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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 10-01-2005

Explotacin y miseria en el primer mundo
Detrs del escaparate

A. Karambolis
Rebelin


Cuando uno mira el escaparate de una tienda de ropa, observa cuerpos delgados y jvenes cubiertos por prendas de moda que les sientan maravillosamente, por absurda y peregrina que sea la postura del cuerpo de plstico que las luce.
Si mirsemos los maniques por detrs veramos cmo la ropa se recoge en pliegues feos sujetos con alfileres e hilvanes burdos que obligan a que, vista desde el otro lado, la imagen sea perfecta.

Algo as sucede cuando miramos a nuestro alrededor asomados, por ejemplo, a la ventana de nuestro televisor. La televisin muestra las personas felices del mundo occidental, con su casa de teleserie de paredes pintadas de colores, el lavavajillas, varios televisores, DVD, ordenador y dos coches. Vemos en la pantalla los colores, cada vez ms brillantes, del bienestar propio de los pases prsperos y ricos. Pero la televisin es slo un escaparete ms y, cuando acaba el programa y se apagan los focos, uno, si quiere, puede mirar qu es lo que hay detrs del decorado.

Eso es lo que hice yo un da. Mirar detrs del escaparate del bienestar del mercado. Descubr, como en la tienda de ropa, la fealdad y la falsedad de un sistema que se sostiene con alfileres e hilvanes burdos, ocultos a la vista de muchos, pero reales. Reales y necesarios para que todos sigan engaados, para que unos pocos se sigan beneficiando. Detrs del escaparate encontr la miseria y la tristeza de los que no subieron al carro del color, de los que viven en oscuras habitaciones, con las paredes desconchadas y el picaporte rooso.

Conoc a Jaime. Es un hombre de 34 aos, nacido en el barrio de Usera, en Madrid. Ahora participa en un taller de empleo. No sabe leer ni escribir. Est aprendiendo ahora, en este curso que dura un ao. Ha trabajado desde los 13 aos pero acaba de descubrir que slamente tiene un ao cotizado a la Seguridad Social. "Claro, como no saba leer..." dice triste. Lo encuentra normal. Como no saba leer es normal que unos cuantos sinvergenzas se hayan aprovechado de l todo este tiempo, pagndole poco y "robndole" sus contribuciones a los organismos pblicos que garantizan que se pueda percibir la prestacin por desempleo y una pensin despus de la jubilacin.

La coordinadora del curso me dice que Jaime no es el nico que no sabe leer. Hay otros dos. En un curso de 18 personas, 3 no saben leer y el resto, delante de m, tardan casi 20 minutos en rellenar una ficha con cuatro datos. Son analfabetos funcionales. Parece que es la tnica de todos los cursos que se organizan.

Tambin he conocido a Nieves, una psicloga que trabaja tratando de eliminar el absentismo escolar en Madrid, en el distrito de Retiro, una de las zonas ms cntricas de la ciudad. Lleva tres meses en tratamiento con ansiolticos. "No puedes imaginarte las casas que hay en estos barrios", me dice. Lleva trabajando varios meses con las mismas familias. La mayora tiene una economa absolutamente precaria. Ven la televisin durante horas. "Es casi imposible conseguir que los chavales vuelvan al colegio y adems ahora han recortado los presupuestos y tocamos a muchsimas familias cada uno. No se puede estar encima de los casos como se debiera". Sabe que su trabajo no vale prcticamente para nada porque las administraciones lo hacen simplemente para lavar la imagen.

En mi paseo por detrs del escaparate he visto tambin a Rosa, una mujer de mediana edad que trabaja en la contrata de limpiezas de un edificio de Telefnica. Vive en Parla, un barrio dormitorio de Madrid y limpia en la zona de oficinas de Pinar de Chamartn. Acude al trabajo con una tartera en la que lleva la comida que se prepara cada da en casa. Su marido cobra la prestacin por desempleo. Le echaron en el expediente de regulacin de empleo de la fbrica en la que trabajaba.

