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(el Pueblo quiere la paz)
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 05-12-2009

Una aportacin al debate ideolgico y poltico
Democracia y socialismo para Euskal Herria

Santi Ramirez
Rebelin


1.- El contexto.

En el Estado espaol estn aflorando todas las contradicciones. Los dos ltimos meses han sido especialmente agitados. En el Sur de Euskal Herria se est acentuando la represin contra el sector mayoritario de la izquierda abertzale, y se han producido numerosas detenciones, incluso cuando aquella haba iniciado un proceso de reflexin y debate que podra llevarla a dar un importante giro estratgico. Al mismo tiempo, crece la movilizacin popular contra la represin y en demanda de una mayor democracia. En poco ms de un mes han tenido lugar dos imponentes manifestaciones, una en Donostia (17-10) y la otra en Bilbao (28-11), y cada vez son ms las voces que se alzan reclamando la unidad de accin abertzale.

Por si fuera poco, el pueblo cataln cierra filas ante la ms que previsible sentencia del Tribunal Constitucional que podra recortar considerablemente el Estatut, despus de que este haba sido aprobado por el Parlamento autnomo y tambin por el espaol (donde ya sufri numerosos recortes) y, posteriormente, refrendado mayoritariamente en las urnas.

Todo esto tiene lugar en el contexto de una profunda crisis econmica que ha puesto en evidencia la debilidad estructural del capitalismo espaol, cuyo carcter parasitario y especulativo, ha quedado sobradamente demostrado al haber puesto en pie una economa tan endeble (basada principalmente en la construccin y en la especulacin inmobiliaria, as como en el turismo), con una tasa de paro el doble de la existente en la zona euro y que difcilmente se recuperar, a pesar de las inyecciones multimillonarias dadas por el Estado espaol al sector financiero.

Un Estado que, ante la notoria debilidad de la clase dominante y su creciente prdida de influencia internacional, tanto en la UE como en el resto del mundo, no duda en impulsar un proceso de involucin democrtica y de centralizacin poltica en el plano interior, mientras refuerza sus rasgos militaristas y se embarca en aventuras blicas en otros pases, tratando quiz de congratularse as con sus amos los imperialistas yanquis.

En este contexto, una vez ms, se manifiesta con toda claridad que el llamado problema vasco constituye el taln de Aquiles, el punto ms vulnerable o, por decirlo de otro modo, el eslabn ms dbil, del capital financiero espaol y de su Estado. La situacin social y poltica existente en el Sur de Euskal Herria, encierra una enorme potencialidad revolucionaria, tanto si la consideramos en relacin con el Estado espaol como si lo hacemos con en el conjunto de la Europa occidental, en cuyo mbito nos encontramos. La clase dominante espaola lo sabe, y tambin es consciente de ello la burocracia de la UE, construida en base a los intereses comunes del capital financiero de los distintos pases.

Y es precisamente en este contexto de crisis social, econmica y poltica, en el que se sita la detencin, el pasado 13 de Octubre, de diez destacados miembros de la izquierda abertzale, entre los que se encontraban Arnaldo Otegi y Rafa Diez, bajo el pretexto de que, siguiendo instrucciones de ETA, estaran tratando de reorganizar la Mesa Nacional de la ilegalizada Batasuna, responde a un intento del Estado espaol de abortar el debate interno en dicha formacin, ante el temor de que su desarrollo pueda propiciar un importante giro poltico que le permita recuperar la iniciativa y constituirse en el principal polo de referencia para la creacin de un amplio bloque abertzale.

En Octubre de 2009, la citada formacin someti a su militancia un Documento para debate, titulado Clarificando la fase poltica y la estrategia. Este documento ya ha sido objeto de comentarios en algunos peridicos y su versin completa, en euskara y castellano, ha aparecido colgada en varias pginas web de Internet. Por ello, dicho documento ha pasado a ser de dominio pblico.

2.- Un debate necesario.

Aunque se trata de un debate interno, para cuyo desarrollo cabe suponer que Batasuna habr establecido los cauces y los marcos que haya considerado adecuados, tambin hay que decir que la relevancia de algunas de las cuestiones que se plantean en el citado documento trasciende los propios lmites orgnicos de esa formacin y afecta al conjunto de la izquierda abertzale. Hay que tener en cuenta que aunque Batasuna se proclama como la izquierda abertzale por antonomasia, sta constituye un amplio y heterogneo movimiento popular del que dicha formacin tan slo es una parte, aunque sea la ms importante.

Por esa misma razn, me atrevo a afirmar que el debate se extender a sectores ms amplios que los delimitados por las propias estructuras de Batasuna y que, por otra parte, es muy probable que se prolongue en el tiempo ms all de lo que pueda durar el debate interno de la formacin abertzale.

De hecho, este debate ya ha comenzado en algunos foros de Internet aunque, tambin hay que decirlo, creo que ese no es el medio ms adecuado porque algunos temas son lo suficientemente complejos como para debatirlos en la red ya que esta no permite discutirlos con la profundidad que requieren y lo nico que favorece es que se les de un tratamiento trivial y simplista.

Por otra parte, el sindicato LAB invit, el pasado 10 de Noviembre, a todos sus afiliados y simpatizantes a participar en un amplio debate "sin lmites, injerencias ni ningn tipo de violencia" que va a impulsar dicho sindicato durante los prximos meses y llama a los trabajadores a redoblar esfuerzos por el cambio poltico.

Estas son algunas de las razones que me han llevado a elaborar este trabajo, con la intencin de contribuir, en la medida de lo posible, a ese amplio debate que ya se est iniciando, en el seno de la sociedad vasca. Al mismo tiempo, quiero dejar bien claro que no albergo la menor intencin de inmiscuirme o de interferir en el que est llevando a cabo Batasuna, que tiene un carcter interno y que, precisamente por ello, creo que todos debemos respetar.

Para hacernos una mejor idea de la nueva situacin que se est creando y que hace ms imperioso an si cabe ese debate ideolgico y poltico, tambin debemos tener en cuenta que el pasado 14 de Noviembre, un grupo de destacados miembros de la izquierda abertzale, reunido en Alsasua, present un documento titulado Un primer paso para el Proceso Democrtico: Principios y voluntad de la izquierda abertzale, en el que se incluan algunos importantes aspectos polticos. Por otra parte, el 21 de Noviembre, EA tambin hizo pblico un documento sobre la unidad de accin abertzale, que era resultado de un debate realizado en dicho partido. 

3.- El proceso poltico.

La lucha por la liberacin nacional y la transformacin social son dos aspectos inseparables de un mismo proceso. A ste, unos lo califican de cambio poltico y otros lo llamamos Revolucin Vasca. El nombre no es lo importante, pero s que lo es el contenido.

En algunos sectores de la izquierda abertzale existe la tendencia a separar ambos aspectos del proceso y a priorizar el primero sobre el segundo, sin tener en cuenta la interrelacin y la interdependencia que existe entre uno y otro. Otros, por el contrario, no tienen en cuenta las condiciones en que se desarrolla el propio proceso, ni la complejidad del mismo, y en consecuencia piensan que cada uno de sus dos aspectos va a tener una misma evolucin. En mi opinin, ambas posiciones son errneas. Veamos porqu.

