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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 05-03-2016

Modales y discursos

Santiago Alba Rico
Ctxt

La privatizacin del Parlamento como recinto domstico sin antagonismos dramticos ha generalizado un orden de valores ms ajustado a un rgimen autoritario que a una democracia


No voy a entrar en el anlisis de los discursos de la sesin de investidura del pasado martes ni a aventurar vaticinios sobre negociaciones y gobiernos futuros. Me interesa ms --al menos a estas horas-- abordar los marcos simblicos; es decir, preguntar qu ha pasado --si es que ha pasado algo-- en el nivel de la representacin, que es el que define en realidad a un parlamento.

Recordemos de entrada que la representacin no nace como un instrumento de las clases poderosas para someter a las clases populares sino, al revs, como una conquista de las clases populares a las que las clases poderosas se avienen --y pasan luego a manipular-- porque han sido relativamente derrotadas. Incluso con arreglo a la teora liberal clsica, en el parlamento estn virtualmente presentes las armas con las que el pueblo ha conquistado el sufragio universal: es lo que las constituciones llaman soberana popular. El parlamento representa al mismo tiempo al pueblo virtualmente en armas y a las clases poderosas virtualmente vencidas, pero victoriosas de hecho a travs de procedimientos ahora --digamos-- intrademocrticos: leyes electorales, monopolio del espacio pblico, erosin sistemtica de la divisin de poderes. En todo caso el parlamento es el lugar a donde se han trasladado las armas y debera ser, por tanto, el lugar natural del conflicto en las sociedades democrticas: el lugar donde los conflictos deben expresarse y realizarse --ms que resolverse definitivamente-- sin muertos ni sangre. En este sentido, el parlamento es estrictamente un teatro: el recinto donde se representa, no el Bien Comn ni los intereses de los ciudadanos, sino el conflicto radical entre ellos. Su gnero es --debe ser-- el drama; o lo que los griegos llamaban la tragedia.

Es por eso que no tienen razn los que dicen que bajo el bipartidismo el Parlamento era puro teatro y que ahora Podemos y las confluencias lo han convertido en un lugar real. Es todo lo contrario. Bajo el bipartidismo el Parlamento no era teatro de nada, en l no se representaba a nadie porque no se representaba ningn conflicto. Desde luego no se representaba ningn drama. No es que no hubiera all algunas voces sueltas y dignas que trataban de recordar al pueblo en armas; el problema es que --como seal Pablo Iglesias en su discurso-- no tenan suficiente protagonismo como para ocupar la escena. La novedad del discurso de Pablo Iglesias no reside tanto en lo que dijo --pensemos en Julio Anguita o en Labordeta, s, pero tambin en Garzn, en Bildu o en ERC--, sino en que esta vez haba que escucharlo. Hasta ahora, como digo, el Parlamento no era un teatro o era apenas un entrems en el que se representaban pequeos enredos conyugales. Los diputados del rgimen haban privatizado de tal manera ese espacio que en realidad era, s, su casa: de ah que estuvieran repantigados y adormecidos en los escaos, o jugando con el mvil, o haciendo negocios en el bar. Es eso a lo que llamaban formas parlamentarias. Despus de los sobeteos y lametones que Snchez propin en sus intervenciones a la palabra cambio me cuesta seguir usndola, pero digamos que las fuerzas de cambio han devuelto ahora el drama al Parlamento y lo han hecho no gracias a sus discursos sino a sus votantes, que son los que nos obligan a prestar atencin a las palabras.

Podr gustar ms o menos, y por distintos motivos, que el discurso de Pablo Iglesias, ms all de su innegable brillantez, fuera spero, bronco, agresivo y hasta identitario, pero creo que era el nico posible y no slo por razones tcticas. Sobre todo por razones simblicas. En ese marco, en ese contexto, con esos votos, su intervencin tena que implicar en s misma una ruptura y una reconstitucin; tena que ser estrictamente performativa: una declaracin mediante la cual se enunciase y se consumase pblicamente el fin del bipartidismo. Tena que ser una apertura de hostilidades que por eso mismo reabriese el espacio parlamentario como escenario dramtico donde se representa de nuevo, o por primera vez, el conflicto entre el pueblo virtualmente en armas (origen mismo del parlamento) y las clases poderosas victoriosas de facto. El peligro cierto de que, al devolver al Parlamento su sentido, encerremos y agotemos en l todo conflicto, descuidando otros espacios de lucha, no debe hacernos olvidar, en cualquier caso, que la funcin real de la cmara legislativa se expresa en su dimensin teatral y en su escenografa dramtica y que es esta recuperacin precisamente la que ha soliviantado hasta la histeria a la vieja clase poltica y a sus medios ancilares, acostumbrados a operar no en el teatro sino en su propia casa.

