Portada :: Amrica Latina y Caribe
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 23-11-2009

Respuesta a Marc Saint-Upry, autor de El sueo de Bolvar. El desafo de las izquierdas sudamericanas.
Revolucin? Qu revolucin?

Luis Alegre Zahonero y Santiago Alba Rico
Rebelin


La posicin de Saint Upry sobre la izquierda en Amrica Latina es un tanto desconcertante1: en vez de comenzar posicionando su anlisis respecto a la situacin poltica y los distintos modelos de transformacin que hay en marcha, comienza haciendo un diagnstico de los motivos irracionales que sin duda guan a cualquiera que no est de acuerdo con l. En efecto, comienza explicando la raz emotiva por la que algunos militantes de la izquierda europea buscan sus referentes mitolgicos siempre en personajes latinoamericanos (como el Ch o Chvez). Esta actitud infantil y mitmana (el fetichismo de la mitologa militante) se explicara a su vez por el exotismo familiar con el que perciben en general Amrica Latina y que les hace proyectar todos sus anhelos, deseos y fantasas en esa tierra extica (con la que les une el sustrato latino y catlico de la proximidad lingstica).

Y, tras el diagnstico de las causas patolgicas de la admiracin por Evo Morales, por Rafael Correa y por Hugo Chvez, viene, entonces s, la tesis poltica que defiende: en Venezuela, Bolivia y Ecuador no hay ninguna revolucin en marcha; no se est cambiando nada estructuralmente relevante y, en realidad, lo nico que hay es una hiperinflacin retrica capaz de alimentar esa mitomana de la izquierda europea. De hecho, sostiene que la Revolucin bolivariana se ha limitado a pasar una mano de pintura roja sobre el modelo de capitalismo de Estado rentista; mano de pintura que, adems, se est desconchando. Por el contrario, el Brasil de Lula o el Urugauy de Tabar s son sitios donde ha habido cambios significativos pero a los que se presta menos atencin porque no encajan igual de bien en ese mecanismo de construccin de mitos.

Ante el diagnstico clnico inicial, debemos poner bajo sospecha nuestras propias convicciones: nosotros mismos hemos recuperado buena parte de la ilusin gracias a la Revolucin bolivariana; nosotros mismos depositamos en estos procesos grandes esperanzas respecto a la emancipacin de Amrica Latina. Pero por qu? Ser acaso que respondemos al cuadro clnico descrito por Saint Upry? Seremos simplemente vctimas de una ilusin generada por nuestra propia mitomana infantil e izquierdista? Ante estas dudas, lo mnimo que debemos hacer es extremar la cautela. Eso de comenzar un anlisis poltico con un diagnstico clnico de quienes tendran que responderte ser todo lo anmalo que se quiera pero, una vez se presenta la sintomatologa descrita, es imprescindible extremar las precauciones: podra ser cierto que en Venezuela no hubiera ocurrido ningn cambio significativo y que en Ecuador y Bolivia tampoco. Podra ser cierto que, en realidad, al margen de excesos retricos y encendidas proclamas revolucionarias, no hubiera ocurrido nada de nada (o, al menos, nada tan reseable como lo ocurrido en el Brasil de Lula o el Chile de Bachelet). Podra ser cierto que todo nuestro apoyo se debiera ms bien a la proyeccin de nuestros propios fantasmas. En definitiva, entre la izquierda radical se ha tendido con frecuencia a proyectar ilusiones que no terminaban de justificarse.

Sin embargo, a uno le tranquiliza un poco respecto a su propia posicin poltica la furia con que, por ejemplo, el Departamento de Estado de EE.UU., las oligarquas locales o las grandes corporaciones mediticas, siempre mucho ms pragmticas y menos idealistas que nosotros, han atacado encarnizadamente este eje de transformacin.