En primer lugar, debemos tener en cuenta que aunque fusemos plenamente independientes pero con un Estado burgus, no tendramos ninguna garanta de que ms pronto o ms tarde, la clase dominante, la que tuviera el poder econmico y poltico en Euskal Herria, no acabase subordinndose, de una u otra forma, a cualquiera de las diversas potencias imperialistas, ya fuesen los EEUU o la Unin Europea. En ese caso, seramos una nacin formalmente independiente pero, de hecho, nos encontraramos de nuevo en una situacin de dependencia respecto a una u otra potencia imperialista. Por eso, no podemos dar por finalizado el proceso de liberacin nacional mientras Euskal Herria no disponga de un Estado socialista.

En segundo lugar, la interrelacin de una serie de factores (econmicos, histricos, sociales, polticos, culturales, psicolgicos, etc.) hacen que Euskal Herria pueda ser considerada como una realidad socioeconmica diferenciada. Es decir que, al menos su parte sur, constituye una formacin social autnoma, con unos rasgos tan acusados que la distinguen, como mbito particular y especfico, de la formacin social espaola, en la que se inserta.

Si tenemos en cuenta que la nacin es un mbito en el que se producen y reproducen tanto el capital como la fuerza de trabajo, en el que se producen y reproducen las fuerzas productivas y las relaciones de produccin, y que tambin es un mbito en el que se producen y reproducen las clases y la lucha de clases, podremos entender que la actitud hacia el hecho nacional depender, en ltima instancia, del lugar que ocupemos en el proceso de produccin y, en definitiva de la clase social a la que pertenezcamos.  

Esto nos permite llegar a la conclusin de que aunque la burguesa vasca y el pueblo trabajador puedan tener ciertos intereses comunes, desde un punto de vista nacional, sin embargo no pueden compartir un mismo proyecto poltico, porque este no es sino un reflejo de los distintos intereses de clase.

Por otra parte, tambin hay que tener en cuenta que en el Sur de Euskal Herria se desarrollan las contradicciones propias de toda formacin social capitalista y que adems surgen otras nuevas que se entrelazan con aquellas, las agudizan y les confieren una especial crudeza, lo que hace que la realidad social vasca se configure como un marco autnomo de la lucha de clases.

Esas condiciones concretas, surgidas como consecuencia del desarrollo desigual del capitalismo, permiten que el Pueblo Trabajador Vasco, con la clase obrera a la cabeza, pueda impulsar un proyecto nacional propio (diferente del de la burguesa vasca) orientado hacia la creacin de un Estado Socialista Vasco.

Todo lo cual explica la unicidad del proceso poltico, es decir la interrelacin y la interdependencia de sus dos aspectos, el democrtico-nacional y el socialista. Pero, esa caracterstica no implica que, necesariamente, el proceso haya de tener simultaneidad, o lo que es lo mismo que ambos aspectos se vayan a desarrollar de forma sincronizada. Hay varios factores que nos hacen llegar a esta conclusin.

Primero. El desarrollo desigual de las distintas formas de conciencia social. Es evidente que, en determinadas condiciones, sobre todo despus de la cada del llamado socialismo real y el consiguiente desarme ideolgico que ha conllevado, la conciencia nacional se desarrolla a un ritmo ms rpido que la conciencia de clase. Una prueba evidente de ello es el peso que tiene el nacionalismo radical, en comparacin con el marxismo revolucionario, en el seno de la izquierda abertzale.

Por otra parte, el propio desarrollo de la conciencia nacional, tambin es muy desigual de unos territorios a otros de Euskal Herria. Es superior en Gipuzkoa y Bizkaia que en Araba y Navarra; y en Hegoalde que en Iparralde. Y, dentro de cada territorio, tambin es diferente de unos eskualdes a otros. Lamentablemente, la nacin vasca es todava un proyecto inacabado, en construccin. Somos ms una realidad histrica y cultural que una comunidad poltica. Adems, Euskal Herria se encuentra realmente invertebrada, al estar dividida entre dos Estados, el espaol y el francs, y separada en tres mbitos poltico-administrativos distintos.

Segundo. La labor homogeneizadora y uniformizadora que estn llevando a cabo UPN desde el gobierno de Navarra y el PSOE, desde su llegada al gobierno de Gasteiz, empeados ambos en desmantelar y en deshacer los pequeos avances que, con grandes esfuerzos, se haba logrado realizar en el proceso de construccin nacional, de tal forma que nuestra identidad como pueblo quede cada da ms difuminada y seamos definitivamente integrados en la nacin espaola. Parece que la iglesia, como aparato ideolgico, tambin va a participar de este esfuerzo uniformizador. Si no, a que otra razn obedecera el nombramiento, por el Vaticano, de Jose Ignacio Munilla como obispo para la dicesis de Gipuzkoa?

Por eso, se puede entender que en un proceso tan dilatado y complejo como el que se nos presenta, pueda haber periodos durante los cuales el desarrollo de sus dos aspectos, el democrtico nacional y el socialista, pueda ir desacompasado. De hecho, en la situacin actual, cabe la posibilidad de que se pueda avanzar ms rpido en el terreno democrtico-nacional, y no debemos desaprovechar esa oportunidad porque, a la larga, dicho avance podr repercutir favorablemente en el desarrollo del otro aspecto del proceso. En este sentido, conviene tener claro que ambos aspectos del proceso poltico tienen autonoma propia y, en torno a cada uno de ellos, se pueden definir objetivos especficos y establecer, en cada caso, los compromisos y las alianzas ms adecuadas.

Ante toda la multiplicidad de factores que debemos tener en cuenta al abordar el proceso poltico vasco, no caben ni las posturas esquemticas, ni las ambiguas. Las primeras, suelen ser producto de la rigidez dogmtica y las segundas del oportunismo.

4.- El marco democrtico.

Desde la izquierda abertzale se ha planteado, en innumerables ocasiones, que la sociedad vasca precisa de un nuevo marco democrtico en el que se reconozca el derecho del pueblo vasco a decidir sobre su futuro, es decir el Derecho de Autodeterminacin. Y que en dicho contexto, todas las opciones polticas, incluida la independentista, sean igualmente vlidas y tengan la misma oportunidad de ser llevadas a la prctica.

Sin embargo, el contenido poltico de ese nuevo marco se suele circunscribir nicamente al aspecto nacional, sin tener en cuenta que la profundizacin y la extensin de la democracia son factores que tambin van indisolublemente unidos a la lucha por el socialismo. Es sabido que en la fase imperialista del capitalismo, ste entra en abierta contradiccin con la democracia, la restringe y tiende a la reaccin poltica. Una prueba de ello es la involucin hacia el autoritarismo que estn experimentando los sistemas polticos democrtico burgueses en todos los pases capitalistas desarrollados, incluidos los de Europa occidental. Por ello, es evidente que la lucha por un nuevo marco democrtico debe contemplarse tambin desde la perspectiva de la lucha por el socialismo, en el sentido de que debe contribuir a favorecerla.

