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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 13-01-2010

La ilusin de un mandatario todopoderoso
Se puede reformar Estados Unidos?

Serge Halimi
Le Monde Diplomatique Chile


Las expectativas desmesuradas de los sectores progresistas que vieron en la eleccin de Barack Obama una revolucin en la poltica de Estados Unidos comienzan a trocarse en desconcierto y hasta decepcin. Por otro lado, la derecha republicana, histrica y cada vez ms impregnada de un tufillo macartista, estigmatiza al primer Presidente negro como a una especie de demonio subversivo. Un profundo equvoco subyace a ambas actitudes: la creencia en que un poder individual puede transformar por s solo y de repente las estructuras sociales, econmicas y polticas configuradas tras un largo proceso histrico.

La lucha poltica favorece a veces las oposiciones personalizadas y los rechazos obsesivos. Las necesidades de la lucha frontal originan entonces agrupamientos heterclitos, motivados por el nico deseo de destruir el mismo objetivo. As, en cuanto el enemigo cae, comienzan los problemas, y con ellos la pregunta: qu hacer ahora? A medida que se toman decisiones polticas, deben eliminarse los equvocos que favorecan al antiguo cartel de oponentes; el desencanto se instala. Antes de que pase mucho tiempo el adversario detestado vuelve al poder. Su paso por la oposicin no lo ha hecho ms amable.

Un esquema de este tipo se aplic ya en la Italia de Silvio Berlusconi. Vencido en 1995 por una izquierda a la vez paliducha, heterclita y sin proyecto, volvi a triunfar seis aos ms tarde. En estos tiempos, tambin en la Francia de Nicolas Sarkozy se multiplican las alianzas circunstanciales, tanto entre partidos (ecologistas, centristas, socialistas) como entre personalidades (Dominique de Villepin se uni por un tiempo al llamado antigubernamental de Olivier Besancenot, del cual casi todo lo separa). Con un nico objetivo, el jefe de Estado. De acuerdo, pero, y despus?

El trptico coalicin transitoria, poltica incierta y decepcin programada remite tambin a la actualidad estadounidense. Hace un ao, la derrota de los republicanos y el fin de la presidencia de George W. Bush provocaron un momento de alborozo. Aun cuando una parte del electorado, cuya suerte no ha mejorado, sigue dndole crdito a Obama (vase Popelard y Vannier, pgina 24), ese entusiasmo parece haber acabado. La intensificacin de la guerra en Afganistn disgusta a los pacifistas, y a la reforma del sistema de salud se la ubica por debajo de una esperanza razonable, as como tambin a la poltica medioambiental. La opinin menos que bien, pero mejor que nada se propaga, y genera un clima pesimista. La pasin poltica cambia otra vez de bando.

Semejante espiral de hundimiento fortalece el peso de los lobbies, al mismo tiempo que obliga a interrogarse sobre el poder real del Presidente de Estados Unidos. Ciertamente Obama no es Bush; Romano Prodi tampoco fue Berlusconi. Pero eso no es suficiente para saber hacia dnde va Obama y para que den ganas de seguirlo. Pero el pas sufre: la tasa de desempleo se ha disparado, barrios enteros yuxtaponen casas embargadas por sus acreedores. El Presidente no deja de hablar, de explicar, de tratar de convencer; sus discursos se suceden, a veces elocuentes. Pero, qu queda de ello? En El Cairo, condena a las colonias israeles; pero nuevas colonias se implantan y l se resigna. Promete una reforma ambiciosa del sistema de salud; los parlamentarios la edulcoran, y l queda satisfecho.

Un da anuncia a los cadetes de West Point que va a enviar nuevos refuerzos a Afganistn; poco despus recibe el premio Nobel de la Paz. El ejercicio podra volverse esquizofrnico. Pero la cacofona de las situaciones encuentra un remedio aparente en un nuevo raudal de palabras que equilibra cada enunciado con una sugerencia contraria. Al final, casi siempre prevalece la cantinela mis amigos progresistas proclaman esto, mis amigos republicanos replican esto otro; los primeros exigen demasiado, los segundos no lo bastante. Yo elijo el camino intermedio.

