidente: "Ninguna guerra es como las dems. Solo una cosa permanece constante desde siempre: son hombres viejos los que envan a luchar a hombres jvenes. Las esposas y las novias lloran y esperan el regreso. Si se alcanza la victoria, suenan los himnos, se imponen condecoraciones y los combatientes se restablecen y descansan en casa. Y si se ganan batallas pero no se alcanza la victoria? Si no llega el momento de volver a casa, recuperarse y hacer que el horror sea parte del pasado? Y si uno tiene que ir al combate una y otra vez antes de recobrarse y reconstruir sus relaciones sociales?".

sta parece ser la situacin actual de muchos militares en EEUU; los repetidos turnos de servicio en los teatros de operaciones de Iraq o Afganistn han hecho crecer los casos de depresin y el ndice de suicidios en las fuerzas armadas. Clnicamente se ha empezado a considerar en serio que el estrs postraumtico es una dolencia que necesita ser tratada como cualquier otra enfermedad y que obliga a que el paciente sea evacuado a retaguardia en su calidad de "herido mental", del mismo modo que lo son los heridos de guerra enviados a los hospitales de campaa de la red sanitaria militar.

Durante largo tiempo el estrs postraumtico ha sido ignorado, por ser considerado como una muestra de cobarda o, en todo caso, algo muy ajeno a las viejas tradiciones machistas del valor y el herosmo. A la larga, sin embargo, se ha acabado por comprobar que de ese modo slo se consegua deteriorar la moral de las tropas y perjudicar su rendimiento en el combate.

Convendra ahora dejar de lado los detalles anecdticos del suceso: las creencias religiosas del sujeto, su vestimenta o sus gritos al disparar enloquecidamente contra quienes le rodeaban. Es natural que los medios de comunicacin se esfuercen por desentraar su vida privada para convertir el incidente en una novela: se iba a casar en breve, haba tenido fracasos profesionales en destinos anteriores, su sentido religioso se acentu al morir su madre, se deshizo de algunos objetos personales en sus ltimas horas, etc. Todo eso es propio de una crnica de sucesos pero ignora lo esencial de la cuestin: la inherente crueldad de la guerra, de toda guerra. Y el hecho de que la formacin bsica del combatiente tiene que hacer de l un instrumento de muerte y destruccin, para que cumpla con eficacia las misiones que se le asignen.

En EEUU se extiende la preocupacin por las condiciones en que tiene lugar el retorno de los combatientes y por facilitar su reincorporacin a la vida civil, sobre todo en las actuales circunstancias de una guerra cuyo fin no se ve prximo. Pero ningn programa de reinsercin tendr xito mientras slo se traten con atencin las secuelas fsicas que la guerra deja en los combatientes y se olviden las profundas "heridas mentales", ms difciles de advertir desde el exterior y, por eso, de ms complejo tratamiento.

http://www.estrelladigital.es/ED/diario/256357.asp

Rebelin ha publicado este artculo a peticin expresa del autor, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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