Por supuesto que todas las fuerzas polticas y sociales que podran participar en la lucha por un nuevo marco democrtico, no sern plenamente conscientes de lo que su conquista puede suponer de cara a la transformacin socialista en Euskal Herria y hasta es probable que algunas de ellas no la deseen. De ah la necesidad de impulsar una fuerte corriente revolucionaria en el seno del movimiento democrtico vasco.

5.- Objetivos tcticos y estratgicos.

Los objetivos estratgicos son los fines hacia los que se dirige nuestra actividad. Son aquellos que tienen un carcter principal, que son fundamentales, y slo se pueden alcanzar a largo plazo. Los objetivos tcticos son aquellos que tienen un carcter secundario, en relacin con los objetivos estratgicos y se pueden alcanzar a corto o medio plazo. En s mismos no revisten una gran importancia, pero nos pueden ayudar a alcanzar los objetivos fundamentales. Slo se les puede considerar en relacin con estos ltimos. El Estado Socialista Vasco es un objetivo estratgico para la clase obrera y el pueblo trabajador.

Los objetivos tcticos a medio plazo, tambin se pueden considerar como estratgicos, en relacin con los objetivos tcticos a corto plazo. Tambin los podemos llamar objetivos estratgicos parciales. Al mismo tiempo, estos tienen un carcter tctico respecto a los objetivos estratgicos principales o fundamentales.

En cierta ocasin, para ilustrar las dificultades con que tropezaramos en la lucha por el socialismo, Lenin la comparaba con el ascenso a una montaa y afirmaba que, para llegar a alcanzar la cumbre, muchas veces nos veramos obligados a desandar el camino recorrido, a volver sobre nuestros propios pasos y a intentarlo de nuevo por otro lado, a dar un rodeo, hasta que finalmente nuestro esfuerzo se viese coronado por el xito.

Creo que este un smil suficientemente aclaratorio. Por ello, y en relacin con l, se nos plantea la cuestin de si resultara conveniente, en determinados casos y ante la altura de la montaa a la que pretendemos ascender, el disponer de un campamento base, que est situado relativamente cerca de la cumbre, y desde el que podamos atacar sta con un menor esfuerzo y riesgo.

Si en lugar de emplear un smil montaero ussemos otro de tipo militar podramos decir, por ejemplo, que un ejrcito que pretendiese controlar un nudo de comunicaciones o una zona de vital inters por su produccin de determinadas materias primas, tal vez necesitase disponer de una posicin avanzada que le facilitase el ataque y su conquista.

En ambos casos, estaramos hablando de la necesidad de seguir una tctica de aproximacin para situarse mejor de cara a conseguir el objetivo principal. Ese campamento base o esa posicin avanzada constituiran, a su vez, cada uno de ellos, un objetivo estratgico parcial o intermedio, en relacin con el objetivo estratgico principal.

La lucha por la consecucin de objetivos estratgicos parciales, no est en contradiccin con la lucha por los objetivos estratgicos fundamentales y, sin embargo, nos puede colocar en una mejor posicin para alcanzarlos. En la situacin concreta de Euskal Herria podramos hablar, por ejemplo, de un marco autonmico amplio, para los cuatro territorios de Hegoalde.

La consecucin de un objetivo intermedio permitira consolidar fuerzas, avanzar en la construccin nacional, reforzar nuestra identidad como pueblo, disponer de nuevos instrumentos poltico-administrativos, dar mayor consistencia a la formacin econmico social vasca, crear nuevas formas de organizacin y participacin popular, impulsar la movilizacin de masas, etc. Todo lo cual favorecera, sin duda alguna, la lucha por el socialismo.

No podemos olvidar que el logro de este objetivo debe situarse en relacin con la conquista de un nuevo marco democrtico en el que el Estado espaol y el francs reconozcan a Euskal Herria el Derecho de Autodeterminacin, es decir su plena capacidad para decidir libremente sobre su futuro, sin ingerencias externas de ningn tipo.

Hoy da, el reconocimiento de este derecho no resulta una cosa impensable en los propios pases capitalistas desarrollados (imperialistas). Tenemos dos ejemplos concretos muy recientes en el seno de la UE.. Por una parte, el 21 de Junio entr en vigor el nuevo Estatuto de autonoma de Groenlandia, que haba sido aprobado el ao anterior, y en el que se reconoce su derecho a la autodeterminacin. Por otra, el pasado mes de Septiembre, el gobierno autnomo escocs anunci la celebracin de un referndum de autodeterminacin para 2010, en el que se podra plantear la posible independencia de Escocia.

En lo que respecta a Iparralde, hay que tener en cuenta que las diferentes condiciones (histricas, polticas, sociales, econmicas, culturales, etc.) que existen all con relacin a Hegoalde, configuran distintas realidades sociales y dificultan la articulacin de los procesos polticos en ambas zonas de Euskal Herria. Pero, a pesar de la disimilitud que haya entre ellas, es necesario tener una visin de conjunto, una perspectiva nacional, que permita disear estrategias especficas, adecuadas a cada una de esas realidades y, al mismo tiempo, coherentes entre s. Es lo que conocemos como desarrollo desigual y combinado de los procesos sociales y polticos.

Teniendo en cuenta todos estos aspectos, cabe pensar que en Iparralde tambin se podra impulsar un proceso poltico con unos objetivos tctico/estratgicos especficos. Por ejemplo, la consecucin de un Departamento Vasco o el logro de una autonoma poltica para Lapurdi, Nafarroa Behera y Zuberoa, podra favorecer la consolidacin de su carcter nacional. Por otra parte, la creacin de una eurorregin vasca, de la que pudieran formar parte los siete territorios, en el marco de la UE, tambin podra contribuir a estrechar los lazos de todo tipo entre el Norte y el Sur de Euskal Herria, en definitiva a vertebrar el pas.

6.- Las alianzas.

La conquista de un nuevo marco democrtico requiere una amplia movilizacin popular, para impulsar la cual es imprescindible agrupar al mayor nmero de fuerzas polticas y sindicales, movimientos sociales, etc. A este agrupamiento, algunos lo denominan polo soberanista, independentista, o confluencia abertzale. Yo prefiero llamarlo bloque democrtico nacional. En cualquier caso, todos sabemos la importancia que la izquierda abertzale puede tener en su configuracin.

Por eso, el Estado espaol teme verdaderamente que sta supere la actual situacin de asfixia a que la est sometiendo la oleada represiva, se reorganice en base a unos nuevos planteamientos estratgicos y recupere su plena capacidad poltica, tal como proponan Arnaldo Otegi y sus compaeros en la carta enviada el 25 de Octubre desde la prisin de Estremera. Por eso est redoblando sus esfuerzos para hacerla desaparecer del mapa poltico de Euskal Herria.

Indudablemente, ese agrupamiento de fuerzas estar sustentado en algn tipo de pacto o de acuerdo al que, en principio, a pesar de los riesgos que conlleva, no nos podemos oponer. Todos sabemos que los partidos polticos, entre otras cosas, son la expresin de unos intereses, sociales, econmicos y polticos (de una determinada clase, aunque tambin lo pueden ser de un sector social o de una fraccin de clase). En el espectro poltico vasco, entre las propias fuerzas nacionalistas, tambin hay partidos que representan, y defienden, los intereses objetivos de la burguesa o de la pequea burguesa vasca. Pero, hoy por hoy, no existe ningn partido que defienda los intereses especficos de la clase obrera vasca. Me refiero a sus intereses objetivos estratgicos o fundamentales y no a sus intereses inmediatos.