El propio Saint Upry ha sido capaz de detectar el delirio de algunos sobre la presunta dictadura de Chvez y los intentos de derrocarle. As, incluso si el diagnstico clnico de Sain Upry sirviese para explicar qu es lo que defiende la izquierda de la revolucin bolivariana, seguira pendiente la pregunta de qu es lo que ataca la derecha. Si nosotros no defendemos ms que nuestros propios fantasmas, entonces qu es lo que les molesta tanto a ellos? Acaso se limitan a ser el negativo de la mitologa guevarista? Estarn de verdad invirtiendo tantas energas y tantos recursos para derribar nada ms que un cascarn retrico vaco? Tan poco estiman su propia cuenta de resultados? Qu es exactamente lo que no consiguen soportar de Hugo Chvez? Por qu grandes medios de comunicacin como el Grupo Prisa han dilapidado todo su prestigio en la defensa abierta del golpe de Estado de abril de 2002? Por qu las oligarquas locales se lanzaron a esa conspiracin y a los siguientes paros patronales y sabotajes que terminaron arruinando a cientos de empresarios? Cmo es posible que encontrasen tanto apoyo poltico, financiero y meditico por parte de los grandes grupos econmicos? No es un poco raro que sea Saint Upry el nico que se ha dado cuenta, a derecha e izquierda, de que aqu no est pasando en realidad nada, que todo es una manita de pintura retrica y desconchada?

As pues, por ms cautos que intentemos ser y ms vigilantes sobre nuestros propios mitos, no podemos evitar la sospecha deque en Venezuela, Bolivia y Ecuador s debe estar ocurriendo algo con suficiente entidad para entusiasmar a toda la izquierda e indignar a toda la derecha. Y quiz Saint Upry debera ser tambin un poco ms cauto. Es como mnimo atrevido lanzar un anlisis poltico que slo se sostiene sobre el supuesto de que toda la izquierda radical es vctima de una mitologa fetichista infantil y toda la derecha es vctima de una paranoia incontrolable (igual de infantil) que, en ningn caso, encontrara base real en la que sustentarse.

Es un hecho cierto que en Venezuela est ocurriendo algo que entusiasma a la izquierda e indigna a la derecha. Y, por lo tanto, tenemos el deber de preguntar qu es eso que est ocurriendo. Si alguien, por ms que lo intente (en el supuesto, claro est, de que lo intenta honestamente), no logra ver ah nada de nada, no estara mal que comenzara sospechando que quiz no est mirando con los ojos adecuados. La modestia no es desde luego la virtud ms extendida entre los intelectuales. Pero tomar sin mucho recato como primera premisa que todo el mundo, a derecha e izquierda, se ha vuelto loco, implica quiz un exceso de arrogancia.

Ahora bien qu es lo que ha ocurrido entonces en Venezuela, Bolivia y Ecuador? Para empezar, que las tres Repblicas se han refundado desde un punto de vista jurdico, estableciendo Constituciones progresistas que han abierto toda una corriente de nuevo constitucionalismo latinoamericano. Esto es algo que Saint Upry desprecia por completo como pura mstica refundacional: la idea de que haca falta refundar simblicamente la repblica o la nacin sobre nuevas bases.

Bien es verdad que la refundacin de un Estado comporta siempre un elemento simblico fundamental. Pero tambin cortarle la cabeza al Rey de Francia comporta un fuerte elemento simblico y, sin embargo, es uno de esos acontecimientos que cambian la Historia de la Humanidad de una vez para siempre. En Venezuela se dio muerte a la IV Repblica. Es verdad que transformar el ordenamiento jurdico y cambiar las reglas del juego no significa todava, ni mucho menos, ganar la partida. Pero la realidad tambin se construye con smbolos que imponen potentes efectos que hay que saber detectar.

La muerte de la IV Repblica pudo ser en parte simblica, ya que el aparato del Estado y el sistema completo de la Administracin pblica se mantuvo (y en gran medida se mantiene todava) petrificado. Pero la explosin de entusiasmo con el que millones de excluidos accedieron a la condicin ciudadana supuso uno de esos acontecimientos que la Humanidad ya no puede olvidar (y, como deca Kant de la Revolucin Francesa, como mnimo en ese sentido, no tienen vuelta atrs en la Historia). El proceso constituyente por el que millones de olvidados y marginados accedieron a la condicin ciudadana supuso una impresionante explosin de dignidad cuyos efectos reales, sin duda, llama la atencin que se le hayan pasado por alto a Saint Upry.

