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P A N   Y   R O S A S 

31 de mars del 2003

Hay que hacerlo nosotras mismas:

¿Puede sobrevivir el feminismo a la polarización en clases?

Barbara Ehrenreich
ZNet en español

He aquí una escena de la historia feminista antigua: estamos en 1972 y 20 de nosotras estamos reunidas en el salón de alguien para nuestra reunión semanal del "grupo de apoyo de mujeres". Todas estamos asociadas, de una forma o de otra, con una pequeña universidad pública dirigida a estudiantes "no tradicionales" principalmente, es decir aquellos más viejos, más pobres y que es más probable que sean negros o Latinos que los típicos estudiantes universitarios de esta área. Casi todos los niveles de la jerarquía de la universidad están representados: estudiantes de todas las edades, trabajadoras manuales, adjuntas e incluso una o dos profesoras titulares. Hay diferencias admitidas entre nosotras (la raza o la preferencia sexual, por ejemplo), lo cual examinamos con tiento y un poco ansiosamente. Pero nos sentimos cómodas juntas, y excitadas por tener una oportunidad para discutir cualquier cosa, desde las políticas sexistas de la administración a nuestras luchas personales con maridos y amantes. Sea lo que sea lo que nos separa, somos todas mujeres, y entendemos que esa es una de las grandes cualidades que definen nuestras vidas y nuestra política.

¿Podría reunirse hoy un grupo tan diverso? Por favor, hacédmelo saber si podéis encontrar una analogía en la actualidad, pero sospecho que la respuesta es "raramente" o "nunca". Quizá la tendencia social y económica más importante de estas tres últimas décadas ha sido la polarización en clases, la creciente desigualdad en ingresos y riqueza. Como remarca el excelente libro de la United for a Fair Economy:

"Fortunas cambiantes: los peligros de la creciente disparidad de riqueza en los Estados Unidos", la mayor polarización se ha producidos entre aquellos que están en el nivel más alto de la distribución de ingresos (el 1% o el 5% superior) y los que están en el más bajo, en el último 30 o 40%. Menos impactante pero más ominosa para el futuro del feminismo es la separación creciente entre los del 40% superior y los del 40% inferior. Una de las estadísticas de "Fortunas Cambiantes" muestra que la riqueza neta de las familias del 40% inferior ha declinado casi un 80% entre 1983 y 1995. Si exceptuamos el 1% del nivel más alto, el 40% superior también ha perdido terreno, pero mucho menos. La profesora universitaria de hoy, si no es una adjunta, forma parte de ese relativamente próspero 40% superior, mientras la trabajadora manual de hoy está en ese 40% que se está hundiendo rápidamente. ¿Podrían aún reunirse cómodamente en el salón de cada una para discutir temas comunes? ¿Tienen aún temas comunes que discutir? Estas cifras tan sólo son la punta del iceberg. Los años 80 trajeron grandes cambios en los estilos de vida y hábitos de consumo entre el 40% inferior (lo que generalmente llamamos la "clase trabajadora") y el 20 o 30% superior, poblado por profesores, administradores, ejecutivos, doctores, abogados y otros "profesionales". Los "mercados de masas" se convirtieron en "mercados segmentados", con diferentes tendencias de consumo para marcar las diferencias de status. En 1972, el salón de una profesora adjunta se parecía mucho al de una secretaria del departamento (sólo que más desordenado en muchos casos). Hoy, la secretaria probablemente comprará en K-Mart y la profesora en Pottery Barn. Hace tres décadas, todas disfrutábamos de los pequeños pastelitos azucarados en nuestras reuniones (por no hablar de los cigarrillos y el café Maxwell House). Hoy, la clase media-alta muele su propio café, insiste en alimentos integrales y comidas orgánicas, y rechaza con vehemencia los frankfurters y las hamburguesas. En los 70, el consumo desaforado, o simplemente entusiasta, era considerado de mal gusto y no sólo por feministas e izquierdistas. Hoy, las profesoras, incluyendo a muchas bastante liberales, es probable que hayan hecho una profunda inversión emocional en sus casas, sus muebles y sus vajillas. Eso demuestra el buen gusto que tienen, es decir (si dejamos de lado las tonterías sobre estética), qué diferentes son de las clases "bajas".