El proceso poltico vasco tiene un carcter ambivalente (democrtico-nacional y socialista), que le hace indito. De ah que, por una parte, para avanzar hacia la conquista de un nuevo marco democrtico, que incluya el reconocimiento del derecho de autodeterminacin, ser necesario efectuar compromisos y establecer alianzas entre la clase obrera y diversos sectores y capas de la burguesa vasca. Pero, por otra, para la lucha por el socialismo, no se podr contar con los mismos aliados. Ello implica que a travs del proceso irn surgiendo diversos tipos de contradicciones que habr que resolver correctamente.

Incluso, de cara a la consecucin del propio marco democrtico, tambin habr que desarrollar alianzas de diversos tipos (asimtricas), es decir que no tendrn el mismo carcter las que se establezcan entre el sector mayoritario de la izquierda abertzale y EA o Aralar que las que se hagan con el PNV. No solamente por las diferentes posturas polticas, que mantienen unos y otros, sobre la cuestin nacional (independentista o autonomista), sino por los distintos intereses de clase que unos y otros representan.

Por eso, aunque son justos los recelos surgidos en algunos sectores de la izquierda abertzale, sobre un posible acuerdo entre sta y el PNV, teniendo en cuenta el carcter tmido y vacilante de ste, que le hace proclive a los pactos con el Estado; no hay que tener miedo a ello, siempre que se tenga claro qu es lo que representa cada uno, y cuales son el alcance y las limitaciones de dicho acuerdo.

Por otra parte, hay que tener muy en cuenta que en una situacin concreta como la que se nos presenta, que presumo va a ser bastante compleja, el proletariado vasco an se encuentra sin un instrumento organizativo que le permita defender su propio proyecto poltico, lo que le coloca a la zaga de otras clases sociales y de sus respectivas fuerzas polticas.

Tambin existe el riesgo de que el bloque democrtico nacional llegue a convertirse en un mero pacto electoral. De ah la necesidad de que, al mismo tiempo que se puedan establecer acuerdos por arriba entre las distintas fuerzas polticas y sindicales, movimientos sociales, etc., se construya una base popular, una amplia red de organismos unitarios, en pueblos, barrios y ciudades, con la suficiente capacidad para impulsar una fuerte movilizacin social. La carencia de esta base fue una de las causas del fracaso del Acuerdo de Lizarra.

Al mismo tiempo, la izquierda abertzale tendra que recuperar su carcter integrador, impulsando un proceso dirigido a reagrupar a las distintas corrientes y sensibilidades, algunas de ellas hoy bastante distanciadas entre s, reforzando as su carcter plural, en base a unos planteamientos unitarios y democrticos.

La recomposicin de la izquierda abertzale y la formacin del bloque democrtico nacional, as como la movilizacin popular que ste llegase a impulsar, no tendran que estar subordinadas, en ningn momento, al desarrollo de una posible negociacin que pudiera entablarse entre Batasuna y el gobierno espaol.

7.- La negociacin.

Este es un tema sobre el que el sector mayoritario de la izquierda abertzale viene insistiendo y reclamando del Estado espaol desde hace muchos aos. Pero la experiencia histrica de aquellos procesos de lucha poltica habidos tanto en Amrica Latina (El Salvador y Guatemala), como en Oriente Medio (Palestina), en Europa (Irlanda del Norte) y ms recientemente en Asia (Nepal) que han acabado en una mesa de negociaciones, no induce mucho al optimismo. Lo cierto es que, en ltima instancia, la mayora de esas negociaciones han resultado ms favorables a las clases dominantes y al imperialismo que a las clases populares. Aunque, cabra citar la nica excepcin de Sudfrica.

En la mayora de esas negociaciones, las fuerzas democrticas, progresistas y revolucionarias, han acabado renunciando a aspectos sustanciales de sus objetivos y el movimiento popular ha llegado a ser desactivado, si no totalmente, al menos de forma significativa y, por si fuera poco, la aplicacin de los acuerdos alcanzados se ha ido dilatando cada vez ms en el tiempo.

Tambin hay que tener en cuenta que en todos estos casos se mezclaron aspectos polticos y sociales con otros, especficamente militares, derivados del propio carcter violento del conflicto. Y, si consideramos el problema de las negociaciones desde el punto de vista de estos ltimos, veremos que, tambin en todos los casos, una de las partes haba llegado previamente a la conclusin de la imposibilidad de derrotar militarmente a la otra, debido a lo cual, se encontraba en una posicin psicolgica de inferioridad, en la que ya haba asumido su derrota estratgica, aunque no lo hubiese exteriorizado.

En algunas ocasiones se ha buscado la negociacin como una salida digna en lugar de haber procedido a un cambio de tctica, una vez comprobado que con la seguida hasta ese momento no se obtenan los resultados esperados y que la persistencia en la utilizacin de los mismos mtodos era motivo de un desgaste continuado que les alejaba cada vez ms del objetivo principal. As se ha llegado a contemplar la propia negociacin como si se tratase de un autntico objetivo estratgico, desvirtuando por completo los planteamientos originales.

Volviendo a nuestro caso, el de la realidad social y poltica vasca, todo parece indicar que en el seno del sector mayoritario de la izquierda abertzale se ha ido abriendo paso, cada vez con ms fuerza, la idea de que la actividad armada de ETA ya no tiene los mismos efectos que hace unas dcadas y que, en la situacin actual, lejos de favorecer la acumulacin de fuerzas populares la est dificultando. De hecho, la Dialctica nos ensea que, en determinadas condiciones, cada cosa se puede transformar en su contrario.

De hecho, creo que a nadie se le escapa que esa actividad, con sus trgicas consecuencias, ha venido provocando unos efectos polticos no deseados pues ha contribuido a distorsionar el proceso poltico vasco, reforzando las posturas de los sectores ms reaccionarios e inmovilistas y favoreciendo el aislamiento de la izquierda abertzale. Y, en ms de una ocasin, se ha convertido en el principal impedimento para que se alcanzasen acuerdos entre distintas fuerzas polticas y sindicales vascas.

Por ello, en las ltimas declaraciones pblicas de reconocidos miembros del sector mayoritario de la izquierda abertzale, parece que se busca un cierto distanciamiento respecto a la organizacin armada, al insistir una y otra vez en la exclusividad de las vas pacficas y democrticas. Lo cual parece que ha sido bien visto por otras fuerzas polticas y hasta por un sector del PNV.

La propuesta de negociacin entre la izquierda abertzale y el gobierno espaol tiene dos objetivos evidentes. La bsqueda, por parte de Batasuna, de un nuevo escenario poltico en el que pueda volver a la legalidad. Y, con ello, pueda recuperar su presencia en las instituciones. Y, por otra parte, posibilitar la finalizacin del conflicto armado.