As, Obama alent a los cadetes de West Point a dar pruebas de discrecin en el uso de las fuerzas armadas; y llam a los jurados de Oslo a medir la necesidad de la fuerza a causa de las imperfecciones del hombre y de los lmites de la razn. Estos ltimos debieran meditar tambin el ejemplo del presidente Richard Nixon, quien, a pesar de los horrores de la revolucin cultural, acept encontrarse con Mao en Pekn en 1972. Puntilloso sobre el tema de los derechos humanos, como lo era el ex jefe de Estado republicano, ese encuentro le result tan costoso que poco despus hubo de consolarse ordenando el bombardeo a las grandes ciudades vietnamitas y favoreciendo en Chile el golpe de Estado del general Augusto Pinochet Sin embargo, Obama no les dice nada de esto a los jurados de Oslo. Impecablemente centrista, prefiri saludar tanto a Martin Luther King como a Ronald Reagan.

Esperanzas iniciales

No obstante, todo haba comenzado bien. En noviembre de 2008, casi dos estadounidenses de cada tres en edad de votar (y el 89,7% de los electores inscriptos) decidieron la eleccin presidencial. Llevaron a la Casa Blanca a un candidato atpico cuyos antecedentes sugieren la amplitud del cambio que vendra: No tengo el pedigr habitual y no hice mi carrera en los pasillos de Washington. Precisamente por esa razn pudo movilizar a los jvenes, los negros y los hispanos, as como a una fraccin inesperada (43%) del electorado blanco. Al recibir un porcentaje de votos superior al que obtuvo Reagan en su eleccin de 1980 (52,9% contra 50,7%), Obama puede hacer prevalecer un mandato. Por otra parte, nadie se lo discute. La derrota de los republicanos es completa. Su filosofa liberal, que fue resumida con concisin y pedagoga por el nuevo Presidente dar ms a quienes tienen ms, y dar por supuesto que su prosperidad salpicar a todos no es ms que un montn de ropa vieja. Y los demcratas tienen una amplia mayora en cada una de las dos cmaras del Congreso.

Tres meses antes de su eleccin Obama haba prevenido: El riesgo mayor que podramos correr sera recurrir a las mismas tcnicas polticas con los mismos jugadores, y esperar un resultado diferente. En momentos as, la historia nos ensea que el cambio no viene de Washington; llega a Washington porque el pueblo estadounidense se levanta y lo exige. Entonces la militancia en el terreno debe permitir sacudir la pesadez conservadora de la Capital Federal, residencia oficial de todos los lobbies del pas. Pero un ao ms tarde, cuando no se percibe ninguna huella de un movimiento popular, ya no se cuentan los proyectos de ley bloqueados, edulcorados, amputados por las mismas tcnicas polticas y los mismos jugadores.

En lo que hace al pedigr, el del actual Presidente desentonaba con el de sus predecesores. Por la razn visible que conocemos, y tambin porque no es habitual que el inquilino de la Casa Blanca haya sacrificado en su juventud la posibilidad de ganar grandes sumas de dinero practicando el derecho en Nueva York por el deseo de ayudar a los habitantes de los barrios pobres de Chicago.

Realidades posteriores

De todas maneras, cuando se examina la eleccin que hizo Obama de los miembros de su gabinete, enseguida la novedad parece menos sorprendente. Al lado de una secretaria de Trabajo cercana a los sindicatos, Hilda Sols, que promete una ruptura con las polticas anteriores, se encuentra una secretaria de Estado, Hillary Clinton, cuyas orientaciones diplomticas difieren muy poco de las del pasado, y un secretario de Defensa, Robert Gates, decididamente heredado de la administracin Bush. E incluso un secretario de Finanzas, Timothy Geithner, demasiado ligado a Wall Street para poder o querer reformarlo; y un consejero econmico, Lawrence Summers, que fue el arquitecto de las polticas de desregulacin financiera que le valieron al pas quedar al borde de la apopleja. En cuanto a la diversidad del equipo, no es de orden sociolgico. Veintids de las treinta y cinco designaciones efectuadas por Obama recayeron en titulares de un diploma de una universidad estadounidense de elite o de un colegio britnico de alto rango.

