| LUCHA ANTIGLOBALIZACIÓN |
16 de febrero del 2003 |
Esteban Valenti
Bitácora
Todos estamos globalizados. Aún aquellos tres mil millones de seres abandonados
en su miseria; los que pasan hambre, sufren enfermedades de otros siglos, no
tienen agua y la educación es un lujo inalcanzable, están globalizados. También
las víctimas forman parte del paisaje. O peor, sin las víctimas, esta
globalización no sería posible.
Pero mucho más paradójico es el fenómeno a nivel político-cultural. Aún los más
feroces enemigos de la globalización, los que marcharon en Seattle y no han
parado de recorrer el mundo con su protesta, los que nos rebelamos, escribimos,
actuamos y protestamos, estamos todos globalizados. Y no me refiero a nuestros
consumos - en particular culturales -, ni siquiera a nuestras finanzas y
nuestras economías atadas al carro de la globalización; sino a nuestras cabezas,
a nuestras ideas; ésas han sido sutil pero abrumadoramente, globalizadas.
La globalización no nació por los procesos tecnológicos o financieros, o de la
combinación de ambos y de los flujos comerciales y económicos, nació y creció
por un fenómeno principalmente político. Sin un mundo único, con un poder cada
día más unificado no sería posible esta globalización. Ni siquiera hubiera
nacido el concepto mismo de la globalización.
La dama de hierro fue la primera en percibir que había que transformar
profundamente el panorama intelectual e ideológico del mundo. El presidente del
Institute of Economics Affairs, Arthur Seldon, muy cercano a Tatcher, ha escrito
en su libro Capitalismo: "He visto cómo se menospreciaba la herencia intelectual
liberal, calificada de obsoleta superstición; cómo se hacía mofa de los
intelectuales liberales, tachados de enemigos del pueblo y lacayos del
capitalismo; cómo a los jóvenes académicos liberales les volvían la espalda sus
colegas de mentalidad colectivista de las universidades, y cómo, en fin, se
rechazaba a los escritores liberales como a ignorantes sin capacidad de
comprensión...".
Tatcher y Reagan definieron un cuerpo ideológico básico: guerra al Estado,
política monetaria a ultranza, absoluta prioridad antiinflacionista, sustitución
de la política por el mercado, asumir la marginación de los mas débiles como una
ley natural y darwiniana del desarrollo social. El individuo por encima de la
sociedad, y la moral del individualismo y de su éxito sobre cualquier otro
valor. Fue una gigantesca operación política e intelectual. Pero la
globalización fue un fenómeno posterior y necesitaba de algo mucho más profundo
e implicó un cambio de calidad.
Los flujos financieros globales, que circulan diariamente en volúmenes de
ciencia ficción, tienen esencialmente un sustento político: la capacidad y la
necesidad de los centros de poder de controlar y de ejecutar los valores que
allí se expresan. No tiene nada de volátil o de etéreo, son sólidos como el
poder político y militar que les da respaldo.
¿Neoliberal o imperial?
La globalización superó ampliamente cualquier referencia a Adam Smith. Y si
orginalmente se podía hablar de neoliberalismo, hoy ese concepto es insuficiente
e impreciso para definir la globalización. Y la primera derrota la sufrimos
cuando somos imprecisos, cuando asumimos acríticamente las propias ideas y
palabras de los dueños del poder. Esta es una globalización imperial y no neo
liberal. Pronto asistiremos a una demostración más de esta condición: la guerra
en Irak por el control de la segunda reserva petrolera del mundo no está dictada
por los "mercados", sino por la voluntad imperial.
Los monopolios que dominan las principales herramientas de la sociedad de la
información y la propia información - hoy convertida en la principal mercancía -
no son el resultado de las leyes del mercado. El monopolio de ciertas
tecnologías militares y de poder, la inversión de cifras siderales en esos
instrumentos técnicos-militares del poder, no son determinadas por el
"liberalismo" o por un nuevo liberalismo, son expresión de una visión imperial
del mundo. Del mayor y más poderoso imperio que haya conocido la humanidad en
sus sesenta siglos de historia.