El hecho de que Batasuna trate de volver a estar presente en el Parlamento vasco, no es motivo para que pueda ser acusada de parlamentarismo, como se hace desde algunos sectores. El propio Lenin, en su crtica a los izquierdistas alemanes y holandeses, en 1920, plante la necesidad de entrar en los parlamentos burgueses, para usarlos a modo de tribuna, altavoz o caja de resonancia, aunque sin hacerse falsas ilusiones acerca de la posibilidad de utilizarlos como instrumento para la transformacin revolucionaria.

Sin en aquellos momentos, cuando el proceso de parlamentarizacin de la vida poltica era an incipiente, ya era importante la participacin de los revolucionarios en los parlamentos burgueses; podemos imaginarnos cual ser su importancia en la actualidad, cuando han llegado a convertirse en el epicentro de toda la vida poltica en los regmenes de democracia burguesa.

Por otra parte, tambin hay que tener en cuenta que cualquier fuerza poltica extraparlamentaria deja de ser objeto de inters y de atencin por parte de los medios de comunicacin de masas (prensa, radio y TV) y en la prctica es como si hubiese dejado de existir. Es conocida la mxima de que lo que no aparece en los medios, no existe. Y esa situacin se agudiza mucho ms cuando, por parte de la mayora de estos, siguiendo las pautas de conducta establecidas por el Estado, someten a una feroz censura informativa todas las noticias relacionadas con la izquierda abertzale y, ms en concreto, con Batasuna.

Tambin quiero aadir que no tiene mucho sentido el calificar a Batasuna de reformista, cuando este apelativo se ha venido empleando, en la terminologa marxista, nicamente para referirse a aquellas personas, grupos u organizaciones, para quienes las reformas haban pasado a constituir su principal objetivo y haban relegado a un segundo trmino los objetivos revolucionarios (estratgicos o fundamentales) o se haban olvidado de ellos. Pero, segn tengo entendido, Batasuna nunca ha sido, ni ha pretendido ser, un partido revolucionario de clase (comunista) sino una fuerza poltica abertzale y de izquierda, de amplia base popular, es decir de composicin social interclasista. Por eso creo que debemos evitar caer en posturas simplistas y esquemticas al tratar ciertos temas.

Retomando el tema de la negociacin, hay que decir que desde que Batasuna lanz la Propuesta de Anoeta, (14-11-2004), viene proponiendo desdoblar la negociacin en dos mesas separadas. Una, que estuviera formada por todos los partidos de mbito vasco, en la que se tratasen los aspectos meramente polticos; y otra formada por ETA y representantes del gobierno espaol y en la que se discutieran los temas relacionados con la desmilitarizacin del conflicto.

Conviene recordar que en el anterior proceso negociador entre partidos, que se celebr en el Santuario de Loyola, no participaron todas las formaciones del espectro poltico vasco sino tan slo el PS-PSOE, el PNV y Batasuna. Hubo cuatro partidos, presentes en aquellos momentos en el Parlamento autonmico, que no participaron en ellas. El PP, por estar en completo desacuerdo con las mismas; y EA, IU-EB y Aralar, por haber sido marginados.

En dichas conversaciones se lleg a un preacuerdo el 31 de Octubre de 2006, que ha sido reconocido tanto por el PNV como por Batasuna, pero que el PSOE niega que se hubiese producido. Sin embargo, el PNV y Batasuna difieren al explicar la causa de la ruptura de las conversaciones y del preacuerdo alcanzado. Mientras el primero afirm que en la siguiente reunin, que se celebr el 8 de Noviembre, Batasuna acudi con nuevas exigencias que ellos no podan aceptar; la formacin abertzale sostuvo que tanto el PNV como el PS-PSOE se negaron a introducir la independencia como una de las opciones factibles, y que el acuerdo tuviese efectividad en los cuatro territorios de Hegoalde.

Existi realmente presin por parte de ETA para plantear esas nuevas exigencias? Si esto fuese cierto, dira muy poco en favor de la pretendida independencia poltica de Batasuna. Presion el gobierno espaol al PS-PSOE y al PNV para que se echasen atrs, porque haban cedido demasiado? Es muy probable y entra dentro de lo que caba esperar, teniendo en cuenta que aunque las conversaciones tuvieran lugar entre partidos vascos, para luego trasladar los acuerdos al gobierno central, la subordinacin del PS-PSOE a la Moncloa es total, y la timidez y las vacilaciones del PNV son bien conocidas.

Teniendo en cuenta estos antecedentes, as como la experiencia histrica que he citado ms arriba, no cabe esperar mucho de una posible negociacin. Otra cosa es que Batasuna es muy libre de reclamarla. Pero, convertirla en un objetivo en s misma, puede tener unas consecuencias peligrosamente desmovilizadoras.

8.- La democracia.

Hay que decir que, sobre este tema, podemos contemplar dos posibles situaciones. La democracia bajo el poder de la burguesa (democracia burguesa) y la democracia en el socialismo (democracia socialista).

En los pases capitalistas desarrollados, la burguesa ejerce su dominacin de clase, su dictadura,  bajo una apariencia democrtica. Generalmente, en estos pases no necesita emplear de forma abierta y sistemtica los mecanismos de coercin (ejrcito, polica, tribunales,), pues mediante otros mecanismos pacficos, en el marco de la democracia burguesa, obtiene los apoyos (el consentimiento, la aceptacin social) suficientes para mantenerse en el poder. Esa es la funcin que realizan los aparatos ideolgicos. Estos, a diferencia del aparato represivo del Estado que funciona mediante la violencia, lo hacen fundamentalmente mediante la ideologa.

Gramsci consideraba que, en los pases desarrollados, la clase dominante ha logrado una hegemona ideolgica y cultural sobre las clases dominadas, que le permite mantener su dominacin sin recurrir al empleo de los medios coercitivos ms que cuando ya le resulta imprescindible. Esa hegemona la ha logrado a travs del sistema educativo, de las instituciones religiosas y de los medios de comunicacin. Por eso, en los pases imperialistas, el Estado capitalista se encuentra ms afianzado que en los pases dependientes.

8.1.- Libertad e igualdad.

Estos dos trminos, constituyen los pilares bsicos de la teora poltica burguesa, el liberalismo. En ambos casos, se trata de conceptos, de definiciones abstractas y puramente formales. La burguesa concibe la libertad como el derecho de hacer tal o cual cosa, aunque sin proporcionar los medios adecuados para realizarla, sin hacerla factible. En cuanto al concepto de igualdad, hay que precisar que slo se trata de una creacin terica, una figura jurdica que, en la prctica, en la realidad, no impide la existencia de grandes desigualdades.

La burguesa crea la figura del ciudadano, a la que atribuye una serie de derechos. Pero se trata de derechos individuales, pues abstrae a la persona de su entorno. La asla del grupo, de la colectividad a la que pertenece, ya sea esta la nacin o la clase social. De este modo, se separa la poltica de la economa, el Estado de la sociedad civil.

La teora poltica burguesa ignora y oculta, intencionadamente que, como sostena Lenin, la libertad est inscrita en una constitucin que legaliza la propiedad privada y que la propiedad privada de los medios de produccin divide a la sociedad en explotadores y explotados, entre los que no es posible la igualdad ni el mismo grado de libertad. De ah que no sean iguales el explotador y el explotado, y que no haya una verdadera democracia all donde una minora controla la mayor parte de las riquezas de la sociedad y, que gracias a ello, domina el Estado.

