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E C O N O M I A 

15 de junio de 2004

Un repaso a la historia del FMI


Casapueblos

Hay fechas simbólicas que representan hitos imborrables en la memoria colectiva de los pueblos como momentos esenciales de su propio hacer colectivo de su constituirse  como comunidad.  Entre nosotros, y por razones distintas, el 14 de Abril de 1931, el 20 N de 1975, más cercano el 14 de diciembre de 1988, el 11 M-14 M de 2004 son fechas impresas en nuestra historia común sin las cuales no es posible comprender lo más importante de nuestra historia común.

La creación en julio de 1944 del F.M.I. en Bretton Woods no es una de esas fechas. Y, sin embargo, su importancia para los pueblos y la gente trabajadora es difícilmente soslayable.

En los (ya famosos) Acuerdos de Bretton Woods, las dos principales potencias aliadas capitalistas USA y Gran Bretaña, configuraron los rasgos principales que definirían la arquitectura económica esencial del orden capitalista internacional que emergía de la derrota de las potencias nazi-fascistas aliadas (Japón, Alemania e Italia). Un orden que bajo la inequívoca hegemonía USA pretendía alejar definitivamente los factores de crisis que amenazaban su continuidad durante las tres primeras décadas del siglo y, sobre todo, dibujaba escenarios de revuelta antisistémica por parte de sectores destacados de las clases subalternas.

El FMI nace de dos convicciones compartidas por los dos principales negociadores Keynes, del lado británico, y Write del lado americano. La primera era la necesidad de organizar la moneda para liberalizar el comercio. La segunda es que sin reglas monetarias internacionales los conflictos se exacerban y no hay funcionamiento posible del mercado. Convicciones comunes sobre diferentes concepciones de la regulación monetaria guiados por los contradictorios intereses de una potencia imperial declinante (UK) y otra emergente (USA). Pero que ponen de relieve la convicción compartida sobre la necesidad de intervención de los Estados en la gigantesca tarea de reconstrucción del sistema capitalista. Es esa una constatación indispensable cuando se presenta al F.M.I. como indisolublemente vinculada a las políticas neoliberales como si estuviera fatalmente destinado a correr la suerte de estas últimas.

Bien es verdad que el papel ha cambiando sustancialmente en la época de la globalización financiera y que sus actuaciones poco tienen que ver con las definidas en el Artículo 1º de sus estatutos. Aún cuando formalmente se sigue postulando, entre otros, el fomento de la estabilidad cambiaria o la garantía de un sistema multilateral de pagos, lo cierto es que el FMI se ha adaptado a un sistema monetario internacional regido por los mercados y a una función supervisora de las políticas cambiarias y de prevención de las crisis.

Un proceso de adaptación forzado que tiene su origen en la decisión del entonces presidente Nixon de suspender la convertibilidad del dólar el 15 de agosto de 1971 para frenar la salida de capitales motivado por la bajada de los tipos de interés decidido por la Reserva Federal para sacar al país de la recesión motivada, entre otras causas,  por la guerra de Vietnam. Con esa decisión Estados Unidos liquidó en buena medida el Sistema de Bretton Woods convirtiendo el sistema monetario en un sistema de patrón dólar.

El segundo y trascendental paso de la Administración Nixon fue liberar las relaciones financieras internacionales de la influencia de los Estados para quedar en manos de agentes financieros privados explotando para ello el control estadounidense sobre la oferta internacional de petróleo.  En efecto -y contra lo que una opinión aún hoy extendida supone- las alzas de los precios del petróleo en el otoño de 1973 fueron el resultado del ascendiente USA sobre los Estados petroleros decidido a lanzar un golpe muy duro a las economías europea y japonesa que por entonces comenzaban a disputarle la hegemonía económica mundial.

El reciclaje de los enormes beneficios en dólares (petrodólares) derivado de esta subida de precios dio un papel preponderante a los sistemas bancarios atlánticos preferentemente americanos y británicos en detrimento del FMI como querían el resto de los gobiernos occidentales. Con ello la estabilidad cambiaría en el sistema de Bretton Woods, vinculada a la estabilidad de la balanza comercial y a la confianza del FMI y el resto de los gobiernos y pasó ahora a depender de la credibilidad del Estado en los mercados financieros privados internacionales.

El modo en el que el sistema funcionaba y ha seguido funcionando dependía de dos mecanismo centrales: el dólar y los mercados financieros, cada vez mas centrados en Estados Unidos. Un dólar cuyo precio podían decidir libremente. Y unos mercados financieros cada vez mas determinados por las políticas del Departamento del Tesoro USA y por la Reserva Federal.

Este es el sistema monetario efectivamente vigente en nuestros días, lo que Peter Gowan ha llamado acertadamente el Régimen Dólar Wall Street cuyos polos no han dejado de reforzarse mutuamente y cuyos efectos no han dejado de sentirse y padecerse en diversos puntos del planeta bajo la forma de innumerables crisis y ajustes (México, Sudeste Asiático, Rusia, etc.) orientadas todas ellas a una gigantesca operación de reestructuración del mercado y la economía mundial que asiente una división del trabajo profundamente asimétrica e injusta en la que se asigna a los países del sur la función de suministrar materias primas, mano de obra y recursos naturales baratos a cambio de un aumento de su consumo de masas que garantiza la realización de beneficios y aleja el peligro de la crisis de sobre producción y recesión  en las Economías del centro.

