| O P I N I O N |
6 de mayo de 2004 |
Enrique Medina
Rebelión
Tesis: el hombre enfermo.
Antítesis: la diva que entrevista.
Síntesis:
una leyenda cruza la pantalla advirtiendo sobre los derechos de
propiedad.
BOCHORNO 1:
El mejor postor acepta poner los
dólares pactados. Aplastando las flores, los camiones de
televisión entran a la quinta donde se hará el
reportaje entre la diva y dios. La incomodidad para los técnicos
es extrema. Los jefes de equipo recomiendan no hacer destrozos porque
se ha dado la palabra a los dueños. Los muchachos dicen que sí
pero arrojan los cables sucios por encima de los sillones. Uno le
pregunta a otro si estas horas extras ya fueron convenidas. Allá
lejos, en el sillón de tres cuerpos está el hombre
enfermo esperando con las piernas abiertas. Hay gente que lo rodea y
le dice cosas. Cosas que el hombre enfermo ha escuchado desde
siempre. Cosas que en el contexto son banalidades. Banalidades a las
que el hombre enfermo sabe que debe responder con una sonrisa y algún
sonido de su voz a pesar de que le cuesta respirar. Las banalidades
en realidad tienen un fin, buscan entretener, distraer al hombre
enfermo para que no se entere de lo que en otros canales de
televisión están diciendo que el padre del hombre
enfermo ha tenido que ser llevado de urgencia a una clínica.
Un productor aconseja no decirle nada para evitar una emoción
fuerte que le provoque una recaída. Un cameraman ríe
por lo bajo sabiendo la verdad: si el hombre enfermo se llegara a
enterar saldría disparado y al diablo con el programa.
Macho-dios-genio-no-te-mueras-nunca. Banalidades que el padre nunca
escuchó porque su papel es el de asumir: asumir el triunfo del
hijo, la felicidad del hijo, la caída del hijo, la desunión
familiar, la estafa del amigo, la nieta llorando en la pantalla
respirando igual que el hombre enfermo. Asumió tanto el padre
que quiere estar en su lugar, enfermarse él con tal de que el
hombre enfermo, su hijo, deje de estarlo. La diva ha terminado de
enfundarse, el peluquero pretende lo imposible y el director exige
silencio a los gritos, ¡ya venimos! La diva pide un almohadón
más porque se hunde. ¡Silencio, luces, voy! Se prende la
luz roja de la cámara y la diva, aún acomodándose
con fastidio por el apurón, anuncia la presencia del hombre
enfermo en breves instantes. Pero antes emiten el bloque de preguntas
y respuestas y todo eso que llena espacio y da tiempo para ordenar el
improvisado reportaje que tendrá un rating de esos y dará
la vuelta al mundo. La diva acude al hombre enfermo, se saludan con
besitos. Déjennos solos. Ella y el asistente le explican. Él
asiente, él, el hombre enfermo y gordo que días atrás
estaba entubado, en terapia intensiva y que por ser dios se fue de la
clínica con la arrogancia de un dios. Asiente y respira hondo
y mira hacia arriba buscando expandir el pecho. ¿Estás
bien? Estoy bien. Los acomodan para el reportaje. Reflectores.
¡Venimos! La diva que alguna vez preguntó si aún
hay dinosaurios vivos, sabiéndose involucrada en el bochorno
no sabe qué preguntar, entonces deja que el hombre enfermo
haga lo suyo, para eso se le paga, para que actúe, ¿o
acaso la vida no es un show? Y él se esfuerza por interpretar
su papel, por redituar la inversión: gesticula, sonríe,
piensa, cierra los ojos o se esfuerza por abrirlos, se va, vuelve,
tiene tantas vidas en la cabeza que no termina de encarrilar un
discurso, levanta la copa de champán, bebe, agradece, estuve
por morir, mis hijas. La diva promueve el dislate preguntándole
por el estafador. Insiste en el dislate aseverando que lo ve bien,
más flaco, él responde con chispa, viajar por el mundo,
cubanos pero soy argentino, aprieta un buzo que le han regalado, besa
el buzo correspondiendo al cariño, palabras y palabras de un
ser perdido que busca impactar con soltura y brillar y seducir a la
diva y estar a la altura de lo que se espera de él, aunque
sólo consigue la piedad. Iré a Irak dice él,
entonces ella redondea el colmo y propone un viaje juntos a Irak y
hacer un programa desde allá. Y se termina. Todo se termina en
la vida, piensa el hombre enfermo al que le han sacado el jugo. Con
la cabeza colgando igual que Marat en la bañera, mira el
monitor agradeciendo el fin del programa, pero no, no, aún
falta algo, falta la tortura. Con entereza la acepta: el programa se
va cerrando con imágenes de un muchachito a los saltos,
gambeteando, goleando, levantando los brazos a la tribuna, elevando
la copa, campeón, el mejor, el mejor del mundo. Con la
displicencia de un torturador exquisito los dedos del director
ponchean musicalmente el rostro congestionado de hoy versus las
imágenes del muchachito que sumó y sumó hasta
ser dios, hasta ser este hombre enfermo y gordo que aguanta el llanto
porque hay que cuidar la imagen, obligación que no tienen los
televidentes y por eso lagrimean.
BOCHORNO 2
Los movileros acercan gente a la entrada de la quinta en la que el hombre enfermo, rodeado de sus amigos, intenta descansar luego del reportaje. Se interrumpen los programas televisivos, y aparecen flashes presentando a los primeros fanáticos.
Llegan muchos caraduras, simulan estar preocupados cuando en realidad buscan mostrarse en televisión. Una hincha en muletas obliga al hombre enfermo a salir a recibirla. Con rostro feliz, un movilero muestra el chico que le ha regalado el buzo y le pide al hombre enfermo, por cámara, que lo reciba (para hacer la nota).
El hombre enfermo, cargado de cansancio, falto de aire y paseando mal abrigado al no poder dormir, en vez de responder a los balazos o usar la manguera de agua, envía medialunas a quienes lo acosan y, con gesto oriental, saluda a cámara.
Luego del asado con vino tinto y una ducha de agua fría, el médico amigo debe llamar una ambulancia. El hombre enfermo se niega a volver a la clínica de la que hace unos días se dio el alta. La ambulancia retorna vacía pero al rato es vuelta a llamar. El hombre enfermo es nuevamente internado en terapia intensiva. Los partes médicos son estúpidos e irrespetuosos. Lo mismo que la mass-media sacando provecho. Macho-dios-genio-no-te-mueras-nunca.
BOCHORNO 3
Una información poco destacada afirma que el padre del hombre enfermo saldría de la clínica. Los escribas más calificados son urgidos por los jefes de redacción para que escriban la necrológica.
Tesis: un hombre busca el suicidio.
Antítesis: porque te quiero te aporreo.
Síntesis: lo están matando.