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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 12-04-2016

La naturaleza americana y el orden colonial del capital
El debate sobre el extractivismo en tiempos de resaca

Horacio Machado Aroz
Rebelin


A la Memoria de Berta Cceres

Desde su origen, el capital ha utilizado todos los recursos productivos del globo tiene necesidad de disponer del mundo entero y de no encontrar lmite ninguno en la eleccin de sus medios de produccin. (Rosa Luxemburgo, 1912).


Hace poco ms de un lustro ya, inmersos todava en el clima refrescante de las expectativas emancipatorias abiertas por el giro a la izquierda en Amrica Latina, asistamos a la irrupcin de las discusiones en torno a la matriz socio-productiva y las estrategias econmico-polticas seguidas en la regin como curso para salir y, eventualmente, superar el trgico estado del neoliberalismo. Por entonces, los debates sobre el extractivismo corrieron como reguero de plvora en las siempre agitadas tierras ideolgico-polticas de la regin (Gudynas, 2009; Acosta, 2011; Svampa, 2013; Lander, 2013). Para ser precisos, los revuelos causados por la materia, repercutieron con mayor fuerza en el hemisferio ideolgico de actores y referentes (polticos, intelectuales y movimientos) de la izquierda. Pues como bien precis en su momento Eduardo Gudynas (2009), no estbamos ante una problemtica que pueda decirse nueva; ms bien todo lo contrario. Lo novedoso o lo extrao del caso resida en que eran ahora gobiernos y fuerzas polticas auto-identificadas como de izquierda los que asuman la defensa y el impulso de polticas centradas en la profundizacin de la vieja matriz primario-exportadora, aquella misma con la que nuestras sociedades fueran violentamente incorporadas al mundo del capital y su estructura de divisin internacional del trabajo. Esa matriz primario-exportadora, que fraguara como indeleble marca colonial de las economas latinoamericanas, y cuyas implicaciones externas (en trminos de dependencia y desarrollo del subdesarrollo) e internas (configuracin de lites oligrquicas autoritarias y rentsticas, estratificacin social dualista y altamente desigual, etc.) fueran objeto de crtica y de anlisis de lo mejor de la teora social latinoamericana, era ahora reivindicada como una va popular-emancipatoria por polticas (dichas) de izquierda.

Como ya es harto sabido, las crticas y las resistencias a estas polticas, fueron sistemticamente rechazadas y reprimidas, generando una escalada de violencia que, en este punto, lleg a equiparar las respuestas que se daban desde derechas e izquierdas en el poder. El argumento central de la izquierda oficialista era que estas posturas le hacan el juego a la derecha (Born, 2013). Se reivindicaba el uso estatal de la renta extractivista como motor de las polticas de desarrollo con inclusin social y se vea en las crticas slo intentos solapados o abiertos de desestabilizacin. Lamentablemente, para los gobiernos progresistas de la regin para los intelectuales y fuerzas polticas adherentes- el concepto de extractivismo acab oficialmente devenido en arma ideolgica del ambientalismo de derecha. El vicepresidente de Bolivia oficializ esta postura, sealando que detrs del criticismo extractivista de reciente factura contra los gobiernos revolucionarios y progresistas, se halla pues la sombra de la restauracin conservadora (Garca Linera, 2012: 110). Los presidentes que ms pblicamente se mostraron en los mbitos internacionales como defensores de la Madre Tierra y/o de los Derechos de la Naturaleza, fueron paradjicamente quienes ms lejos llegaron en sus acusaban a los movimientos sociales que se intentaban frenar el extractivismo. Tempranamente, Rafael Correa plante que no crean a los ambientalistas romnticos, pues todo el que se opone al desarrollo del pas es un terrorista (Cit. por Isch, 2014). En el mismo sentido, Evo Morales sentenci que el ambientalismo es el nuevo colonialismo del siglo XXI (Cit. por Stefanoni, 2012). El abanico de las descalificaciones iba desde los motes de infantilismo, romanticismo, pachamamismo, hasta las acusaciones de eco-terroristas y/o agentes encubiertos del imperialismo.