Desde el comienzo del siglo XX, los demcratas vienen cediendo, particularmente seducidos por la ilusin tecnocrtica de la competencia, del pragmatismo, del gobierno de los mejores (the best and the brightest), de la excelencia y de la pericia que debe imponer su voluntad a un mundo poltico sospechado de demagogia permanente. Una filosofa de este tipo a la cual, paradjicamente, teniendo en cuenta su recorrido, se une el Presidente de Estados Unidos (para no ser confundido con un militante afroamericano?) mira con desconfianza a las movilizaciones masivas, al populismo. De entrada, Obama esper que la fraccin ms razonable de los republicanos estuviera de acuerdo con l para sacar al pas de la encrucijada. Y les tendi la mano. Pero en vano. Hace poco coment ese desaire: Tuvimos que tomar una serie de decisiones difciles sin recibir ayuda del partido de oposicin que, desgraciadamente, despus de haber presidido las polticas que condujeron a la crisis, decidi descargar ese peso en otros. Extraa formulacin, pero reveladora, porque se saltea la eleccin presidencial de 2008, al trmino de la cual los republicanos no decidieron abandonar las riendas del pas a otros sino que fueron echados del poder por los electores.

Conservadores sobreexcitados

Es algo que no soportan. Por eso su violencia. En junio de 1951 un demcrata, Harry Truman, ocupaba la Casa Blanca. Sin rechinar, se dedic a la lucha contra el comunismo y la Unin Sovitica, a la defensa del imperio y de las ganancias de General Electric. Sin embargo, ante los ojos de una fraccin importante del electorado republicano no haba nada que hacer, era un traidor. El senador Joseph McCarthy se expres as: No se comprende nada de la situacin actual si no se capta el hecho de que los hombres colocados en los ms altos escalones del Estado se ponen de acuerdo para conducirnos al desastre. Es una conspiracin tan inmensa que relega a la condicin de polvo a todo lo que la ha precedido en la historia. Una conspiracin tan infame que, cuando se la haya develado, su responsable merecer ser maldecido por siempre por todos los hombres honestos. Durante cuatro aos, el senador de Wisconsin aterroriz en todo el pas a los progresistas, artistas o sindicalistas, y tambin a los principales responsables del Estado, incluyendo a los militares.

No estamos ahora en esa situacin. Sin embargo, el aire est viciado otra vez por la paranoia de los militantes de derecha, llevada hasta la incandescencia por los talk shows en la radio, la informacin continua de Fox News, los editoriales de The Wall Street Journal, las iglesias fundamentalistas y los rumores delirantes que distribuye internet. Semejante batahola invade los espritus e impide pensar en otra cosa. As, millones de estadounidenses apasionados por la poltica estn siendo convencidos de que su Presidente minti sobre su estado civil, sobre su ciudadana, y que por haber nacido en el extranjero no poda ser elegido como Presidente. Juran que su victoria, a pesar de haber sido obtenida con 8.500.000 votos de ventaja, es el producto de un fraude, de una conspiracin tan inmensa.

La idea de tener como dirigente a un hombre que pas dos aos en Indonesia en una escuela musulmana, un ex militante de izquierda, un cosmopolita, un intelectual, los conmociona (1). Creen firmemente que la reforma del sistema de salud servir de preludio a la creacin de tribunales de la muerte encargados de designar a los enfermos que podrn ser atendidos. Estos batallones sobreexcitados constituyen el ncleo duro del Partido Republicano. Mantienen bajo su frula a los representantes electos con los cuales el buen centrista Obama contaba negociar su poltica de reactivacin, su reforma del seguro de salud y la regulacin de las finanzas.

