| O P I N I O N |
5 de marzo de 2004 |
Jorge Cappa
Rebelión
Es una máxima del capitalismo : sólo vale lo que vende, lo que produce
beneficios, lo que da dinero, lo que es útil.
Vivimos en una era que ha asumido al dictado esta premisa, y en esta
sociedad de consumo todo está en venta : desde las armas o los parques
naturales hasta llegar a la intimidad, las promesas o la dignidad, hay un
largo y variado recorrido de actividades, objetos, personas y cualidades
morales con un precio sellado en la espalda. Por eso no es nada extraño que
los políticos, que viven cada vez más apoltronados en la hipocresía y
disfrazados en el cinismo para esconder sus verdaderos intereses, hablen en
estos días sin reparo alguno de la utilidad de los votos; de la utilidad que
tiene para su propio triunfo, claro está.
Alguien, alguna vez, seguramente hace demasiado tiempo, escribió en algún
diccionario que la democracia significaba la participación del pueblo en el
gobierno. Hoy, mucho tiempo después, podemos ver como la democracia, en su
sentido práctico, ha cambiado de significado, mutándose hasta llegar a ser
lo que es ahora, la participación ciudadana en el día de las elecciones.
Los tiempos cambian, es evidente, y quizá llegue el día en que no nos sea
extraño que la aplicación del concepto de democracia no ya elimine su
sentido original, sino que, como todo está en venta, sirva para comprar la
voluntad de esa participación electoral, y que lo que ha votado la gente
cambie súbitamente, como bien saben, por ejemplo, los vomitivos tránsfugas
Tamayo y Sáez.
Si el sentido de democracia ha cambiado, si lo único que hace la gente es ir
a votar un día cada cuatro años, y si encima y para colmo lo que vota puede
ser comprado o vendible por los que salen elegidos o por grupos de poder que
condicionan la vida política, no nos debe extrañar que ésta se haya
convertido en un show (que encima le es enormemente rentable a los medios de
comunicación) , y que los políticos tengan la desfachatez de vendernos su
lavadora como la única opción posible, como el voto incuestionablemente
útil.
Hace unos días, Ralph Nader, líder del partido ecologista en Estados Unidos,
manifestó su sana intención de presentarse a las elecciones presidenciales
de Noviembre en su país,
y las críticas que desde el propio sector demócrata se le han hecho
incriminatoria e incesantemente son, posiblemente, perfectamente
homologables a lo que el PSOE ya está haciendo con Izquierda Unida, o como
lo que hizo flagrantemente con Mendiluce ( Los Verdes ) hace unos meses,
partido el cual ya se ha sometido al deseo del poderoso de que abandone y se
pliegue a él, ante las elecciones de dentro de unos días en España.
Bajo los lemas " Hay que echar a Bush de la Casa Blanca como sea " y "
Para que no gane el PP " , que se comentan y difunden propagandísticamente
entre la población, el Partido Demócrata de Estados Unidos y el Partido
Socialista de España, reclaman, en definitiva, lo que llaman el voto útil,
el voto para ellos, y esta autopotestad exclusivista que se regalan,
convertida en bandera de su reclamo electoral, habla de una utilidad con
mucha apariencia, pero sin un verdadero fondo de utilidad para el cambio que
proclaman. Esconde el peligro que supondría la posibilidad de que, tras
conseguir estos partidos las metas que proponen sus esloganes callejeros,
nos encontrásemos un mensaje hueco, topando con la triste realidad de
parecidos programáticos, de prácticas políticas afines, en especial en lo
económico ( y lo sustancial que esto engloba ) , que supondrían un grave
freno para ese necesario cambio que hoy en día se hace evidente para una
mayoría.
Cuando el sistema político de un país se acomoda en los intereses del
bipartidismo, ocurre que al final los dos partidos en cuestión defienden
programas semejantes, representando a grupos de interés, y no a la
ciudadanía. Ocurre porque no sienten la necesaria presión del reclamo,
porque no hay ninguna otra fuerza política que les haga sombra, pudiendo así
sentirse incuestionables en el poder, y acomodándose en la silenciosa tarea
de no tener que rendirle cuentas a nadie más que a sus avalistas
financieros.
Cuando el sentido de la democracia se reduce en la práctica a depositar un
voto a elegir mayormente ( siendo sinceros ) , entre los dos únicos partidos
que ocupan el 90% de la publicidad y difusión mediática ( la cual está
controlada, por otra parte, por las grandes empresas que financian y
condicionan a esos dos respectivos partidos ) , las diferencias derivadas de
su resultado se reducirán en la realidad a aspectos que no alteren lo
sustancial o inherente del sistema, en lo cual coinciden en su base ambos
partidos, porque es ese sistema el que los sustenta y les da difusión y
poder.
Es por eso, cuando se acepta en la sociedad que el perro sea siempre el
mismo, y que lo que los ciudadanos deban hacer sea sólo elegir comprar el
collar entre una de las dos empresas que los fabrica, por lo que los
supuestos defensores de la "izquierda", los que pregonan por el "cambio" ,
se creen los dueños exclusivos de esa izquierda y de ese cambio, y tienen
la desvergüenza de reclamar a los partidos pequeños que se retiren de la
escena política ante las elecciones.