Luego, reunidos en la XII Cumbre del Alba en Guayaquil, los gobiernos progresistas emitan una declaracin en la que sealaban: rechazamos la posicin extremista de determinados grupos que, bajo la consigna del anti-extractivismo, se oponen sistemticamente a la explotacin de nuestros recursos naturales, exigiendo que esto se pueda hacer solamente sobre la base del consentimiento previo de las personas y comunidades que vivan cerca de esa fuente de riqueza. En la prctica, esto supondra la imposibilidad de aprovechar esta alternativa y, en ltima instancia, comprometera los xitos alcanzados en materia social y econmica (XII Cumbre del ALBA, Declaracin de Guayaquil, 30 de julio de 2013).

As, alegando los intereses de las clases oprimidas y la bandera de la lucha contra el imperialismo, los gobiernos progresistas terminaron justificando la senda del extractivismo como una condicin necesaria para sostener los empleos, los salarios, las polticas sociales. Lamentablemente, ese razonamiento pas por alto que sostener el empleo, los salarios, el consumo, etc., es sostener el crecimiento, las inversiones, las tasas de ganancia En fin, el sistema mismo. El nfasis anti-neoliberal llev a ocluir el fondo del problema. La prioridad de las polticas de reactivacin condujo a soslayar los desafos del cambio revolucionario. Como seal Ruy Mauro Marini para ciclos anteriores, se confundi crecimiento con transformacin estructural (Marini, 2013). Por desgracia para el curso presente y futuro de los procesos sociopolticos, los tan ponderados xitos alcanzados en materia social y econmica no fueron comprometidos por la eficacia de las resistencias anti-extractivistas, sino, elementalmente, por el agotamiento del ciclo de alza de las commodities.

Esto cambia drsticamente las condiciones del dilogo, pero no el fondo de la cuestin. Es que, cuando iniciamos estos debates, vivamos inmersos an en un clima signado por la borrachera del crecimiento. La oficialidad del poder haca gala de mayoras aplastantes forjadas al ritmo de las cotizaciones de petrleos, soja, pasta de celulosa, aceites y protenas bsicas prensadas, hierro, cobre, molibdeno, y por supuesto, oro y plata Hoy, el escenario ha cambiado rotundamente. Ahora en cambio, el cuerpo social latinoamericano est atravesando el tiempo de la resaca Como tantas otras veces en la historia econmica de la regin, el momento cclico de auge, dur poco; tras el mismo, los efectos y los sntomas de las expropiaciones y devastaciones, afloran a la superficie. El dolor de la expropiacin se siente a flor de piel (Machado Aroz, 2012); los efectos anestsicos del consumismo -del consumo ostentoso de las lites; del consumo imitativo de las clases medias y el consumo compensatorio de las bases de la pirmide (Machado Aroz, 2013; Scribano y DE Senna, 2014) han perdido eficacia. Son tiempos de aturdimientos y confusiones; tambin de crisis y levantamientos oblicuos, de efervescencia de la conflictividad social y poltica; en suma, de agudizacin y explicitacin de las violencias y los violentamientos expropiatorios (Antonelli, 2016). Quizs, lo nico promisorio de este sombro escenario presente, es que, tal vez, estemos ahora, en mejores condiciones para volver a plantear y a re-pensar, precisamente, el fondo de la cuestin.

El extractivismo como geo-metabolismo del capital

El capitalismo vive a expensas de economas coloniales; vive, ms exactamente de su ruina. Y si para acumular tiene absoluta necesidad de ellas, es porque stas le ofrecen la tierra nutritiva a expensas de la cual se cumple la acumulacin. (Rosa Luxemburgo, 1912).