La futilidad de tal esperanza qued confirmada sin demora. Menos de un mes despus de la llegada del nuevo Presidente a la Casa Blanca, su plan de aumento de los gastos pblicos no obtuvo el apoyo de ninguno de los 177 parlamentarios republicanos de la Cmara de Representantes. En noviembre fue el turno de la reforma del sistema de salud: esta vez, un nico diputado de la oposicin se uni a la mayora demcrata. Finalmente, en diciembre, la legislacin destinada a proteger a los consumidores contra las prcticas abusivas de los organismos de crdito tambin fue aprobada por la Cmara de Representantes sin ningn voto republicano. Sin embargo, en todos los casos los textos presentados fueron corregidos con la esperanza de que el Presidente pudiera hacer gala de su espritu de apertura

En el caso de las finanzas, nadie sabe todava a qu se parece la ley a cuyo pie Obama colocar su firma. En efecto, basta con que cuarenta de los cien senadores se opongan a votarla para que la discusin se prolongue indefinidamente. Como los republicanos son cuarenta, cada uno de ellos y cada demcrata feln puede tasar su apoyo a buen precio. Uno de estos ltimos, Joseph Lieberman, que ya antes haba llamado a votar por John McCain en 2008, pudo as obstruir la creacin de una opcin pblica destinada a los estadounidenses que no tienen ninguna cobertura mdica. Las compaas de seguros privadas estn entre los principales prestadores de fondos del senador Lieberman

El 28 de septiembre de 2008, cuando un plan de salvataje a los bancos aprobado por el candidato Obama iba a brindarles una ayuda de urgencia de 700.000 millones de dlares, un parlamentario de izquierda, Dennis Kucinich, interpel a sus colegas: Nosotros somos el Congreso de Estados Unidos o el Consejo de Administracin de Goldman Sachs?. La pregunta sigue siendo bastante pertinente como para que el Presidente estadounidense recientemente haya juzgado til precisar: Yo no hice campaa para ayudar a los grandes bonetes de Wall Street. Sin embargo, en 2008, Goldman Sachs, Citigroup, JPMorgan, UBS y Morgan Stanley figuraban en la lista de los veinte principales aportantes de fondos para su campaa (2). Una frase del periodista William Greider resume la situacin: Los demcratas estn ante un dilema: pueden servir al inters pblico sin disgustar a los banqueros que financian sus campaas? (3).

El imperio del dlar

Es reformable Estados Unidos? Se pretende que su sistema est caracterizado por el equilibrio de poderes. En realidad, el sistema consiste en una multiplicacin de escalones en todos los cuales reina el dlar. En 2008, millones de jvenes se lanzaron a la batalla poltica dando por descontado que con este Presidente ya nada sera como antes. Pero he aqu que l tambin se comporta como un traficante, compra un voto que, de no hacerlo, podra faltarle, corteja a un representante electo que desprecia. Podra actuar de otra manera? La personalidad de un hombre no pesa demasiado ante la tirana de las estructuras, sobre todo cuando la oposicin se muestra histrica y el movimiento popular se resume en sindicatos que se estn desarmando, militantes negros cooptados por el Ejecutivo y blogueros engredos que creen que la militancia se hace detrs de un teclado. Ahora bien, en Estados Unidos un cambio progresivo del curso de las cosas exige un alineamiento casi perfecto de los planetas. En cambio, para reducir los impuestos de los ricos Reagan ni siquiera necesit una mayora de parlamentarios republicanos

La biografa de Obama hizo nacer un malentendido. Por un lado, porque concentr sobre l todas las luces y todas las expectativas. Y por otro, porque este Presidente de Estados Unidos ya no se parece, desde hace mucho, al adolescente radical que describe en sus Memorias. El que asista a conferencias socialistas y trabajaba en Harlem para una asociacin cercana a Ralph Nader. Tampoco tiene nada que ver con el militante afro americano que con el fin de evitar ser considerado un traidor, seleccionaba sus amigos con cuidado. A los estudiantes negros ms activistas. A los estudiantes extranjeros. A los chicanos. A los profesores marxistas, los estructuralistas-feministas y los poetas del punk y del rock. Fumbamos cigarrillos y nos ponamos camperas de cuero. A la noche, en los dormitorios, discutamos sobre el neocolonialismo, sobre Franz Fanon, el etnocentrismo europeo y el patriarcado (4).