En el caso de las mujeres, hay un factor adicional para aumentar la separación que ha traído la polarización en clases: en los 60, sólo un 30% de las mujeres trabajaba fuera de casa; hoy la proporción es la inversa, más de un 70% de las mujeres están en el mercado laboral. Esto representa un gran avance, puesto que las mujeres que se ganan su salario son por supuesto más capaces de evitar la dominación masculina en sus vidas personales. Pero el influjo de mujeres al mercado de trabajo también significa que cada vez menos mujeres comparten la experiencia ocupacional común que se definía con la palabra "ama de casa". No quiero exagerar esta característica común en los 60 y 70; obviamente la ama de casa de un ejecutivo tenía una vida muy diferente de la ama de casa de un obrero. Pero sí hacían tareas diarias similares, limpiar la casa, cuidar a los niños, comprar, cocinar. Hoy, por contra, la mayoría de mujeres salen de casa cada mañana para encontrarse con experiencias laborales extraordinariamente diferentes, desde el trabajo manual hasta posiciones de poder. Como los hombres, hoy en día las mujeres están distribuidas a través de la jerarquía ocupacional (aunque no arriba del todo), donde se encuentran cada día como no como iguales: jefas versus empleadas, las que dan órdenes versus las que las reciben, etc.

La clase social siempre fue un problema. Aún antes de que ocurriera esta polarización, algunas de nosotras vivíamos en las colinas estadísticas y otras en los profundos valles. Pero hoy estamos distribuidas en lo que parece más un acantilado que una cadena montañosa. El género, la raza y la preferencia sexual aún definen características comunes importantísimas, pero el sentimiento de una condición común se desvanece necesariamente al separarnos en mujeres ejecutivas que viajan en avión constantemente por un lado, y mujeres de la limpieza del aeropuerto por el otro. ¿ Puede sobrevivir el feminismo, o para el caso cualquier movimiento a través de las clases sociales, cuando la polarización en clases separa a los estadounidenses cada vez más? A pesar del ardiente igualitarismo del movimiento en sus inicios, el feminismo tuvo la consecuencia no deseada de aumentar las diferencias de clase entre las mujeres.

Fueron las mujeres educadas de clase media las que usaron con más éxito la ideología y solidaridad feministas para progresar profesionalmente. El feminismo también ha jugado su papel en las luchas de las obreras (por ejemplo, en las manifestaciones sindicales de las trabajadoras no cualificadas de las universidades) pero probablemente su mayor efecto económico individual fue abrir a las mujeres las profesiones antaño reservadas a los hombres. Entre los 70 y los 90, el porcentaje de las estudiantes femeninas en las universidades de negocios, medicina y abogacía subieron de menos del 10% a más del 40%.

No obstante, no ha habido ganancias comparables para las jóvenes que no se pueden permitir estudios universitarios, y muchas de estas mujeres continúan trabajando en los mismos trabajos mal pagados que han sido "trabajo de mujeres" durante décadas.

Al final, resulta que el feminismo ha tenido muy poco impacto en el status o salario de las ocupaciones tradicionalmente femeninas como secretarias, dependientas, enfermeras o trabajos en cadenas de montaje ligeras. Mientras las mujeres de clase media ganaban másters, las mujeres trabajadoras ganaban el derecho a que no las llamaran "cariño", y no mucho más que eso.

Segundo, puesto que la gente tiende a casarse dentro de su propia clase, las mejoras de las mujeres profesionales no hicieron más que aumentar la creciente separación salarial entre la clase trabajadora y la clase profesional-ejecutiva. Las familias de clase trabajadora también ganaron, al ir las mujeres a trabajar. Pero, como argumenté en "El miedo a caer: la vida interior de la clase media", las mejoras más impactantes recayeron en las parejas que consistían en dos profesionales o ejecutivos bien pagados. La familia de médico y abogada subió mucho más que la de la combinación camionero-secretaria.

Así pues, ¿qué tal se ha comportado el feminismo al moverse la tierra bajo sus pies, ha mantenido el tipo? Aquí hay algunas breves observaciones del impacto de la polarización en clases en algunos temas antaño básicos para el proyecto feminista.

Bienestar social

Este tiene que ser el caso más trágico. En los 70 las feministas ondeaban el lema "Cada mujer está a sólo un hombre de distancia de la asistencia social". Esto era una exageración, claro; incluso entonces había muchas mujeres con economías independientes. Pero era suficientemente cierto como para encontrar eco en las grandes cantidades de mujeres que trabajaban fuera de casa a tiempo parcial o no trabajaban. Reconocimos nuestra condición común de amas de casa y madres y consideramos este trabajo lo bastante importante como para ser pagado, aún cuando no hubiera un marido. La asistencia social, en otras palabras, era en potencia una preocupación de todas las mujeres.