El fondo de la cuestin, a nuestro modo de ver, sobre la problemtica del probablemente mal llamado- fenmeno del extractivismo es el de la naturaleza colonial del capitalismo y, ms genricamente, el de los resabios (por cierto contradictoriamente antimaterialistas) antropocntricos, productivistas y evolucionistas que an hoy afectan la radicalidad revolucionaria del pensamiento marxista1.

Sobre la primera cuestin fundamental, cabe sealar que la razn progresista ha incurrido (interesadamente o no) en una gravosa omisin terico-poltica sobre las races, los alcances y las funciones del extractivismo en la ecologa-mundo del capital. Pretendiendo limitarlo temporalmente a ciertos perodos y/o restringirlo espacialmente a las geografas donde se localizan las actividades extractivas, los voceros de los gobiernos progresistas han procurado desconectar / desconocer los insoslayables vnculos histrica y geogrficamente existentes entre extractivismo, colonialismo y capitalismo. Por caso, Garca Linera ha planteado que el extractivismo es slo una fase o etapa de los procesos productivos que se halla en cualquier formacin social, independientemente de sus caractersticas y condiciones histrico-polticas especficas. Para l, el extractivismo, el no-extractivismo o el industrialismo () son sistemas tcnicos de procesamiento de la naturaleza mediante el trabajo y pueden estar presentes en sociedades precapitalistas, capitalistas o sociedades comunitaristas. () Los crticos del extractivismo confunden sistema tcnico con modo de produccin y a partir de esa confusin asocian extractivismo con capitalismo, olvidando que existen sociedades no-extractivistas, las industriales plenamente capitalistas! (Garca Linera, 2012: 107).

Sin embargo, esto se contradice con (y reniega de) los anlisis elementales de Marx sobre los orgenes y la naturaleza del capitalismo. El capitalismo es un modo histrico de produccin que, desde sus orgenes, surge y se constituye como tal en cuanto sistema-mundo, no apenas como economa nacional. An cuando Marx se concentr en el anlisis del capitalismo britnico, como la expresin ms acabada de ste en el siglo XIX, nunca postul que la economa britnica poda ser comprendida en s misma, al margen de las relaciones coloniales establecidas con el resto del mundo. Y ms an, el apogeo britnico del siglo XIX, no es un hecho azaroso, sino el resultado del proceso histrico de despliegue de las relaciones coloniales que Europa protagoniza a partir de fines del siglo XV.

Para una mirada pretendidamente marxista no es posible pasar por alto que en los albores de la era de la produccin capitalista hallamos como, hechos determinantes, el descubrimiento de los yacimientos de oro y plata de Amrica, la cruzada de exterminio, esclavizacin y sepultamiento en las minas de la poblacin aborigen, el comienzo de la conquista y saqueo de las Indias Orientales, la conversin del continente africano en cazadero de esclavos negros (Marx, 1976: 638). Adems, como han destacado los anlisis de Rosa Luxemburgo (1912) y de David Harvey (2004), los hechos desencadenantes de la acumulacin originaria no revisten apenas el valor de acontecimientos del pasado que signan los orgenes del capitalismo, sino que se trata de un modus operandi que revela la lgica intrnseca, constitutiva y constituyente del capitalismo. Lejos de ser una etapa en el desarrollo del capitalismo que se restringe a sus orgenes, esas formas de expoliacin y de saqueo constituyen un aspecto inherente y continuo del capitalismo a lo largo de sus diversas fases histricas.

El anlisis de Rosa Luxemburgo es sumamente esclarecedor de esta desigualdad geogrfica permanente en el tiempo, propia del capitalismo como sistema mundial. Para ella, el proceso de produccin de plusvala que acontece en las metrpolis imperiales (la acumulacin como proceso puramente econmico) es inseparablemente subsidiario de la poltica colonial que se desarrolla en la escena mundial, donde la acumulacin acontece ya, sin disimulo por medio de la violencia, el engao, la opresin y la rapia (Luxemburgo, 1912). En la economa-mundo del capital, las geografas industrializadas estn orgnicamente vinculadas a las geografas coloniales (donde impera lisa y llanamente la acumulacin por despojo); por tanto, la evolucin histrica del capitalismo slo puede ser comprendida si las estudiamos conjuntamente (Luxemburgo, 1912).