En esta política dirigida por el Departamento del Tesoro USA, le ha correspondido al FMI una función de atenazar a los países del sur para obligarles a cumplir las tareas asignadas por Washington.  El primado a la economía de exportación sobre la base de los bajos costes salariales y la desaparición de cualquier pretensión de desarrollo endógeno y autocentrado, la privatización de la mayor parte de los patrimonios públicos y la práctica desaparición de los servicios públicos, la liquidación de los derechos sociales y el fortalecimiento de los mecanismos represivos con frecuencia heredados de dictaduras militares. Todos ellos elementos configuradores de una situación de dominación imperial de los Estados Unidos acentuada en los últimos tiempos por el deseo de la coalición militar petrolera gobernante de limitar la expansión económica de China e India y evitar su acceso a las reservas petrolíferas estratégicas de Asia Central y el Golfo Pérsico mediante la construcción de una gigantesca cadena de bases militares que desde el Caribe y la región andina pasando por África y Oriente Medio alcance Asia Central y Asia Suroriental.

Tampoco la mayor parte de la población de los países del norte se han visto favorecidos por el sistema monetario efectivamente vigente.  La hegemonía antes señalada de los mercados financieros internacionales ha convertido a los Estados en sus rehenes empujándoles a una enloquecida competencia por la credibilidad, sobre la base de políticas de estabilidad y ajuste presupuestario, de reducción de derechos sociales y de privatización de muchos servicios públicos.

Existen por lo demás algunos factores que van a afectar, lo están haciendo ya, a la evolución del sistema monetario internacional. Uno es la formación de espacios regionales y muy en especial la instauración de la Unión Monetaria Europea.  Los mercados financieros del euro forman un poderoso polo de atracción financiera asociado a un amplio mercado de bienes y servicios que puede estimular a algunos países prestatarios o que vinculen sus monedas al euro mediante compromisos de exigencia variable.

Otro factor tiene que ver con las consecuencias financieras de la transición demográfica. En breve el ahorro de los países ricos en busca de rendimientos elevados y de una diversificación de los negocios, va a encontrar una demanda de inversiones sostenida en los países de joven población activa. Eso introduciría por lo demás un factor de reequilibrio global en el que el crecimiento de los países de la OCDE debería frenarse a favor de los grandes países como China, India y Brasil en los que la desaceleración de la natalidad parece ya consolidada de acuerdo con las actuaciones  de la propia OCDE que asigne a los países fuera de sus ámbitos una participación en el PIB mundial del 67% para el 2020 frente a un 44% en el 2000.

El FMI deberá adaptarse a las nuevas condiciones que van a producirse en la escena internacional. Desde los setenta del pasado siglo su función principal ha sido velar para que los países deudores paguen los intereses a los bancos comerciales prestamistas,  mediante préstamos a bajo interés y condicionar estos préstamos a la adecuación de las instituciones y las políticas de estos países al dogma neoliberal (economía orientada a la  exportación, liquidación, dónde la había, del Estado del Bienestar y los servicios públicos, reducción de los derechos sociales y laborales) mediante los planes de ajuste estructural.

No parece viable a corto plazo escenario global alguno en el que no se aseguran funciones como el fomento de la estabilidad cambiaria y de la cooperación monetaria, en la existencia de algún sistema multilateral de pagos o la función misma de prestamista en condiciones favorables de aquellos países con bajo nivel de renta o con dificultades en su balanza de pagos. Funciones todas ellas que justificaron la creación del Fondo y a los que está obligado a volver adaptándose a las nuevas realidades arriba descritas.

Pero no debemos engañarnos al respecto. El ejercicio de las nuevas funciones garantes de un sistema multilateral de pagos y prestamista de países pobres en las condiciones actuales de la economía capitalista siempre tendrá un carácter precario derivado de la naturaleza asimétrica de las relaciones económicas y comerciales entre los países pobres y las principales potencias capitalista, USA, Japón, UE, avalistas del expolio que las empresas transnacionales y los bancos ejercen sobre el  trabajo y el patrimonio colectivo de los primeros.

La deuda es una tenaza que asfixia a los pobres del mundo en un espiral de pobreza, dependencia y colonialismo y,  al tiempo, la razón principal por las que las potencias capitalistas y el FMI mantienen su política de ayuda a los países pobres, sosteniendo así su capacidad para pagar intereses y evitando el estrangulamiento del sistema financiero internacional. Su condonación no es un acto de solidaridad como pretende la izquierda del capital, sino un acto de justicia, de restitución histórica por el saqueo que durante más de cinco siglos han perpetuado el capital y los estados, primero de Europa y luego de USA y Japón de las riquezas, los recursos naturales y el trabajo de los pueblos de América, Asia y África.

Desde su nacimiento, el capitalismo ha ido sembrando la pobreza, la destrucción y la guerra a su paso. Las necesidades sociales de las personas y los pueblos sólo han sido escuchados en la medida en que podían ser fuente de beneficio y acumulación para los poderosos. Las mujeres y los hombres de nuestro tiempo estamos en condiciones de construir un orden social orientado a la satisfacción de las necesidades sociales democráticamente decididas por quienes las sienten.

Mientras tanto, es indispensable someter  las instituciones vigentes al máximo control democrático posible. El FMI debe modificar su estructura y funcionamiento en esta dirección acabando con su endeudamiento al departamento del tesoro USA y orientándose de forma prioritaria a cubrir las demandas de financiación que la satisfacción de las necesidades básicas de los pueblos del mundo requieren.

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