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L A   P Á G I N A   D E   P E T R A S 

22 de diciembre de 2003

El Rey de Babilonia y el nacimiento del Salvador en Belén

James Petras
Traducido para Rebelión por Manuel Talens

Su abuelo era un inmigrante de Palestina. Su padre, un comerciante de piedras preciosas en Bagdad. Él, en su juventud, fue halterófilo olímpico. En su ciudad lo llamaban «El Rey».

Una noche, recibió un mensaje del exterior, según el cual iba a nacer un niño que salvaría a su pueblo de las siete plagas: ocupación extranjera, hambre, enfermedades, dictadores, el pueblo elegido, dirigentes fantoches y desempleo. Le ordenaba que siguiera una estrella brillante para dar la bienvenida al Salvador.

El viaje a través de Babilonia era peligroso a causa de la ocupación extranjera. Necesitaba disfrazarse de colaborador, pero ¿dónde conseguir la vestimenta? Un policía murió estrangulado en el vecindario y apareció sin uniforme. Éste sólo le fue útil hasta el centro de la ciudad, donde los soldados de las fuerzas de ocupación podrían detenerlo. Para evitarlo, se afilió al Partido Fantoche y obtuvo un salvoconducto. Llegó a la frontera confundido entre los soldados. Presenció el asesinato de un niño de nueve años, la violación de una muchacha, la desnudez forzada de una madre ante su hijo y el ultraje de la hija.

Una tarde, un soldado solitario le dio el alto y maldijo a su pueblo. Sin decir palabra, El Rey lo estranguló. Eran todos iguales: blancos o negros, españoles o polacos, estaban allí para la conquista y el pillaje.

Por la noche, la estrella lo llamó. Pasó a Siria. En el camino a Damasco, gentes extranjeras lo invitaron a compartir pan y carne de cabra con voluntarios que viajaban a su país para unirse a la resistencia.

En la frontera de Israel, disfrazado de comerciante hebreo, adujo que había huido de la opresión de los terroristas árabes y musulmanes. Cuando llegó a la Tierra Prometida, vio un muro faraónico custodiado por soldados con ametralladoras.

Se dirigió hacia el sur por una nueva autopista. A lo lejos, contempló casas destruidas y pilas de troncos y ramas de olivos, limoneros y naranjos, convertidos en leña para calentar a palestinos desahuciados sin hogar.

Es de noche, víspera del 24 de diciembre y hace mucho frío. Aún va ataviado de comerciante de joyas hebreo.

El Rey está seguro de que vigilan cada uno de sus pasos, pero confía en el Espíritu Santo y en su ingenio.

Ni es hebreo ni comerciante, pero lleva joyas e incienso y parece un forzudo de circo –informó el oficial judío del puesto fronterizo a su superior militar en Tel Aviv.

Déjelo pasar. Nos conducirá al nido de víboras y allí los mataremos a todos –le ordenó.

A la mañana siguiente, El Rey siguió camino por la autopista. A un lado había hermosos jardines, piscinas, pistas de tenis e invernaderos con tomates maduros, al cuidado de inmigrantes de países pobres; al otro, tierras yermas, veredas polvorientas, pozos secos y unos cuantos pastores que guardaban cabras en colinas de escasa vegetación.

Entró en la ciudad de Jerusalén. Desde la estación terminal de autobuses anduvo por calles estrechas y entró en una tienda para comprar un bonete negro de terciopelo que hiciera juego con su barba y su vestimenta. Un taxista lo llevó a Belén. Las calles estaban repletas de coches y transeúntes, los cafés y las pizzerías atiborradas de jóvenes que escuchaban música ruidosa, mientras que santos varones con sombreros negros se abrían paso a codazos entre la muchedumbre.

Conforme avanzaba por las calles de la ciudad, vio los rostros pintarrajeados de rubias polacas, ucranianas y rusas, recostadas en los soportales de las casas, con provocativos vestidos de faldas cortísimas. Vio criadas filipinas que llevaban bolsas de la compra a la zaga de señoras con abrigos caros y botas de cuero.

Sabía que no viajaba solo.

Una larga cola de palestinos soportaba el frío de medianoche ante un puesto de control a las afueras de Belén: trabajadores, familias y, junto a ellos, un grupo de hombres y mujeres medio desnudos, sometidos a interrogatorios y cacheos. El Rey no exteriorizó lo que sentía, pero reconoció cada acto, cada ignominia: aquellas fuerzas de ocupación eran la misma gente que en Babilonia. Una vez escaneados sus documentos, le permitieron pasar, mientras los demás permanecían allí, ahítos de sorpresa y de ira.