As, es preciso descartar de plano una burda falacia argumental sobre el extractivismo : no se puede concebir extractivista a la economa brasilea por su alta tasa de exportacin de bauxita y no-extractivista a la economa alemana, que es la de mayor ndice de consumo de aluminio per cpita tiene a nivel mundial, cuando precisamente, el aluminio que consume la economa alemana est provisto por yacimientos ubicados en territorio brasileo. El vnculo orgnico que plantea Rosa entre las economas industrializadas y las zonas coloniales remite directamente al des-en-cubrimiento del extractivismo como dispositivo colonial del geo-metabolismo del capital.

De tal modo, efectivamente, el extractivismo no es un modo de produccin, pero tampoco es una fase de los procesos productivos, ni es algo que defina apenas la economa de un pas o regin donde se realiza la extraccin. Ni es un fenmeno reciente, ni es algo atemporal. El extractivismo es un fenmeno estructural, histricamente delimitado a la moderna era del Capital. Emerge como producto histrico geopoltico de la diferenciacin y jerarquizacin originaria entre territorios coloniales y metrpolis imperiales; los unos concebidos como meros espacios de saqueo y expolio para el aprovisionamiento de los otros.

En este sentido, no es posible pasar por alto el fundacional y determinante papel performativo desempeado por la conquista y colonizacin de Amrica en el surgimiento, expansin, y consolidacin del capitalismo como patrn de poder mundial y modelo civilizatorio hegemnico. El hallazgo de la naturaleza americana se erige as como el pilar fundacional de ese proceso y la condicin de posibilidad misma del capitalismo como tal. Desde entonces hasta el presente, ininterrumpidamente, la riqueza de la naturaleza americana (y de las zonas coloniales, en general) se constituir en la materia prima de la acumulacin capitalista global; proveer las bases materiales y simblicas de la produccin capitalista de la naturaleza y de la configuracin de la naturaleza como objeto colonial del capital.

Esto es, la cosmovisin propiamente moderno-capitalista de la Naturaleza -basado en una concepcin eminentemente antropocntrica/utilitarista de la misma- y el patrn hegemnico de relacionamiento extractivista resultante, se con-formaron en el especfico contexto socio-histrico del descubrimiento y la conquista de la naturaleza americana. As, el modus operandi del conquistador fungi como habitus a partir del cual se construyeron las tecnologas materiales, institucionales y representacionales de apropiacin, uso y manipulacin de la Naturaleza, a la postre, instituidas como nicas, universales.

Ese habitus conquistador est en la quintaesencia del sujeto moderno, del prototipo del individuo racional; el que ya encarnado en sus roles de cientfico, de empresario, y/o de funcionario estatal (intercambiablemente) se arrog el monopolio del tratamiento y disposicin (ya cientfica, ya eficiente, ya legal) de la Naturaleza. As, a partir de entonces y hasta la fecha, la Naturaleza-Vida, degradada ya a su condicin de mero recurso, va a ser unilinealmente pensada, concebida y tratada como objeto de conquista, de explotacin, al servicio de la acumulacin.