Resulta difcil imaginarse desde la izquierda intelectual Europea la autntica revolucin que supone el acceso a la participacin poltica de millones de personas que, hasta el momento, haban permanecido en un estatuto infra-cilvil. Es un fenmeno frecuente en el primer mundo colocarse al margen de la poltica: la desconfianza hacia la actividad de los partidos, la farsa de la vida parlamentaria o el tedio ante las citas electorales (cuando no meras posturas estticas) hacen a muchos ciudadanos sentirse al margen de esos asuntos. Sin embargo, ste es un fenmeno completamente distinto: para miles de personas en Europa, la vida poltica carece de dignidad suficiente para justificar su propia implicacin en ella. En la IV Repblica, miles de personas se sentan en cierto modo indignos de participar en los asuntos pblicos.

Las lites que se rotaban el poder entre s parecan haber ganado una gran batalla ideolgica: la poltica era un asunto de licenciados y doctores, no de ignorantes, negros, indios, analfabetos, desarrapados y desdentados. La oligarqua caraquea contemplaba los cerros de chabolas que rodean la ciudad nada ms que como una amenaza de la que haba que protegerse. Algo as como una enorme plaga de insectos alrededor que se cerna como una amenaza permanente; un peligro que amenazaba como una marabunta, como una masa informe que lo poda arrasar todo a su paso. As se percibi el Caracazo en 1989 y, por lo tanto, se llam al ejrcito como el que llama a unos fumigadores.

Lo que nadie esperaba es que esa amenaza pudiera dotarse de una forma de expresin poltica. Y quienes menos lo esperaban eran los propios excluidos. Vctimas tambin de las representaciones ideolgicas de las lites, haban asumido como propia su condicin infra-civil.

Lo primero que trajo la revolucin fue una autntica reconquista de la dignidad ciudadana. Todo el mundo pas a formar parte del cuerpo civil que se involucra en los asuntos pblicos, que confronta posiciones ideolgicas, que discute sobre las leyes y que participa, de pleno derecho, en la vida poltica del pas. El ltimo harapiento del ltimo rincn de un cerro, asumiendo la participacin y el protagonismo que le reconoca la Constitucin, adopt una posicin poltica contraria, por ejemplo, a la del magnate Gustavo Cisneros. Pero eso de adoptar posiciones polticas contrarias presupona ya la conquista de un cierto plano de igualdad en que las posiciones polticas se confrontan. Esa construccin del espacio poltico del que nadie estaba excluido supuso ya por s solo una autntica revolucin. La frmula democracia participativa y protagnica, infinita y orgullosamente repetida por todos los sectores populares tanto tiempo humillados, no hace ms que referirse a ese elemento clave de la revolucin.

Y no fue fcil: no slo hubo que comenzar por censar a millones de personas que, hasta entonces, haban carecido de existencia civil incluso desde un punto de vista puramente formal. Tambin hubo que vencer la reaccin violenta de esas oligarquas que no estaban dispuestas a que esa masa de harapientos, desdentados e ignorantes comenzase de repente a tratarles como iguales. Su incorporacin a la actividad poltica, encabezada por el propio Chvez (ese mestizo de origen popular), la sintieron como una invasin de su cortijo privado.

Si hay algo que las clases privilegiadas no podan soportar era la arrogante pretensin de permitir que la masa informe de los excluidos se incorporase a la vida poltica del pas en un plano de igualdad. Ese peculiar Tercer estado que atesta los cerros hizo saltar en pedazos los privilegios simblicos que les excluan de la vida civil.

No hace falta ser un prodigio de sensibilidad republicana para llamar a esto una autntica Revolucin. Y esto, al parecer, lo ha entendido la oligarqua caraquea con ms agudeza que Saint Upry. La campaa de acoso y derribo ha sido sistemtica desde todos los frentes. El golpe de Estado de abril de 2002 fue el acontecimiento ms visible de ese ataque sostenido, pero desde entonces ha habido pocos momentos de tregua.