¿De qué liberalismo hablamos?, cuando los flujos comerciales son hoy menos
libres que a principios de siglo, y el proteccionismo agrícola, textil,
siderúrgico alcanza la monstruosa cifra de ¡mil millones de dólares diarios de
subsidios!
África subsahariana tiene hoy un porcentaje de comercio exterior sobre producto
interior bruto en torno al 29%, más alto que la media de la OCDE, pero, con
términos de intercambio absolutamente desiguales, que no están determinados por
el "libre" mercado, sino por esa política de subsidios que domina el comercio
mundial.
Envuelto en el sonoro envase del neoliberalismo asistimos a un espíritu
profundamente intervencionista. No para mejorar los excesos del mercado, sino
para imponer, de cualquier manera, los intereses del poder imperial.
Las tendencias dominantes de los flujos financieros no están sólo determinadas
por las tendencias del mercado. ¿O asumiremos cándidamente que las calificadoras
de riesgo y los organismos financieros internacionales son los instrumentos de
la transparencia del mercado? Un puñado de empresas asumió el rol del monopolio
en la orientación de esas corrientes financieras, con procedimientos implacables
para los países del sur y generosos y grotescos para muchas empresas y
corporaciones del norte. ¿Y dónde tienen su sede ese grupo selecto y reducido de
grandes manejadores de fondos? En su inmensa mayoría, en los Estados Unidos.
La relación entre el G-7 y los organismos financieros internacionales tiene
mucho más de "imperial" que de "liberal", en cualquiera de sus acepciones. The
Independent (Londres) va mucho más allá: "De hecho, "globalización" puede ser un
nombre erróneo, porque lo que está pasando no es (...) más que la integración
del mundo en la forma de hacer las cosas de los norteamericanos".
El impulso de los años 80 ya no es suficiente, las fuerzas "impersonales" del
mercado no son capaces de imponer la actual distribución de las riquezas. La
globalización actual es el resultado del cambio político radical que sufrió el
mundo, y sus actuales características sólo podrán modificarse cuando esa
realidad cambie profundamente. No cuando los estados "reasuman" su papel de
regulación y redistribución en detrimento del "maldito" mercado.
Italia - en ese papel muchas veces trágico de avanzada de los más peligrosos
procesos (recordemos 1922) -, nos muestra cómo la combinación de la empresa, el
poder monopólico de los medios de información y la política no es el libre juego
del neoliberalismo, sino el nuevo gran diseño del poder.
Es un profundo error conceptual llamar a esta globalización "neoliberal". Es el
poder político militar del imperio el que la impulsa y le da sustento cultural e
informativo. No es una conspiración de unos pocos, es una visión del mundo de
las grandes corporaciones y del poder político que han construido, a nivel
nacional en Estados Unidos, a nivel global en los organismos multilaterales que
controlan férreamente y a nivel militar con la "nueva" OTAN como el gendarme del
mundo.
Los cuatro jinetes de la derrota
La derrota más importante que han sufrido las fuerzas del progreso - los que en
una enorme gama de posiciones y matices quieren un mundo democrático, respetuoso
de las diversidades, con formas civilizadas y pacíficas de convivencia y, sobre
todo, que no aceptan la enorme fractura planetaria con miles de millones de
seres excluidos -, es el repliegue político cultural. El dominio de la llamada
ideología única. Esa es la globalización generalizada.
Es una ideología que ha utilizado como su principal arma el caballo de Troya. La
derrota es haber aceptado, en el propio campo de los opositores a la
globalización imperial como un elemento definitorio de nuestra civilización,
ciertos valores, principios y conceptos como naturales de nuestra época.