La idea de colonialidad de la naturaleza remite a este dispositivo epistmico a travs del cual el capital traz una trayectoria de objetualizacin, cientifizacin y mercantilizacin de la Naturaleza, tanto de la naturaleza exterior (=territorios-recursos naturales), como de la naturaleza interior (=cuerpos-fuerza de trabajo). El historiador de la ciencia Peter Bowler destaca cmo la formacin del espritu cientfico moderno y la propia constitucin de las ciencias naturales estuvieron motivacionalmente fundadas no slo por el deseo de explorar sino tambin de explotar una proporcin siempre mayor de la superficie terrestre Tal actitud exiga una visin ms impersonal de la naturaleza; una imagen de los seres vivos como meros artefactos que estaban ah para ser explotados y no es una detalle menor el hecho de que esos descubrimientos fueran protagonizados por hombres que no eran ilustrados, sino comerciantes que partan en busca de ganancias (Bowler, 1998: 50-55). De tal modo, desde el siglo XVI en adelante, asistimos al ascenso de una concepcin mecanicista de la naturaleza como verdad cientfica, que coadyuv a legitimar la despiadada actitud de una poca donde el lucro era lo nico que importaba (Bowler, 1998: 50).

Ahora bien, vale remarcar entonces que ese sistema representacional no se cre en el aire; ni con anterioridad a la organizacin global de la economa poltica del saqueo. La colonialidad como la cara oculta de la Modernidad no es concebible al margen y/o independientemente de la dinmica material-energtica, socio-geo-metablica, de imposicin de un patrn mundial estructural de explotacin de los territorios y los cuerpos as con-vertidos en botines de guerra/objetos de conquista. Como precisa el gegrafo brasileo Carlos Walter Porto Goncalves, sin el oro y la plata de Amrica, sin la ocupacin de sus tierras para las plantaciones de caa de azcar, de caf, de tabaco y de tantas otras especies, sin la explotacin del trabajo indgena y esclavo, Europa no sera ni moderna, ni centro del mundo (Porto Goncalves, 2003: 168).

Esto significa que no hay colonialidad sin colonialismo; y que no hay capitalismo sin extractivismo. El extractivismo, tal como lo hemos definido y caracterizado (Machado Aroz, 2015), remite al patrn geogrfico-colonial de apropiacin y disposicin de las energas vitales (las primarias energas naturales y las secundarias, socioterritoriales) por parte de una minora social violenta que ha impuesto la economa de guerra, como cosmovisin y prctica de relacionamiento con el mundo; lo que, a largo plazo, produce condiciones (ecobiopolticas) de superioridad en unos (pocos) seres humanos y grupos socioculturales, y efectos (ecobiopolticos) de inferiorizacin en vastas mayoras de aquellos.

Por otro lado, al ser un sistema autoexpansivo, que toma como finalidad un objeto abstracto (la acumulacin de valor) desentendindose de la materialidad concreta del mundo de la vida, el capitalismo crea una Naturaleza donde la produccin de riqueza est dialctica e inexorablemente ligada a la depredacin de las fuentes y medios de vida. La capitalizacin de la Naturaleza -incluso en las formas del conservacionismo- es la muerte de la Naturaleza.

Ahora bien, esa muerte no se distribuye proporcional y simtricamente; anida de modo diferencial, en las economas coloniales, as marcadas como zonas de sacrificio. La economa imperial del capital, el modo de vida imperial (Brand y Wissen, 2013) de las lites que detentan el control oligoplico de los medios de violencia, slo se hace sostenible a costa de la explotacin extractivista de los cuerpos y los territorios; es decir, de la Vida en sus formas histricas elementales. Por eso el capital, es una necro-economa de frontera. La apropiacin de la tierra y el trabajo de frontera ha sido la condicin indispensable para las grandes olas de acumulacin de capital (). Las apropiaciones de frontera envan vastas reservas de trabajo, alimento, energa y materias primas a las fauces de la acumulacin global de capital (Moore, 2013), sin las cuales sta no sera materialmente posible.

Crecer para salir del neoliberalismo? Los espejismos del crecimiento con inclusin social

El capitalismo de crecimiento ha muerto. El socialismo de crecimiento, que se le parece como un hermano gemelo, nos refleja la imagen deformada de nuestro pasado, no la de nuestro futuro (Andr Gorz, Ecologa y Libertad, 1977).