Para los republicanos, ese pasado prueba que el hombre es peligroso, extrao a la cultura individualista del pas, complaciente hacia los enemigos de la libertad y, para comenzar, dispuesto a socializar el sistema de salud estadounidense. Por su lado, una parte de los militantes demcratas esperan que su Presidente, que por el momento los decepciona, no dude en implementar, tan pronto como pueda, una poltica ms progresista; y que sa es su voluntad. La aprensin de los unos atiza la esperanza de los otros. Sin embargo, parafraseando la expresin del periodista Alexander Cockburn, la izquierda que inspecciona las entraas de los textos presentados al Congreso para encontrar en ellos la ms mnima huella de victoria, sabe que el tiempo apremia, porque las elecciones legislativas de noviembre prximo, que podran llevarse a cabo en un clima econmico moroso, van a aclarar las filas de los representantes demcratas.

La personalizacin del poder

En definitiva, se habla demasiado de Obama. El hombre ha adquirido los rasgos de un demiurgo al que se considera capaz de domar a las fuerzas sociales, las instituciones, los intereses. Esta personalizacin inmadura del poder caracteriza tambin a Francia e Italia, pero all el diablo anida del otro lado; si se cae, la izquierda estar salvada Hace alrededor de medio siglo, el historiador estadounidense Richard Hofstadter populariz la expresin estilo paranoico para representar un humor poltico de este tipo. En ese momento, pensaba sobre todo en la derecha macartista y en sus sucedneos inmediatos, pero tambin pretenda que, con el correr de los aos, su tipo ideal encontrara otras aplicaciones.

Henos aqu. El auge del individualismo, la pereza intelectual, la deriva histrica de los debates, el papel deletreo de los medios y tambin la declinacin del marxismo han generalizado la ilusin segn la cual, como lo explicaba Hofstadter en 1963, el enemigo no est, contrariamente a todos nosotros, sometido a la gran mecnica de la historia, vctima de su pasado, de sus deseos, de sus lmites. Es un agente libre, activo, diablico. () Fabrica las crisis, desencadena las quiebras bancarias, provoca la depresin, produce desastres, enseguida se deleita y luego aprovecha la miseria que ha provocado (5). Un animador de radio ultraconservador, Rush Limbaugh, replica que algunos partidarios de Obama lo toman por el Mesas. Y no est equivocado. Pero por qu persiste en denunciar cada da al Anticristo?

En el fondo, el milagro de la eleccin de noviembre de 2008 podra habernos hecho recordar que los milagros no existen. Y que el destino de Estados Unidos no se confunde con la personalidad de un hombre ni con la voluntad de un Presidente.

1 Vase Serge Halimi, El pueblo contra los intelectuales, Le Monde diplomatique, edicin chilena, mayo de 2006.

2 Segn el Center for Responsive Politics, vase Top contributors to Barack Obama, www.opensecrets.org

3 William Greider, The Money Mans Best Friend, The Nation, Nueva York, 30-11-09.

4 Barack Obama, Dreams from My Father, Crown Books, Nueva York, 2004, p. 100.

5 Richard Hofstadter, The Paranoid Style in American Politics, Alfred Knopf, Nueva York, 1966, p. 32.


Serge Halimi es Director de Le Monde diplomatique.

Traduccin: Luca Vera

Fuente original: http://www.lemondediplomatique.cl/El-combate-de-Le-Monde,36.html



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