En este mundo, donde lo útil es convertido a la fuerza en patrimonio de la
humanidad, los poderes multinacionales y económicos que manejan a los
partidos políticos pretenden legitimarse no ya sólo en ese falso libre
mercado ( que produce monopolios descomunales ) , sino que pretenden hacerlo
también, y más en una campaña electoral, comprando mentes, comprando
ideologías, y es por ello que nos hablan con ese descaro del mal llamado
voto útil.
¿ Voto útil para qué ? , y más aún, ¿ para quién ?.
Vivimos en un peligroso momento de creciente descontento, desconfianza y
desinterés popular ante la política, donde lo cada vez más frecuente es que
la gente vea la política como espectadora de una actividad que les resulta
tan ajena como técnica, tan falsa como inenetendible. Eso no es casual. Si
la gente es así y los gobiernos lo consienten es por algo;
¿ quien les va a reclamar a éstos sobre algo que no le interesa al pueblo,
que cree que es algo exclusivamente para gente especializada y sobre lo que
no entienden? ; ¿ con qué peso social?.
Es justo ahora cuando más se debe luchar contra que los ciudadanos se
conviertan en votantes de partido y no de ideología, en una masa que sigue a
un líder que la libre del esfuerzo de tener que implicarse en lo que le
conviene a todos, bajo un apreciable espíritu derrotista y conformista
asumido de antemano.
El bipartidismo hace que la mayoría de la gente sienta que elige al que
considera menos malo; ¿ y en esto consiste la democracia ?. Churchill dijo
que la democracia es el sistema político menos malo. Sin duda tenía razón,
pero, ¿ debe ser aceptado y alentado como útil para la democracia que un
partido quiera comprar intenciones de voto pretendiendo eliminar de la vida
política a otros partidos que, al menos, merecen la misma consideración y el
mismo respeto que ellos?.
¿ Se tiene que aceptar como útil que quienes pretenden combatir contra las
actitudes imperialistas y autoritarias de los actuales gobiernos de sus
respectivos paises, hablando de progreso, de cambio, de talante democrático
e integrador, comiencen por denostar a otros partidos políticos que buscan
un espacio de representatividad social ?.
¿ Es el bipartidismo, tan asentado en cada vez más paises y al que tendemos
en su plenitud, la práctica de distribución política menos mala ? .
Yo creo que no, y me parece que es necesario recuperar con firmeza el
verdadero sentido de la democracia, donde el pueblo, participando en su
gobierno, pueda libremente asociarse y encontrar el refrendo a sus intereses
como sociedad en diferentes partidos políticos, que no sólo escuchen sus
reclamos, sino que lleven a cabo la verdadera y transparente voluntad de
quien representan.
Esta sospechosa teoría del voto útil lo que pretende es que olvidemos la
gran y sana utilidad democrática que produce la diversidad política, el
debate, y sobre todo el cuestionamiento.
Cuando los teóricos demócratas de la supuesta izquierda pretenden erradicar
a los partidos pequeños, lo que quieren es evitar que haya grupos políticos
que cuestionen sobre los asuntos a los que ellos no se atreven a
enfrentarse, tales como la esencia del capitalismo, las privatizaciones, los
contratos temporales, el excesivo gasto militar, los incumplimientos
medioambientales, la manipulación mediática y el poder de las
multinacionales y las bancas sobre las decisiones políticas.
Estos partidos, que se adueñan del término cambio para tapar a los que sí
pretenden llevarlo a cabo, lo que no quieren es que se descubra, a base de
indagar y hacer saber a la gente con documentos que logren al fín la
difusión pública, que tras esa máscara de cambio se esconden los mismos
patrones, pero vendedores de otra marca de collares para perros, que dirigen
y sustentan las prácticas políticas más conservadoras de un sistema que es
cada vez más excluyente y con ello a la vez cada vez más favorable para sus
propios y particulares intereses.
Con este reduccionismo político al que nos llevan inevitablemente los nuevos
tiempos, se busca descaradamente que el pueblo quede cada vez más al margen
de ese gobierno en donde por definición debería participar, y donde en la
práctica no solo no tiene interés en lo que pasa y en quien decide sobre su
propia vida, sino que se resigna a tener que votar a alguien en quien no
cree, con el fín de que no gane el otro a quien odia.
Los ciudadanos se han convertido en simples clientes que compran o no las
ofertas que les venden esos entes extraños que se llaman partidos políticos.
Así, la democracia pierde su sentido, y no hace más que irse encerrando cada
vez más en un callejón en el que sólo encuentran salida los pudientes grupos
hegemónicos.
El gran valor político y electoral de los partidos minoritarios reside en su
mayor libertad para poder presionar a los partidos mayoritarios en el
cumplimiento de sus promesas, y para poder cuestionar y luchar por todo lo
que queda sin tratar por ellos.
Hay que recalcar con fuerza y convicción que el voto es útil cuando sirve
para cambiar las cosas sustancialmente a mejor, porque si sólo vale para que
vayan un poco menos mal, lo que hacemos es dar por bueno lo que debería ser
profundamente cuestionable y mejorable.
El voto es útil cuando incide en que el cambio lo sea de verdad, cuando
dignifica su valor como una de las muchísimas prácticas democráticas a
desarrollar por todos cada cuatro años.
Lo otro es legitimar y convertirse en un cómodo y poco problemático
cómplice, como dice la frase, de que cambie un poco todo para que en el
fondo no cambie nada.