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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 21-01-2010

Podemos fiarnos de los desconocidos?

Santiago Alba Rico
Atlntica XXII (Asturias)


La habitabilidad material del mundo es sobre todo una cuestin de confianza. La pugna y la sospecha son siempre secundarios o reactivos; y la economa y la poltica, que determinan su curso, explotan la credulidad constructiva de una humanidad a la que sorprenden una bombilla fundida y una caera vaca, pues esperamos ingenuamente que se encienda la luz al presionar el interruptor y salga agua al abrir el grifo. Todo se sostiene con una cierta estabilidad, y todo se reproduce con una cierta continuidad, gracias a la ilusin individual de que, mientras nosotros dudamos, el otro sabe lo que se trae entre manos; y de que, si nosotros confeccionamos chapuzas provisionales, nuestro compaero, nuestro vecino, nuestro fontanero, saben bien lo que se hacen. Estamos seguros de que los padres saben cuidar a sus hijos, de que el paseante no nos va a mentir si le preguntamos la hora, de que el mdico quiere curarnos, de que el puente no va a caerse, de que la silla va a soportar nuestro peso, de que el picaporte va a ceder a nuestro empuje. Si Gian Battista Vico, el filsofo italiano dieciochesco, tena razn y slo conocemos de verdad lo que nosotros mismos hacemos, hay que admitir que nuestra vida cotidiana consiste -y slo es posible por ello- en una radical confianza en lo desconocido, en una fe ciega en millones de desconocidos que han levantado nuestras casas, instalado nuestros telfonos, fabricado nuestros coches, construido nuestras carreteras (y preparado, desde que somos pequeos, nuestras comidas, remendado nuestros vestidos, curado nuestras heridas).

La confianza es lo primero. Y la primera confianza tiene que ver con la naturaleza. Confiamos en que volver a salir el sol, en que el suelo no desaparecer bajo nuestros pies, en que el aire llegar a nuestros pulmones, en que las montaas no se vendrn abajo, en que el agua correr entre los guijarros del torrente.

Puede parecer de entrada paradjico, pero lo contrario de la confianza es la religin, al menos en sus versiones extremas, que son muchas veces laicas. El cristianismo -al igual que el resto de las doctrinas cosmofbicas- sospecha de las apariencias; es decir, de las cosas que aparecen; es decir, de las cosas que parecen ellas mismas: el mundo es una pantalla donde se proyectan slo sombras y los objetos que introduce vanidosamente el hombre deben ser disueltos en el nico principio constituyente: Dios. Esta primaca mstica del momento constituyente es compartida por la religin y por el capitalismo y algunas veces ha sido y sigue siendo reivindicada tambin por la izquierda. El Marx juvenil, por ejemplo, confunda cosificacin y fetichismo y condenaba, como Kohelet y San Jernimo, los objetos manufacturados mismos como fuente de alienacin negativa. Pero no hay nada malo en alienar, ni siquiera industrialmente, nuestro trabajo vivo; no hay nada malo en que la energa biolgica o mental se cosifique para convertirse precisamente en cosa: una silla, un coche, un puente, una ley, una institucin. Una parte de la izquierda, en nombre de la participacin, contra la idea de representacin, insiste en el carcter liberador de los procesos inacabados, de las obras en construccin, de las criaturas siempre crudas que hierven y hierven sin terminar nunca de hacerse.

El peligro no es la confianza en lo desconocido, la confianza en los desconocidos. Esa debe seguir siendo la base de un mundo cuya divisin del trabajo y complejidad tecnolgica, con independencia de su orientacin econmica, nos pone cada vez ms a merced de los otros. Entre la arqueologa y la biologa, est la sociedad, compuesta a partes iguales de cosas hechas y cosas por hacer, de decisiones ya tomadas y decisiones por tomar. La ciencia tiene que estar siempre en construccin; una casa no. La vida -la lucha misma- tiene que estar siempre sin hacer del todo: una camisa o un cuento no. Los cientficos ms rigurosos confan en los albailes que han levantado las cuatro paredes de su laboratorio y los revolucionarios ms incansables confan en que el guiso que cuecen en el fogn estar preparado antes del triunfo de su causa. No me parece mal que el trabajo vivo de los zapateros se convierta -el ms hermoso cuento de hadas- en zapatos; no me parece mal que nuestros zapatos los haga un zapatero y nuestras casas un albail y nuestras lavadora un obrero especializado. Lo que me parece mal -lo que est mal- es que el zapatero, el albail y el obrero no sean dueos de sus cuerpos, de sus instrumentos de trabajo, de sus cabezas y, por lo tanto, del tiempo necesario para desconfiar, no de los fontaneros, los electricistas y los mecnicos, sino de las causas de esta privacin. No me parece mal que la libertad viva de los ciudadanos -la magia ms maravillosa- se convierta en leyes, instituciones y parlamentos. Lo que me parece mal -lo que est mal- es que nuestras leyes no nos defiendan, nuestras instituciones no nos protejan y nuestros parlamentos no nos representen y que, por este motivo, hayamos acabado desconfiando, no de sus secuestradores, sino de la poltica misma. Y que precisamente por eso hayamos aceptado convertir en una especialidad lo que, al contrario de lo que ocurre con las naves y los zapatos y segn el reparto que hizo Zeus de los saberes in illo tempore, es la nica cosa -la poltica- que todos podemos conocer y que no debemos dejar en manos de desconocidos.

El capitalismo se reproduce socialmente, en la medida en que todava es sociedad , gracias a la confianza radical de los humanos en las cosas visibles y en los desconocidos invisibles que las han hecho. Debemos proteger esa confianza para tiempos mejores y protegerla precisamente de una fuerza siempre constituyente, siempre destituyente, que disuelve sin parar todo lo visible, que desacredita y vuelve amenazadores a los desconocidos y que, por eso mismo, cuestiona los fundamentos mismos del mundo y su supervivencia. Hoy -como lo prueba la intil y agorera cumbre de Copenhague- est a punto de ocurrir lo ms increble: que dejemos de creer no slo en la hora que marcan nuestros relojes y en las medicinas que prescriben nuestros mdicos sino tambin, ms radicalmente an, en la estabilidad de la tierra, en la seguridad del aire y hasta en la prxima salida del sol.

http://www.atlanticaxxii.com/

 

Rebelin ha publicado este artculo a peticin expresa del autor, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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