Corramos la cinta hasta 1996, cuando Clinton firma la odiosa ley de reforma del bienestar social de los Republicanos, y encontramos tan sólo unas débiles y oportunistas protestas de los grupos con la etiqueta "feminista". El problema básico, como descubrimos aquellas que estábamos a favor del bienestar social, era que muchas mujeres de clase media y media-alta ya no podían ver porqué se debía dar subsidios a las mujeres para criar a sus hijos. "Bueno, yo trabajo y crío a mis hijos, ¿ por qué no deberían hacerlo ellas?" era la respuesta habitual, como si las mujeres pobres pudieran obtener salarios que les permitieran conseguir servicios de calidad para cuidar a sus hijos. En cuanto a ese otro clásico eslogan feminista, "cada madre es una madre trabajadora" nadie parece recordarlo ya.

Asistencia Sanitaria

Nuestros cuerpos, al fin y al cabo, son lo que tenemos más en común como mujeres, y el movimiento por la salud de las mujeres en los 70 y principios de los 80 aglutinó una diversidad de grupos (al menos en términos de clase) tan amplia como cualquier otro componente del feminismo. Trabajamos para legalizar el aborto y para detener la esterilización involuntaria de las mujeres pobres de color, para desafiar el sexismo en la sanidad que encontrábamos todas las consumidoras femeninas y para expandir el acceso a la sanidad a las mujeres con pocos ingresos.

Tuvimos éxito, en muchos sentidos: el aborto es legal, aunque no siempre accesible; el tipo de información sanitaria que antes sólo estaba disponible en publicaciones marginales como el original "Nuestros cuerpos, nosotras", puede ahora encontrarse en Mademoiselle; la profesión médica ya no es un bastión totalmente masculino del patriarcado. No obstante, no tuvimos tanto éxito en aumentar el acceso a la sanidad para las mujeres de ingresos bajos, de hecho el número de mujeres sin seguro sanitario es mucho mayor del que acostumbraba a ser, y las mujeres pobres siguen teniendo una asistencia sanitaria de segunda, cuando la tienen. Sin embargo, hoy en día el único tema de salud de la mujer que parece generar algún tipo de participación amplia, interclasista, es el cáncer de pecho, al menos si llevar un lazo rosa cuenta como "participación".

Incluso la naturaleza del trato médico es cada vez más diferente para las mujeres de distintas clases. Mientras las mujeres con pocos ingresos se preocupan de cómo pagar sus abortos o el cuidado de sus hijos, muchas de la clase media-alta están mucho más preocupadas por lujos médicos como los tratamientos de alta tecnología contra la fertilidad y la cirugía cosmética. Las jóvenes universitarias sufren de bulimia; las jóvenes menos ricas es más probable que sufran la toxemia del embarazo, que es básicamente consecuencia de la desnutrición.

Las tareas del hogar

En los 70, las tareas del hogar eran un tema feminista candente, y un punto básico en los grupos de toma de conciencia. Después de todo, hiciéramos lo que hiciéramos, todas las mujeres hacíamos las tareas del hogar; era la ocupación femenina casi universal. Discutíamos sobre el famoso ensayo de Pat Mainardi "La política de las tareas del hogar", que se centraba en las luchas privadas por conseguir que los hombres recogieran sus propios calcetines. Hablamos amargamente de la propuesta del movimiento "un salario por las tareas del hogar" que pedía que las amas de casa cobraran un sueldo del Estado. Estudiamos el código legal cubano, con su fascinante disposición de que los hombres hicieran su parte o sufrieran penas de cárcel.

Treinta años después, el silencio feminista sobre el tema de las tareas del hogar es casi absoluto. No creo que sea porque los hombres al fin están haciendo su parte, sino porque tantas y tantas mujeres de clase media-alta ahora pagan a otras mujeres para que les hagan esas tareas. Saca el tema entre feministas adineradas y lo que obtienes es un silencio culpable, seguido de una cháchara defensiva sobre lo bien que pagan y lo bien que tratan a sus mujeres de la limpieza.

De hecho, los $15 la hora que ganan normalmente las mujeres de la limpieza que trabajan por cuenta propia no es tan generoso cuando tienes en cuenta que incluye el material de limpieza, el transporte a varios sitios durante el día así como todos los extras, como un seguro de enfermedad, que la mujer de la limpieza quiera pagarse. Los servicios de limpieza por empresas, que están creciendo enormemente, como Merry Maids o The Maids International son aún peores, dando a sus trabajadores entre $5 (sí, por debajo del salario mínimo) y $7 la hora (al menos en el área urbana del noreste que consideré).