Rosa tarda casi dos horas en llegar al trabajo. Trabaja a turnos. Cuando lleva seis meses trabajando, le rescinden el contrato y le tramitan uno nuevo en otra empresa, del mismo dueo, pero con diferente titularidad, as nunca tienen que hacerle fija, ni reconocerle antigedad. "No se puede protestar mucho, porque te echan y contratan a una chica extranjera, que como estn an peor que nosotras, aceptan el trabajo en las condiciones que sea".

La gente ms joven tampoco lo tiene fcil. Eso me deca Clara, una chica de 21 aos que trabaja en el "centro de soporte telefnico al usuario" de una empresa elctrica. Est preocupada porque parece que quieren trasladar el centro a Marruecos. "Telefnica ya lo hizo y parece que le ha sido muy rentable".

No es que le guste el trabajo. "Antes era algo mejor porque nosotras controlbamos el paso de las llamadas, pero ahora, segn despides al cliente que has estado atendiendo, entra la siguiente llamada. Adems hacen controles de escucha y si les parece que no has sido lo suficiente amable o eficaz, te echan". Tiene un contrato de tres meses, que le van renovando. Antes trabaj como cajera en el Champion, una cadena de supermercados. "Casi prefiero esto, por lo menos ests sentada. Antes llegaba con los riones reventados".

Debajo del maquillaje de "privilegiados del sistema", en muchas ocasiones tambin se puede ver otro tipo de esclavitud ms peligrosa todava, porque se presenta bajo la imagen seductora del xito y el triunfo personal, sin mostrar el precio que hay que pagar para alcanzarlo. Por ejemplo, Juan es programador. Tiene un buen salario al mes, "porque pill la poca de las vacas gordas en el sector de la informtica", dice. Padece gastroenteritis crnica y el ao pasado tuvo que acudir tres veces al servicio mdico de la empresa porque no poda respirar y le dola el cuello. Le diagnosticaron ataques de ansiedad. Entra a trabajar a las 9:00 y no sale nunca antes de las 20:30. Tambin trabaja algunos fines de semana. Las horas extras no estn remuneradas. "Si no las haces quedas marcado y en el primer expediente de regulacin de empleo que hagan te vas a la calle". Dice que la mitad de las horas adicionales que tienen que hacer se deben a la competencia feroz que hay entre las empresas. Los proyectos se consiguen ofertando a la baja y como luego el empresario quiere seguir ganando lo mismo, obtiene el margen de beneficio mediante la reduccin de los costes de salario de los programadores. Casi nadie levanta la voz y, en este sector, la mayora de las compaas no tienen comit de empresa. Juan suea con cambiar de vida y dedicarse a otra cosa. "Aunque gane menos dinero".

Dani tiene 8 aos y suea con estar con sus paps. Su padre trabaja en un banco y su madre es directora de marketing de una empresa. Cuando se levanta por la maana sus padres ya se han ido. Claudia, su cuidadora ecuatoriana le prepara el desayuno y le acompaa a la calle donde le recoge el autocar del colegio. Va a un colegio bilinge a las afueras de Madrid. Por la tarde tiene una clase extraescolar de violn. Cuando vuelve a casa, Claudia est con l. Hace los deberes y ve la tele. Muchos das est en la cama cuando vuelven sus padres. Los fines de semana le encantan porque ve a sus padres, slo alguno que tienen que trabajar le dejan con sus abuelos. Ayer llor porque le dola la tripa y quera estar con su madre. Le llam por telfono y ella le prometi que en Semana Santa iran a Eurodisney, pero le sigui doliendo la barriga y no dej de llorar.

La poblacin inmigrante, creciente en nmero, ocupa los trabajos y los lugares que nadie quiere ocupar o que nadie aceptara en esas condiciones. Hassan suda cada da en un invernadero de Almera. Trabaja desde las 5:30 hasta las 12:00. "A partir de esa hora te deshidratas en el invernadero" Recoge hortalizas grandes que no saben a nada. En el invernadero se explota la vida. Se riega con agua que procede de pozos subterrneos de agua dulce, que poco a poco se van salinizando. Se fuerzan los ciclos naturales de las plantas para obtener varias cosechas, en un tiempo en el que, de forma natural solamente nacera una. Y se fuerzan a las personas. Los trabajadores del invernadero respiran los pesticidas y productos qumicos de abono con los que se consigue la multiplicacin milagrosa de las hortalizas. Sufren afecciones respiratorias permanentes. Viven en chamizos sin agua corriente cerca de los mismos invernaderos. Soportan el desprecio de los mismos empresarios que les contratan para hacer lo que la gente de la zona ya no quiere hacer. Hassan enva lo que gana a su familia en Marruecos.