Los judíos sólo se preocupan de los judíos –refunfuñó un viejo árabe.

El Rey no sonrió.

Las calles de Belén estaban en silencio y el cielo encapotado. Pasó por la plaza y por el lugar donde en otros tiempos hubo una iglesia memorable. Alzó la vista y la estrella se le apareció entre las nubes. Enfrente había un pequeño edificio con un signo en lengua árabe: «Hospital de Belén».

Mientras entraba, el reloj dio la medianoche. El personal se asustó al ver a aquel hombre cetrino, barbudo, musculoso, con un bonete en la cabeza.

Un colono –gritó la recepcionista–. ¿Qué quiere? –le preguntó.

Vengo a visitar al Salvador –contestó El Rey–. Le traigo regalos de incienso y joyas.

La recepcionista señaló su bonete y El Rey se lo quitó.

¿Cómo se llama su Salvador? –le preguntó.

El Rey estaba mencionando los nombres de María y José de Nazaret y del recién nacido Jesús cuando entraron otros dos extranjeros, que también buscaban al Salvador. Los tres Reyes se abrazaron.

En la penumbra del pasillo se escuchó el llanto del recién nacido. El hospital olía a química y orina.

Apenas cupieron en la diminuta habitación donde María amamantaba a Jesús. José, el viejo carpintero, contemplaba a ambos lleno de orgullo y alegría, con su gorro en la mano.

Los tres Reyes inclinaron la cabeza, ensalzaron al Salvador y desataron sus bolsas. El aire se impregnó de un dulce incienso y la habitación resplandeció con las piedras preciosas. El niño Jesús sonrió.

Un estruendo de puertas derribadas, cristales rotos y gritos de pacientes, médicos y enfermeras interrumpió aquel momento de gozo. Se oyeron disparos, órdenes en hebreo y ruido de botas.

Los tres Reyes cerraron filas para proteger a la madre y al Salvador de la violencia. Los soldados israelíes les apuntaron con sus armas, pero ellos no se movieron. El oficial amenazó con abrir fuego.

Entonces, El Rey de Babilonia le dijo en un hebreo defectuoso:

Iremos con usted, pero el Salvador debe quedarse con su madre.

El oficial empezó a ladrar órdenes a sus soldados conforme los tres Reyes abandonaban la habitación. Tiró del cobertor que tapaba a María y dejó al aire sus pechos y su vientre. El niño Jesús rompió a llorar.

El Rey de Babilonia agarró por el brazo al oficial y lo atrajo hacia él. El israelí bramó de dolor.

Cuando los hijos del Salvador cesen de llorar y las tierras ocupadas sean libres, también tú dejarás de dar órdenes, pues tu pueblo tendrá que plantar de nuevo los olivos y cultivar los campos y compartir la tierra y el agua con los palestinos, no lo olvides. Y las putas que habéis traído aquí regresarán con su familias a sus casas, y los filipinos se ocuparán de sus propios hijos y comprarán en sus propios mercados, y tendréis que reconocer que no sois ningún pueblo elegido, sino igual que el resto de la humanidad. Así sea.

El Rey se dio la vuelta y volvió con sus dos camaradas.

Los israelíes anunciaron la captura de tres terroristas extranjeros. El presidente de los bushitas, protectores de los israelíes, los felicitó. Los medios de comunicación diseminaron por el mundo la noticia de su captura.

Fueron torturados durante cuarenta días y cuarenta noches. Se decía que los israelíes y los bushitas colaboraban en Babilonia. Los israelíes compartieron la información, pero no las piedras preciosas. El Rey de Babilonia se negó a hablar. Cuando estaba a punto de dar el último suspiro, sus ojos cavernosos desafiaron a los torturadores israelíes y a sus discípulos bushitas, y de sus labios partidos surgieron estas palabras:

Ocuparéis nuestro país y mataréis inocentes, pero nunca conquistaréis a nuestro pueblo. Seréis expulsados de nuestros campos y nuestras plagas os perseguirán hasta los confines de la tierra.

Luego, expiró. Y aquella noche se escucharon tremendas explosiones desde Babilonia a Palestina. Y el Alto Mando israelí no emitió comunicado alguno, porque, según dicen, también ellos sufrieron muchas bajas.

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