Y lo cierto es que para entender la violenta reaccin de las clases privilegiadas hay que apelar a un elemento racista y clasista por el que les resulta intolerable la inclusin popular y la participacin poltica de los sectores excluidos. Porque, en efecto, es verdad que en trminos relativos de distribucin de la renta podra haber habido cambios ms profundos; es verdad que podra haberse emprendido una reforma fiscal ms ambiciosa; es verdad que podra haberse avanzado ms en el cambio de las estructuras productivas; es verdad que durante estos diez aos el empresariado nacional ha logrado hacer negocios realmente fabulosos amparados por la accin de gobierno y por las medidas a favor de la soberana nacional. Desde una perspectiva ingenuamente de izquierdas (incapaz de computar ms variable que la de los ingresos en trminos monetarios), es imposible entender la furia de la respuesta de la oposicin. No les ha ido tan mal en los negocios. Y sin embargo, hay desde el principio algo que no logran soportar y que depende de una estructura racista y, ms que clasista, estamental, que la revolucin ha hecho saltar por los aires.

Lo que imaginaban como una masa informe se ha articulado como una fuerza poltica capaz de detener un golpe de Estado; de responder a constantes ataques; de organizarse en sus comunidades y de ejercer el poder (a travs por ejemplo de herramientas como las que les otorgan la Ley de Consejos Comunales). Una organizacin popular que no firma cheques en blanco ni siquiera al lder que encabeza el proceso. Por ejemplo, la propuesta de reforma constitucional de 2007 no lleg a convencer y, por lo tanto, fue rechazada (por mucho que el propio Presidente se implicase en su defensa). La revolucin quera una ciudadana crtica y aqu la tiene. Del mismo modo, la psima gestin de algunos gobernadores y alcaldes del Proceso fue castigada en las elecciones de noviembre de 2008. Se haba dejado de querer al Presidente? Raro hubiera sido, en ese caso, que poco despus se aprobase en referndum su posibilidad de reeleccin con el 54,85% de los votos. Del mismo modo, teniendo en cuenta que la Asamblea Nacional lleva un retraso de un decenio en la aprobacin de ciertas leyes fundamentales (como la Ley Orgnica del Trabajo y las relativas a la articulacin del sistema Seguridad Social) no sera raro que algunos asamblestas no vayan a ser premiados en las elecciones legislativas de 2010.

El pueblo ha irrumpido en la vida poltica y esto ha provocado el entusiasmo de la izquierda (con la excepcin quiz de Sait Upry) y la indignacin de la derecha. El poder est en sus manos. Ha costado mucho tomar el poder despus de alcanzar el gobierno. Naomi Klein recuerda que, durante los primeros aos del gobierno de Nelson Mandela, se sola comentar: "Eh, tenemos el Estado! Dnde est el poder?". En Venezuela ha sido necesario desactivar a las fuerzas golpistas y construir la organizacin popular capaz de afrontar las reformas. Despus de 10 aos de gobierno s cabe decir razonablemente que ya se tienen en la mano los resortes del poder. Pero ahora est todo por hacer. Bueno, todo? Todo, no. Entretanto se ha reducido la pobreza del 20,3% al 9,5% y la desigualdad entre ricos y pobres disminuy en un 13,7%. Se garantiza una pensin mnima de jubilacin y se ha universalizado el acceso a la salud. De verdad me gustara ver a Saint Upry explicndole a una madre de barrio que, aunque sus hijos se murieran antes (y ahora no) de una simple diarrea por no tener un medico cerca, en realidad hay que admitir que aqu no ha cambiado nada. Algo parecido ocurre con la educacin. La ignorancia humilla a quien sufre esa condena. En Venezuela no slo se ha erradicado el analfabetismo (segn declar la UNESCO en 2005) sino que, en realidad, Venezuela entera se ha ido convertido progresivamente en una gigantesca escuela: en 2001 haba 6,9 millones de estudiantes matriculados; en 2002 se alcanz la cifra de 9,5. En 2004 se paso a 11,3 millones de personas en las aulas; cifra que creci a 11,8 millones en 2005 y a 12,1 en 2006. En 2007, haba ya 12,7 millones y hoy nos encontramos ante un pas en el que ms de la mitad de sus 26 millones de habitantes estn en las aulas!