La base de la derrota es la fractura y división de cuatro elementos que han sido
la clave de la lucha por el progreso y que ahora se han transformado en
antagonistas o al menos en planetas independientes, que rotan en órbitas cada
día más alejadas y divergentes.
Es la fractura notoria y universalmente reconocida entre la política - no la
política en general, sino la política progresista -, la sociedad civil en su
acepción más amplia, la academia y la comunicación; ése es el caballo de Troya
de nuestra derrota.
La caída junto al muro de Berlín no sólo de un sistema único, de un partido
único, sino de un haz artificial que quería manejar y monopolizar la verdad, las
ciencias sociales y la comunicación e influyó de manera determinante para que la
explosión confundiera la imprescindible "profundidad crítica" con haberse venido
abajo. Seguimos purgando una culpa del pasado, mientras el actual sistema ha
lavado e inmortalizado olímpicamente todas sus responsabilidades, hasta algunas,
que refulgen hoy, como méritos de una solidez geológica.
Soñar velada o explícitamente con volver a un mundo bipolar o reconstruir las
antiguas y fenecidas relaciones, quiere decir que no aprendimos absolutamente
nada de la historia. Esas son páginas perimidas.
Es necesario construir (no reconstruir) relaciones nuevas entre la lucha
política por un mundo más justo y libre, la sociedad civil organizada y sus
múltiples y descentralizados intereses y formas, los intelectuales y la
comunicación. Sin eso, no hay otro mundo posible.
La política
La globalización imperial no necesita de partidos políticos fuertes,
democráticos y conectados solidamente con la sociedad, por el contrario deja que
la democracia se debilite, se empobrezca. Las cifras del creciente
abstencionismo, del desinterés juvenil y del ghetto donde conviven la miseria y
la absoluta exclusión de la política, no son un diseño liberal, o neoliberal,
son una consecuencia del modelo del dominio imperial.
La globalización imperial podrá dormir tranquila y sin más preocupaciones que
las del "orden público" si la llamada sociedad civil profundiza su fractura con
la política y más en general no participa de formas de gestión - innovadoras,
creativas y diferentes - del poder. Para cambiar, hay que tener poder. Y cambiar
implica llegar a las profundas transformaciones de lo cotidiano, de las
relaciones entre los seres humanos entre sí, con las cosas, con la naturaleza,
con el tiempo y con la historia.
Hay que construir una nueva alianza histórica, diferente y sin pretensiones de
dominio y hegemonía, entre la política y la sociedad, y en particular con la
sociedad organizada. No como correa de transmisión, pero tampoco como barricadas
de difidencias, enfrentamientos y recriminaciones. Esa es también la lección de
Brasil y del triunfo electoral de Lula, y ahora se abre el desafío desde el
gobierno.
Y esta alianza es también, y fundamentalmente, una nueva base social de los
cambios, donde coinciden sectores muchos más amplios que van desde el mundo del
trabajo - como palanca esencial del desarrollo -, los sectores más pobres y
excluidos, los intelectuales, el campo nacional, la empresa nacional y todos
aquellos que no tienen nada para ganar con la globalización imperial. En Brasil
se ha expresado precisamente la más amplia alianza social y política construida
en América Latina para el cambio.
La gran revolución "verde amarelha" será sin duda darle de comer a todos los
brasileños, pero para cumplirla será imprescindible una gran renovación
institucional y de las prácticas políticas, sociales, culturales e informativas
con el protagonismo de toda la "nueva sociedad", con sus fracturas,
desconfianzas y enormes potencialidades, participando en un programa diferente,
y ocupando un lugar en ese proceso.
Si desempolvamos viejas ideas para, desde el púlpito de la política
institucional, fijar las condiciones de este proceso, no sólo no entendimos las
causas de la fractura, sino que sólo lograremos profundizarla y consolidarla.