La democracia burguesa tiene un carcter formal y abstracto. Esto se pone de manifiesto en todos los aspectos de la vida econmica, poltica y social. Por ejemplo, la ley reconoce la libertad de prensa como un derecho de todos los ciudadanos. Pero, da la casualidad de que en la sociedad capitalista, los medios de comunicacin (prensa, radio y televisin), no son accesibles a todos los ciudadanos y ciudadanas, por igual, sino que se trata de una serie de empresas (que son propiedad privada), que estn controladas por determinados grupos financieros. Vemos aqu como la libertad y la igualdad tericas (de derecho), en la realidad son imposibles de alcanzar, en el marco del sistema capitalista. Ese es el verdadero trasfondo del liberalismo y el democratismo burgus.

En Euskal Herria ya tenemos la triste experiencia de que, precisamente en nombre de esa democracia, se haya procedido al cierre de medios de comunicacin como EGIN, Ardi Beltza, Egin Irratia o Egunkaria.

Lo mismo ocurre con el derecho de reunin. Todas las constituciones democrtico-burguesas lo reconocen. Sin embargo, para que el pueblo trabajador, los obreros y obreras de una fbrica, los vecinos y vecinas de un barrio, se puedan reunir, necesitan disponer de locales adecuados y, da la causalidad de que los mejores edificios son propiedad privada.

Igualdad ante la ley? Neutralidad del Estado? Nada ms lejos de la realidad. Son falacias con las que el liberalismo burgus pretende disimular la vinculacin del dinero con el poder poltico y de ocultar que la burguesa, a travs de mil medios probados ya por una larga experiencia, controla los resortes del Estado y que ste nicamente est dedicado a defender sus intereses, por lo que nunca tratar de un modo igualitario e imparcial a todas las personas. Por el contrario, stas son tratadas de una u otra forma dependiendo de la clase social a la que pertenezcan.

Por supuesto que si comparamos el fascismo con la democracia burguesa, los derechos y libertades (a pesar de su carcter abstracto y formal) que existen en sta, con la total ausencia de los mismos en aquel, es evidente que optamos por la segunda. Sin embargo, una cosa s debe quedar meridianamente clara y es que tanto la democracia burguesa como el fascismo, no son ms que distintas formas de dominacin de una misma clase y el que la burguesa recurra a emplear una u otra, depender de una serie de factores y circunstancias histricas (econmicas, polticas, sociales, etc.).

Por ello, si se nos presentan las tan cacareadas libertades democrticas como el mximo grado de libertad y de democracia, entonces tendremos que decir que esa democracia tiene un carcter de clase, que es una democracia burguesa y que, por tanto, es incomparablemente menos democrtica que aquella que desarrollar el pueblo trabajador cuando detente el poder y suprima la propiedad privada de los medios de produccin, abriendo paso con ello a un nuevo sistema poltico de amplia participacin popular en la solucin de todos los problemas de la sociedad.

8.2.- La separacin de poderes.

Otro de los fundamentos tericos de la democracia burguesa es el de la pretendida separacin de poderes, que se ha convertido, en nuestros das, en un autntico fetiche poltico. Esta teora fue creada por el filsofo ingles John Locke (1632-1704), idelogo de la segunda revolucin inglesa (1668-1669) y considerado como el padre del liberalismo moderno. Posteriormente fue desarrollada por el filsofo francs Montesquieu (1689-1755).

La teora de la separacin de poderes tiene una base real. Se apoya en las funciones que, en la prctica, desarrolla el Estado. En lneas generales, entre otras cosas, estas consisten en: promulgar las leyes, aplicarlas y juzgar a quien las incumple. A partir de esa divisin, que es real aunque no la nica posible, se elabora la teora segn la cual dichas funciones deben ser desarrolladas por tres poderes (legislativo, ejecutivo y judicial) independientes entre s, para que cada uno de ellos pueda ejercer una especie de contrapeso que contrarreste y equilibre a los dems, evitando as que se cometan abusos.

Pero esta teora casi nunca ha pasado de ser papel mojado, pues los organismos legislativos, ejecutivos y judiciales, actan de comn acuerdo, sirviendo a los intereses del gran capital. Por otra parte, en las tres ltimas dcadas, el poder ejecutivo ha ido adquiriendo una creciente preponderancia sobre los otros poderes, que en la prctica se han ido subordinando progresivamente a aquel.

8.3.- Participacin y representacin.

Otro de los rasgos ms acusados de la democracia burguesa es la de ser poco participativa. Esto sucede porque el llamado principio de representacin, no permite la participacin real y permanente del pueblo en el ejercicio del poder, a todos los niveles. Se trata de una democracia delegada o transferida, ya que la participacin popular se encuentra limitada a la labor de elegir, cada cuatro o cinco aos, a un puado de polticos profesionales para formar parte de algunos de los rganos del aparato del Estado burgus.

El sistema burgus de representacin poltica permite la separacin del pueblo trabajador del gobierno de un pas. Le impide su acceso al poder poltico mientras que, por otra parte, le da la falsa sensacin de que los gobernantes son una emanacin de la voluntad popular. La democracia burguesa reduce la participacin popular al mero acto electoral. En l comienza y acaba la participacin del pueblo en la toma de decisiones polticas. Toda otra forma de intervencin poltica del pueblo queda descartada, salvo el caso excepcional de algn referndum (que el gobierno convoca cuando cree tener asegurado, de antemano, el triunfo de sus propuestas).

Por otra parte, la democracia burguesa es muy poco representativa pues tan slo existe la posibilidad de elegir a una minora, a una pequea parte de quienes rigen los destinos del pas, ya que no son elegibles los altos funcionarios, los jueces, los mandos del ejrcito y de la polica, etc., todos ellos con un extraordinario poder en sus manos en los modernos Estados burgueses.

A todo esto hay que aadir que los elegidos no pueden ser controlados por sus electores, ya que no existe la posibilidad de revocarlos de sus puestos. Adems, la posibilidad de que los cargos electos puedan defender realmente los intereses populares es nfima. Los partidos que lleguen a formar Gobierno, siempre desarrollarn una poltica en consonancia con los intereses del gran capital y que, por tanto, no estar en contradiccin con el propio aparato estatal de la burguesa. Pero, en cualquier caso, la clase dominante siempre tiene la posibilidad de dar un golpe de Estado ya que, generalmente, las propias constituciones burguesas suelen amparar legalmente una posible intervencin militar en defensa del orden constitucional.

Ya hemos dicho ms arriba que, en la poca del imperialismo, el capitalismo entra en abierta contradiccin con la democracia. Ha llegado a una situacin en la que sta le estorba y, a partir de ah, se inicia un proceso de involucin en casi todos los pases. Pues bien, este proceso se caracteriza por el reforzamiento del aparato estatal, la concentracin de las riendas del poder y el recorte de todo tipo de derechos y libertades.