En una ironía especialmente cruel, muchas de las mujeres empleadas por las empresas de limpieza son las antiguas receptoras de subsidios de bienestar social, echadas a la calle por la ley de reforma del bienestar social que tan débilmente resistieron las feministas organizadas. Una podría llegar a la conclusión, si estuviera de mala leche, que la mejora de los salarios de las mujeres trabajadoras no coincide con los intereses de las feministas adineradas. En cuanto a las perspectivas de "hermandad" entre las mujeres adineradas y las mujeres que limpian sus retretes, aún con un "generoso" $15 la hora, olvidadlo.

Los temas que han soportado la polarización en clases con mayor éxito han sido el acoso sexual y la violencia masculina contra las mujeres. Estas pueden ser las últimas preocupaciones que unan potencialmente a todas las mujeres, y por supuesto son cruciales. Pero existe el peligro de que estos temas definan virtualmente el feminismo, como parece ser el caso en algunos campus femeninos hoy en día. Las mujeres pobres y trabajadoras (y los hombres) se enfrentan a formas de acoso y violencia en el trabajo que no están relacionadas con el sexo, ni tan sólo con el género. Que un supervisor detestable te eche broncas repetidamente puede llevarte a la depresión y a problemas relacionados con el estrés. Que te obliguen a trabajar muchas horas extras, o en condiciones de baja seguridad o mala ergonomía, puede hacerte enfermar. Sin embargo, el feminismo aún tiene que reconocer esas experiencias laborales cotidianas como formas de la "violencia contra las mujeres".

Cuando planteo la cuestión de si "¿puede el feminismo puede superar la polarización en clases?" a conocidas de clase media, a veces encuentro la respuesta: "Bueno, sí, tienes razón, tenemos que enfrentarnos a nuestro clasismo". Pero el problema no es el clasismo, el problema son las clases mismas: la existencia de grandes desigualdades entre las mujeres, así como entre mujeres y hombres.

Debemos recordar que la visión feminista radical (y utópica) original era la de una sociedad sin jerarquías de ningún tipo. Eso, por supuesto, requiere igualdad entre las razas y los géneros, pero la clase es diferente. No puede haber tal cosa como "igualdad entre las clases". La abolición de la jerarquía exige no sólo la igualdad de razas y género, sino la abolición de las clases. Para empezar, pongamos ese objetivo descabellado de nuevo en la agenda feminista a largo plazo, y mencionémoslo tan alto y tan a menudo como podamos.

A más corto plazo hay mucho que hacer, y la carga debe recaer necesariamente en aquellas de nosotras que somos más privilegiadas: apoyemos las luchas sindicales de las trabajadoras, pidamos la expansión de los servicios sociales (como las guarderías y la asistencia sanitaria) para todas las mujeres, exijamos mayor acceso a la educación para las mujeres con ingresos bajos, etcetc., etc. No os estoy diciendo nada nuevo, hermanas, ya sabéis qué es lo que hay que hacer.

Pero hay algo más, también, en el espíritu de otro viejo eslogan que hoy en día o está olvidado o es malinterpretado: "Lo personal es lo político". Aquellas de nosotras que somos suficientemente afortunadas para tener unos ingresos y unas propiedades más allá de nuestras necesidades inmediatas, debemos examinar con detalle cómo estamos gastándonos el dinero. ¿Nuevos muebles (y, por favor, no quiero oír lo extraordinariamente rústicos que son) o una donación a una casa de acogida? ¿Un vestido chic o un cheque a una organización en lucha contra las condiciones infrahumanas en la industria textil? ¿Una chacha o una contribución a una clínica para mujeres con ingresos bajos? Ya sé que asusta, pero lo hará mucho menos si hacemos que compartir vuelva a estar de moda, y que el consumo excesivo vuelva a ser tan asqueroso como en realidad es.

Mejor aún, da algo de tu tiempo y energía también. Pero si todo lo que puedes hacer es escribir un cheque, está bien: puesto que el Congreso no redistribuirá la riqueza (hacia abajo al menos), quizá tengamos que hacerlo nosotras mismas.

Barbara Ehrenreich es colaboradora habitual de In These Times Título original: Doing it for ourselves: can feminism survive class polarization? Origen: In These Times Traducido por Alfred Sola y revisado por Germán Leyens, enero de 2001

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