Los intelectuales
La academia y más en general el mundo de la cultura, luego de décadas de
diversas formas de sometimiento o de relación de dependencia con la política,
hoy se ha "profesionalizado", se ha hecho más "técnica y aséptica". De esa forma
se ha producido un doble empobrecimiento. La política es cada día más un árbol
seco en la gestión o en la lucha por el poder, donde sólo sobreviven los
profesionales y los nostálgicos, y la academia ha perdido tensiones y relaciones
con los temas globales. Mantiene siempre su referencia ética, pero impotente,
castrada de toda capacidad de influir en el poder.
Si la academia, los intelectuales, no asumen en esta nueva época del
conocimiento, de la información, de la ciencia y la tecnología una nueva
articulación con la política, con el poder del cambio, no hay ninguna
alternativa de éxito. No por su capacidad de generar opinión pública, sino por
algo mucho más importante, por la necesidad impostergable de entrelazar mucho
mejor la política y el conocimiento en la nueva época.
"Finalmente, hay que reconocer la responsabilidad particular de los
intelectuales. Depende de ellos, más que de cualquier otra categoría, que la
protesta se desgaste en denuncia sin perspectiva o, por el contrario, que ella
conduzca a la formación de nuevos actores sociales e, indirectamente, a nuevas
políticas económicas y sociales.", dice con acierto Alain Touraine.
El poder global ha logrado elevar la economía al sitial de un tótem, de una
ciencia exacta y precisa, que incluso puede y debe prescindir de la política. El
progreso requiere reapropiarse de la visión de la economía y de la política como
elementos inseparables, y ésta también es una tarea de la política y de la
academia. En nuestros países, esta ideología-práctica de la economía religiosa
ha sido, y sigue siendo, un fracaso estrepitoso.
El poder dominante apuesta a que las tecnologías y un mundo de "información
pura" logrará lo que no lograron siglos de ciencias sociales y de luchas: las
sociedades del conformismo y la quietud.
La información
La propia noción básica del progreso, las grandes conmociones revolucionarias
han tenido siempre una fuerte y particular componente informativa. No hay
revolución sin información. La revolución es un mensaje y, como tal, debe
difundirse. La uniformidad informativa es enemiga de cualquier sentido de
progreso. La información, la comunicación, no es un instrumento, es parte de su
esencia, de su propio sentido de impulso histórico. El pluralismo y la
diversidad de enfoques es la savia de la noción misma del progreso y de la
democracia.
La globalización imperial ha "esterilizado" la información, bajo el falso
concepto de la "profesionalización extrema" y, sobre todo, con la
mercantilización de las sensaciones y de las vivencias pretende profundizar cada
día más la fractura entre las ideas, la política, la información y la difusión
cultural.
Para Berlusconi no hay problema en licuar todo en una sola salsa espesa: el
poder estatal, sus negocios y sus medios de prensa. Pero, ¡horror! si alguien
propone que la batalla de por "otro mundo diferente y mejor" debe librarse en el
plano de la información. Y allí se gana o se pierde uno de sus impulsos
esenciales.
Cualquier intento de volver a los "corrales" informativos, sería parte de la
peor derrota. Por ello mismo necesitamos una nueva elaboración teórica,
atrevida, innovadora sobre la información progresista y democrática, cuya tónica
debe ser la calidad, la profundidad, la sensibilidad y la permanente batalla por
las ideas. Una información plural no sólo por el enfoque, por la diversidad de
voces, sino por los estilos y por la reivindicación del periodismo en sus
mejores tradiciones culturales y literarias.
Si en esta nueva época, con sus nuevas realidades, somos capaces de hacer
confluir estos cuatro elementos, nadie nos garantiza el éxito. Pero la batalla
por otro mundo, comenzará a ser posible. Y será no sólo la "utopía" de un mundo
mejor sino el transito permanente en una sociedad con otros valores políticos,
culturales, éticos y de comunicación.
(*) Periodista, coordinador de Bitácora. Uruguay