En Euskal Herria tambin tenemos una amarga experiencia de esto cuando, bajo el pretexto de la lucha contra el terrorismo, y amparndose en la ley de partidos, creada ex profeso para ello, se ha ilegalizado a una larga serie de partidos, plataformas, coaliciones, movimientos juveniles y asociaciones de distintos tipos, impidiendo la participacin electoral del sector mayoritario de la izquierda abertzale y dejando sin representacin poltica a un amplio sector de la poblacin vasca.

9.- El socialismo.

Para terminar, quiero tocar una cuestin que en los ltimos aos se ha puesto de actualidad. Me refiero a la del socialismo. Una cuestin que tambin se aborda en el documento Clarificando la fase poltica y la estrategia, al que nos referamos al principio. Este es un tema muy amplio y, de hecho, requerira ser objeto de un debate especfico. Por eso, en este trabajo slo voy a hacer una breve aproximacin al mismo.

Tambin, por otra parte, entre los das 17 y 19 de Noviembre, se celebraron en Donostia los ASKEncuentros 2009. En defensa de la humanidad, hacia un socialismo siglo XXI. Lamentablemente, me result imposible asistir a ellos pero procur seguirlos a travs de la prensa. Entre las diversas cuestiones all tratadas est el reconocimiento de que no existe un modelo socialista. En eso, estamos completamente de acuerdo. Pero, creo que han tardado mucho tiempo en llegar a esa conclusin.

El propio Lenin, entre las reflexiones que hizo en el transcurso de la Primera Guerra Mundial, ya manifest que no todas las naciones llegarn al socialismo exactamente de la misma manera, sino que cada una contribuir con algo propio, a tal o cual forma de democracia, a tal o cual variedad de dictadura del proletariado, a tal o cual variacin en el ritmo de las transformaciones socialistas. Y es que el quid de la cuestin no est en el modelo, sino en el propio concepto de socialismo.

Pero, qu entendemos por socialismo? Indudablemente no algo acabado, estable, defnitivo, es decir algo esttico. Muy al contrario, en base a la propia teora marxista y a la experiencia histrica, podemos afirmar que se trata de una situacin transitoria, inestable, convulsa, reversible. Se trata, por tanto de algo dinmico.

Podramos definirlo como un periodo de transicin entre el capitalismo y el comunismo, la sociedad sin clases. Un periodo durante el cual todava seguirn existiendo las clases sociales, las contradicciones y la lucha de clases, tanto en la base econmica de la sociedad como en su superestructura (jurdica, poltica, ideolgica y cultural). El tipo de Estado que corresponde a ese periodo, es el Estado Socialista.

El socialismo es un periodo de transicin y, al mismo tiempo es un proceso de transformacin, de cambio. Por eso, el socialismo es un proceso de destruccin / construccin. De destruccin del viejo Estado, de las viejas formas de propiedad y de gestin, de las viejas relaciones de produccin, del viejo sistema jurdico, de las viejas ideas (individualistas, egostas, insolidarias, chovinistas, machistas, ), etc. El trmino destruccin no debe entenderse como destruccin mecnica, fsica, sino como negacin dialctica, como superacin de lo viejo y su sustitucin por lo nuevo.

Pero este proceso no es unidireccional, no es irreversible, su resultado no est definitivamente garantizado. La involucin es posible. Tenemos una experiencia histrica que no podemos olvidar, la degeneracin burocrtica y posterior desmoronamiento del llamado socialismo real, que condujo a la restauracin del capitalismo ms salvaje en los antiguos pases socialistas.

Histricamente, al rgimen poltico que corresponde a este periodo, se le ha llamado dictadura del proletariado. Aunque el trmino pueda tener alguna connotacin adversa y se tienda a identificarlo con formas autoritarias o despticas de gobierno, en realidad no es ms que la expresin sinttica del concepto de poder (dominio, imperio) de una clase social determinada. De esa forma, se empleara en oposicin al concepto de dictadura de la burguesa.

Al igual que la dictadura de la burguesa se puede manifestar bajo distintas formas, ya sean estas democrtico-parlamentarias e incluso fascistas, la dictadura del proletariado tambin podr hacerlo de distintas formas y, aunque la experiencia histrica nos pueda inducir a pensar lo contrario, lo cierto es que de su propio carcter no se desprende que, necesariamente, tenga que presentarse bajo formas autoritarias, sino que tambin puede hacerlo bajo formas democrticas. Lo cual implica la posibilidad de que, junto a muchas otras formas de organizacin popular, tambin puedan existir partidos polticos, siempre que respeten la legalidad socialista.

En el socialismo, el funcionamiento de la economa no se abandonar al azar, al juego espontneo de las leyes del mercado, sino que se organizar mediante el mecanismo de la planificacin. Esta, a su vez, a diferencia de la planificacin que se realiza en algunos casos bajo el capitalismo, tendr que basarse en la propiedad social de los principales medios de produccin.

Lo que he apuntado hasta aqu, no es un modelo de socialismo sino que responde al concepto del mismo, elaborado a partir del exhaustivo anlisis del proceso de produccin capitalista que llev a cabo Carlos Marx, partiendo de su elemento bsico, la mercanca. En dicho anlisis se encuentra la clave, el verdadero origen de la explotacin capitalista. Porque es en el mbito de la produccin donde tiene lugar la creacin del valor (la riqueza) por medio del trabajo asalariado y tambin es all donde tiene lugar la apropiacin del fruto del mismo por parte de los propietarios de los medios de produccin, los capitalistas.

En la esfera de la produccin aparece con toda nitidez la divisin de la sociedad en clases y ms en concreto en las dos clases fundamentales y antagnicas de la sociedad capitalista, la burguesa y el proletariado. La primera, propietaria de los medios de produccin y la segunda poseedora nicamente de su propia fuerza de trabajo.

A travs del proceso de produccin tiene lugar la apropiacin por parte de los capitalistas de la plusvala que producen los trabajadores. Tambin es en l donde se establecen, entre unos y otros, las relaciones de produccin, basadas en la explotacin asalariada del proletariado por parte de la burguesa. Sin embargo, hoy da, aparecen nuevas teoras que tergiversan lo esencial del concepto cientfico de socialismo y que constituyen autnticos cantos de sirena que tratan de confundir y desorientar a la clase obrera y al movimiento revolucionario.

9.1.- Viejas teoras con nuevas caras.

Por una parte, est la teora del llamado socialismo del siglo XXI, cuyo creador y principal exponente es Heinz Dieterich, asesor de Hugo Chvez, presidente de la Repblica Bolivariana de Venezuela. Esta teora desenfoca el anlisis de la cuestin. En vez de centrarse en el proceso de produccin, que es donde se encuentran las causas de la explotacin, se centran en aquel otro en el que se manifiestan sus efectos, la pobreza, la marginacin social, la precariedad, las desigualdades, etc. Esto es, se fijan especialmente en el proceso de distribucin. As, escamotean la cuestin del poder, es decir del Estado, y la de la propiedad privada de los medios de produccin.