Esta histeria --ahora bien-- no es slo clculo y estrategia poltica. Forma parte de eso que se ha llamado batalla cultural, en la que estamos todos atrapados, lo que implica reconocer y tratar de desmontar una constelacin de evidencias estticas y litrgicas que fatalmente naturalizan la falsa ausencia de conflicto. Si mucha gente normal siente una indignacin sincera frente a los modales y los discursos de los nuevos diputados es porque la privatizacin del Parlamento como recinto domstico sin antagonismos dramticos ha generalizado un orden de valores ms ajustado a un rgimen autoritario que a una democracia. Pensamos y juzgamos y sentimos como si estuvisemos preparndonos ya para aceptar una dictadura; ese entrenamiento cultural, coronado por masajes de los medios de comunicacin y de un sector de la clase intelectual, es lo que hemos llamado bipartidismo.

La sesin de investidura del martes ofreci dos ejemplos inquietantes de esta inversin de valores, una en el campo de los modales y otro en el de los discursos. Respecto de los valores, qu ha tenido que ocurrir para que la reapertura del dramatismo parlamentario se considere una infraccin a las formas parlamentarias mientras que estas mismas formas parlamentarias consideran natural y hasta imperativo el cuchicheo, el desprecio del adversario, el abucheo y el abandono de la sala en plena sesin? Entre los muros de esta propiedad domstica, cualquier gesto o conducta que reprima el drama es considerada legtima y hasta elegante. Slo as puede entenderse la irrefrenable grosera de Patxi Lpez, presidente del Congreso experimentado en ceremonias, y la escasa indignacin que ha provocado. Su intempestivo tuteo a un Pablo Iglesias que solicitaba su amparo cuando se estaba cumpliendo su tiempo y la mentira palmaria con que despach su turno (has superado con creces los tres minutos) son muy indicativos de la parlamentofobia de nuestros viejos polticos, pero tambin de la devastacin mental de una parte de la poblacin, por no hablar --mucho ms responsables-- de algunos periodistas y algunos intelectuales.

La inversin de valores en el campo poltico es an ms grave. Probablemente no fue oportuna --en trminos tcticos-- la segunda alusin de Pablo Iglesias a Felipe Gonzlez y la cal viva. Que se lo reprochen, si acaso, los miembros de su partido. Pero, qu ha tenido que pasar para que se considere obviamente ms grave, agresiva, calumniosa y antiparlamentaria la verdad que la mentira? Seamos muy rotundos. Qu es la cosa ms radical que se puede hacer contra el lenguaje, nuestro marco de convivencia original? Mentir. En la sesin parlamentaria del martes hubo mentiras, mentirijillas, medias verdades y hasta algunas estadsticas, pero ninguna falsedad tan destructiva --tan radical, s-- como la de querer asociar a Podemos con el repugnante asesinato de Isaas Carrasco y con ETA. En un pas realmente democrtico toda la clase poltica y todos los medios de comunicacin habran afeado de tal manera la conducta de Pedro Snchez que la vergenza le habra impedido volver a presentarse el viernes a la votacin o, al menos, le habra obligado a pedir disculpas. Es, sin embargo, el PSOE el que, ofendido y cargado de razn, osa exigir a Pablo Iglesias una disculpa por recordar la incuestionable relacin entre su partido, entonces dirigido por Felipe Gonzlez, seor de los pantanos, y los crmenes de los GAL. La cpula de su Ministerio del Interior --no lo olvidemos, no lo olvidamos-- acab en la crcel por ello.

Esta es la lgica, sin embargo, de la parlamentofobia dominante. La tica humana y parlamentaria ms elemental debera llevarnos a considerar radicales a los que mienten en pblico para destruir a un adversario poltico (Kant no podra definir mejor la radicalidad!), salvo que nuestro sistema de valores est tan radicalmente alterado que juzguemos radical todo lo que introduce el drama en el Parlamento y, al contrario, moderado y legtimo, y hasta decente, y hasta elegante, y hasta democrtico, todo lo que lo reprime. Bajo ese esquema ocurre entonces que la verdad, que dramatiza el conflicto, es intolerable e incluso terrorista y la mentira, que lo reprime en favor de los poderosos, es un deber sagrado en defensa de la convivencia y la Constitucin.

En definitiva, esta inversin de los valores no es nueva y de hecho viene siendo utilizada con xito desde hace aos en el Pas Vasco y en Catalunya, desde donde --colonizacin al revs-- llega ahora a la poltica nacional. Sus principios son muy simples: cualquiera que introduzca el conflicto poltico en el Parlamento, su lugar natural, es antidemocrtico y radical; cualquiera que introduzca all la verdad es malsonante, maleducado y desleal y debe pedir disculpas. O los periodistas y los intelectuales ayudan a los ciudadanos a restablecer sobre sus pies los valores democrticos o conviene que nos vayamos preparando para tiempos muy duros.

Fuente: http://ctxt.es/es/20160302/Firmas/4602/investidura-Parlamento-bipartidismo-Podemos-PSOE-PP-Ciudadanos-Espa%C3%B1a-Firmas.htm

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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