Las mujeres inmigrantes, poco a poco, van asumiendo todo el trabajo de atencin y cuidados a ancianos y a nios. La liberacin de las mujeres no se ha traducido en el mundo desarrollado en una co-responsabilidad de los hombres en las tareas domsticas o en los trabajos derivados de la reproduccin, sino que se ha materializado en la dedicacin del tiempo de las mujeres al mercado, en los mismos trminos en que ya lo hacan los hombres, mientras que otras mujeres, ms empobrecidas, continan asumiendo las tareas necesarias para el mantenimiento de la vida.

Nicole es una muchacha ecuatoriana. Estudi una diplomatura en enfermera en Quito. Vive en Barcelona y trabaja como interna en una casa cuidando a una anciana de 83 aos. Tiene un salario de 400 euros al mes. Tiene libres las tardes del jueves y del domingo, desde las 16:00 hasta las 21:30. El resto del tiempo tiene disponibilidad completa para atender a la anciana. No puede invitar a ninguna amiga a casa.

Todos dicen que tiene suerte por tener resuelto el tema del alojamiento. Se encuentra sola. Dej a su hijo en Quito, con sus padres. La anciana no habla casi y sus familiares la visitan slo los das que ella tiene libre. Hace las tareas de la casa. Se arrepiente de haber venido a Espaa y espera ahorrar el dinero del pasaje para volver a Ecuador.

Jaime, Nieves, Rosa, Clara, Juan, Dani, Hassan o Nicole son una muestra de lo que se oculta detrs del escaparate del primer mundo. En este paraso de bienestar, espejo en el que se miran los pases ms pobres, cada vez un nmero ms creciente de personas infelices, explotadas y tristes, permanecen invisibles.

Permanecen invisibles a los ojos de gobiernos, instituciones y medios de comunicacin que hacen la vista gorda ante la explotacin que sufren. Invisibles para el conjunto de la poblacin satisfecha y acomodada que, presos del ms feroz determinismo calman su conciencia pensando que aqu, el que quiere trabajar, trabaja y vive bien. Son tambin invisibles para muchos sectores de la izquierda, que viven analizando y pensando lo que sucede a miles de kilmetros de distancia, que ignoran cmo da a da crece la precariedad y la miseria a su alrededor y que justifican su pasividad relativizando la situacin de estas personas en comparacin con lo que pasa en el tercer mundo.

Sin embargo no son invisibles para el mercado. Porque sin los jaimes, nieves, rosas, claras, juanes, danis, hassanes o nicoles, el mercado neoliberal no funciona. Sin la cada vez ms creciente precariedad, sin la explotacin y la salud de estas personas, no es posible que los beneficios crezcan ilimitadamente. Sin su sometimiento a la condicin de esclavos no es posible que las empresas del norte sean cada vez ms competitivas.

Sin ellos, sin Jaime, Nieves, Rosa, Clara, Juan, Dani, Hassan o Nicole no es posible dorar las cifras de la macroeconoma. Pero su explotacin debe hacerse a escondidas. Sus vidas no valen para el aparato de propaganda del capital, por ello se les esconde detrs del escaparate, como a los hilvanes burdos y los alfileres del maniqu.

Correr la cortina del teln que les oculta es imprescindible para poder soltar los alfileres de este sistema injusto que se apuntala tambin con la condicin esclava e inhumana de miles de personas disfrazadas de ciudadanos del primer mundo.

Se les esconde para que parezca que el traje de la globalizacin y el neoliberalismo nos sienta bien a todos. No es verdad. En medio de este colorido paraso artificial, Jaime, Nieves, Rosa, Clara, Juan, Dani, Hassan, Nicole y muchas ms personas, annimas e invisibles, viven su infierno gris y particular.





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