De ah que, su principal propuesta sea la de promover una economa de los equivalentes, segn la cual, simplemente aplicando un nuevo mtodo de clculo, la matriz denominada rosa de Peters, se podra determinar con gran exactitud el valor incorporado a las mercancas y estas se podran cambiar entre s no en base al valor de cambio de las mismas, sino al valor real del tiempo de trabajo incorporado. As, segn Dieterich, se podra eliminar el valor de cambio y desaparecera la plusvala. Y todo esto, sin necesidad de tomar el poder, ni de expropiar los principales medios de produccin a los capitalistas. Slo sera cuestin de ir poniendo progresivamente en prctica esta teora, primero en unos pocos lugares y luego extenderla al conjunto de la economa. No recuerda esto al socialismo utpico que criticaron Marx y Engels?

Continuando con esta teora, aunque sin nimo de ser exhaustivos, hay que decir que tambin tiene otros aspectos que debemos tener en cuenta. Presenta un estructura social basada en dos niveles. En el superior est la lite, concepto que toma de la sociologa burguesa (teora funcionalista de Pareto, Mosca, Michels, etc.). Y en el inferior estn los excludos, o como tambin lo denomina, la comunidad de vctimas, un conjunto abigarrado de gente que l define como multicultural, pluritnica y policlasista, en el que la clase obrera es un componente ms, aunque desprovista de aquellas caractersticas derivadas de la posicin que ocupa en la estructura social y que hacen de ella la clase objetivamente ms interesada en acabar con la explotacin capitalista.

El socialismo del siglo XXI habla de la desconcentracin de la riqueza social y propone acabar con la economa de mercado, pero nada dice sobre la cuestin de la propiedad privada de los medios de produccin. Habla de la desaparicin de las funciones clasistas y de la identidad represiva del Estado, pero no habla de la destruccin (desmantelamiento) del Estado burgus, ni de la dictadura del proletariado.

Para el socialismo del siglo XXI las clases han dejado de ser una categora de anlisis de la estructura social y, con ello, la clase obrera ha dejado de ser el sujeto histrico de la transformacin revolucionaria. Por eso, no debe extraarnos que en Venezuela, donde Dieterich est tratando de experimentar su teora, sea la burguesa no monopolista quien dirija el proceso de la revolucin bolivariana. Sobre sta, quiero dejar claro que, aunque es evidente que no se trata de una revolucin socialista, sin embargo tiene aspectos progresistas y un marcado contenido antiimperialista. No obstante, tendr que ser el conjunto del pueblo trabajador venezolano, con la clase obrera a la cabeza, quien asuma la direccin del proceso poltico y le imprima una verdadera orientacin revolucionaria y socialista.

Por otra parte, ahora me voy a referir al llamado socialismo identitario, que se dice inspirado en aquel y que ha logrado un alto grado de aceptacin entre la izquierda abertzale. Tambin parte de que no existe un modelo de socialismo que podamos importar y que, por ello, lo debemos construir a partir de nuestra propia realidad. histrica. Hasta aqu, podemos estar de acuerdo. Sin embargo, cuando empiezan a detallar su modelo, es cuando se manifiestan sus incongruencias.

En primer lugar, dicen que este modelo debe ser consensuado entre toda la poblacin. Resultara paradjico que la burguesa vasca tambin tuviese que participar de ese consenso, para definir el modelo de socialismo que queremos para Euskal Herria. Los defensores del socialismo identitario parecen no haberse dado cuenta de que en la sociedad vasca tambin hay clases enfrentadas por contradicciones antagnicas.

Proponen un sector pblico que intervenga fuertemente en la economa y que esa intervencin sea transparente y orientada por la planificacin elaborada por una sociedad participativa. Dicha intervencin habra de estar orientada hacia los graves desajustes que provoca el mercado. En cuanto a la necesaria fortaleza del sector pblico, segn los defensores de esta teora, no debera obedecer a razones ideolgicas sino a razones de eficacia econmica.

Sin embargo, no dicen nada acerca de cmo desarrollar ese sector pblico, si sera en base a la nacionalizacin de las empresas ms importantes (mediante la expropiacin de los principales accionistas, aunque respetando a los pequeos) o estara formado por empresas de nueva creacin, en base a la inversin pblica, pero respetando los intereses de los grandes capitalistas.

En definitiva que proponen un fuerte sector pblico por puras razones de eficacia econmica, por puro utilitarismo, sin verlo como una cuestin esencial para avanzar hacia la supresin del capitalismo (que eso seran razones ideolgicas). Proponen un sector pblico como el que pueda existir en cualquier pas capitalista desarrollado, por muy transparente que pueda ser su funcionamiento. Y, adems, cmo se llevara a cabo el control social del sector pblico? Qu papel desempearan los trabajadores-as de las empresas pblicas en su gestin? Acaso se dejara todo en manos de la burocracia administrativa?

En cuanto al tipo de planificacin econmica que proponen, sin entrar a debatir si tendra que ser centralizada o descentralizada, vinculante o indicativa, tampoco tienen en cuenta que, en cualquier caso, una planificacin socialista debe apoyarse en la propiedad colectiva (sin que esta sea, necesariamente, estatal) de los principales medios de produccin. Por otra parte, aunque es lgico pensar que, durante un largo periodo, la planificacin econmica deba coexistir con el mercado, su funcin principal no debe ser la de corregir los graves desajustes provocados por ste, sino la de crear las condiciones para la desaparicin del mismo.

Los defensores del socialismo identitario no proponen otra cosa que una economa mixta que, aunque podra ser aceptable en determinadas condiciones, de forma transitoria, por ejemplo en el caso de que el pueblo trabajador vasco llegase a conquistar esa posicin avanzada de la que hablaba ms arriba, en ningn caso se puede tratar de hacer pasar por socialismo. En realidad, de lo que se trata es de la llamada tercera va, supuestamente situada entre el socialismo y el capitalismo.

Completan su teora con los consabidos tpicos de la valoracin del trabajo domstico y del trabajo social, el reparto del trabajo, la redistribucin de la riqueza, el establecimiento de una renta mnima, etc. Todas ellas reivindicaciones muy legtimas pero que no constituyen rasgos especficos y diferenciadores del socialismo ya que, en determinadas condiciones, pueden ser perfectamente asumidas por el capitalismo.

Para acabar mi referencia a estas teoras pseudosocialistas, hay que decir que ambas consideran que se debe sustituir la democracia formal por otra participativa. En este aspecto, creo que no se puede poner ninguna objecin a todos los esfuerzos que vayan dirigidos a superar los lmites y restricciones de la democracia burguesa Incluso aunque todava no nos encontremos en el socialismo.

Slo quiero resaltar que hasta la democracia burguesa ms radical se detiene a la puerta de la fbrica. El mbito laboral constituye un coto reservado al autoritarismo de los patronos. La gestin de las empresas, la organizacin de la produccin, los reglamentos internos, las decisiones sobre las inversiones a realizar, los medios de produccin a emplear, la designacin de los mandos y cuadros intermedios, etc. se las reservan en exclusiva los capitalistas y, sin embargo, los trabajadores y trabajadoras se ven siempre directamente afectados por ellas. De ah que, si verdaderamente queremos profundizar en la democracia, tambin habr que extenderla al interior mismo de los centros de trabajo. Y nada de esto plantean los defensores del nuevo socialismo.

Rebelin ha publicado este artculo con autorizacin del autor, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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