La verdad es que, personalmente, no se nos ocurren ideas mucho ms originales para hacer una revolucin que garantizar con alcance universal las condiciones de subsistencia y salud; abrir los espacios de participacin poltica generalizada (a travs de iniciativas tan exitosas como los Consejos Comunales) y facilitar el acceso masivo a las aulas. Quiz no se nos ocurren mejores ideas porque carecemos casi por completo de imaginacin. Pero es seguro que al pueblo venezolano s se le ocurrirn nuevas iniciativas para desarrollar el proyecto socialista. Y, desde luego, Saint Upry puede estar seguro de que cualquier propuesta concreta que pueda ayudar a avanzar, por poco que sea, ser recibida con calor y agradecimiento. Sin embargo, tampoco debera sorprenderse si desde Venezuela se reciben con poco entusiasmo las medidas concretas que l propone. Porque, en definitiva, su propuesta ms concreta es precisamente la de que hagamos propuestas concretas, lo que es una propuesta tan abstracta como la del socialismo del siglo XXI de la que tanto se burla. Bueno, tambin nos hace estas otras propuestas: "la emergencia paralela de nuevas configuraciones de incentivos econmicos y morales y de nuevos diseos institucionales arraigados en prcticas organizativas y materiales sustentables"; "lo que s puede hacer la poltica bajo la influencia de las luchas de masas es aumentar el grado de control de la sociedad sobre s misma y evitarnos un retroceso por debajo de un umbral civilizatorio que sera un obstculo para cualquier transicin poscapitalista que no sea hacia la barbarie"; "fomentar y apoyar cualquier esquema de redistribucin de la riqueza a mediano y largo plazo que sea econmicamente sustentable, institucionalmente bien diseado y que no descanse slo en las ilusiones milagreras del modelo rentista-extractivista"; "seguir el esfuerzo de combatir cualquier forma de racismo o discriminacin y descolonizar el imaginario y las instituciones para superar 500 aos de subalternidad mental y material"; "profundizar la integracin continental y estimular un papel internacional proactivo de Sudamrica como bloque, con propuestas no slo simblicas sino prcticas, es decir creadoras de coaliciones eficientes y consensos alternativos, que persigan reformar la arquitectura institucional y las normas de las relaciones polticas y econmicas internacionales". Todas las propuestas expresan pos deseos no menos abstractos que pedir justicia, bondad, belleza, valenta, fortaleza y templanza. Si hay alguna de las propuestas que nos suena, en efecto, a algo ms concreto (por ejemplo la ltima) quiz sea precisamente porque Chvez ya ha creado el ALBA, el Banco del Sur, Petrocaribe, el SUCRE, etc. (aunque Saint pery se olvide cuidadosamente de recordarlo).

No es difcil comprender la diferencia que media entre detectar un problema y dar con su solucin. Basta, por ejemplo, que a uno se le estropee la lavadora para saber que no es suficiente con aseverar de modo grandilocuente que sera recomendable adoptar las medidas necesarias para conseguir que vuelva a funcionar. Son recomendables "prcticas organizativas y materiales sustentables? Conviene aumentar el grado de control de la sociedad sobre s misma? Se debe impulsar la redistribucin de la riqueza? Es recomendable combatir cualquier forma de racismo o discriminacin? La larga lista de medidas concretas adoptadas en los ltimos diez aos para cada uno de los puntos permite razonablemente sospechar que la preocupacin al respecto existe incluso antes de la iluminacin de Saint Upry. Es cierto que algunas medidas han dado mejor resultado que otras e incluso que algunas han fracasado o se han estancado. Pero si queremos de verdad practicar una solidaridad activa con los procesos de transformacin (sin fetichizarlos) no podemos limitarnos a descubrir el Mediterrneo sealando ampulosamente los problemas a los que todas y cada una de las medidas adoptadas han intentado dar solucin (con mayor o menor xito). Quedan miles de problemas pendientes. Y es fundamental que no se detenga la literatura pero, por favor, que alguien llame mientras tanto al tcnico.

1. Ver por ejemplo la entrevista concedida a a Article XI el 22 de octubre con el ttulo Pratiquer une solidarit active avec certains processus de transformation sans les ftichiser: http://www.article11.info/spip/spip.php?article583

Rebelin ha publicado este artculo a peticin expresa de los autores, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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