Ver y comprender hasta qu punto el capitalismo no puede funcionar sino a expensas de la explotacin extractiva de economas coloniales, podra no ser polticamente tan importante si no fuera que estamos viviendo y hablando de y desde Nuestra Amrica. Entender y sentir hasta qu punto la explotacin de la Tierra es, en s misma, la explotacin de los cuerpos, es algo crucial para quienes estamos situados en una perspectiva epistmico-poltica del Sur (Souza Santos, 2009). Pues precisamente, ello nos hace tomar conciencia de que la riqueza que el capital acumula y que (en sus versiones progresistas) promete redistribuir es la riqueza del valor abstracto, esa cuya acumulacin se amasa a costa de la fagocitosis de los expropiados; de los condenados de la Tierra (Fanon, 1961).

Como ya sealamos en otras oportunidades, los extravos de la razn progresista nacen precisamente de aquella omisin. Al abrazar fervientemente la fe ciega en el progreso (esto es, el credo colonial-capitalista del evolucionismo, el cientificismo y la omnipotencia y la neutralidad tecnolgica), la razn progresista cree firmemente en el crecimiento infinito como horizonte universal y deseable de la historia y en la redistribucin de ese crecimiento como camino de la redencin social. Ese imaginario colonial ha atacado de nuevo los esfuerzos emancipatorios nuestroamericanos recientes. En las encrucijadas del capitalismo/colonialismo senil, los gobiernos progresistas de Amrica Latina, surgidos e impulsados por resistencias populares contra el neoliberalismo, han recado una vez ms- en la ceguera colonial de las fantasas desarrollistas. Han tentado romper las cadenas de la opresin histrica, profundizando sin embargo, las sendas estructurales que las forjaron. Omitiendo que el problema de fondo era y es el capitalismo/colonialismo, se opt por confrontar con el neoliberalismo. Confundiendo crecimiento con revolucin social, apost al crecimiento s, claro, con redistribucin del ingreso- como va de salida hacia el post-neoliberalismo. Pese a todas las advertencias en contrario, la obsesin por el crecimiento, por la expansin del consumo, el ascenso de las clases medias como va de superacin de la pobreza, termin provocando una gravosa amnesia poltica sobre qu es lo que crece y sobre los efectos eco-biopolticos de ese crecimiento.

Ineludiblemente, lo que crece con el crecimiento (del PBI, de las inversiones, de los empleos, y an de los salarios y el consumo popular) es el capitalismo. El crecimiento no nos saca ni nos aleja de ste; sino que nos hunde cada vez ms en sus fauces necro-econmicas. Nuestro crecimiento, el de nuestras economas latinoamericanas, es el crecimiento especficamente del capitalismo perifrico-colonial-dependiente. Por tanto, es la profundizacin de las condiciones histrico-estructurales de sper-explotacin (Marini, 1973); de depredacin de la Tierra y de los Cuerpos como materia prima para la realizacin de la acumulacin global. Nuestro crecimiento no nos alej del capitalismo, sino que fue funcional a su reactivacin e intensificacin. No slo en trminos macro-geopolticos, ya que el boom de los commodities aliment el crecimiento industrial chino, como locomotora del mundo; sino tambin en trminos micro-bio-polticos, pues la expansin del consumo opera como una gran fbrica de produccin capitalista de subjetividades, de sensibilidades y sociabilidades hechas cuerpos, donde las formas de percepcin de la realidad, los modos de estructuracin de las relaciones sociales y hasta los modos de pensar la propia vida, los sueos, los deseos y el sentido de la existencia, estn completamente mediados y colonizados por la lgica fetichista de la mercanca.

La expansin de la fiebre consumista, lo sabemos, provoca estragos en las energas revolucionarias. Cuando la forma mercanca se convierte en portadora de la felicidad; cuando el acceso a stas es tomado como indicador de bienestar social; cuando el universo de los ideales polticos, las mximas aspiraciones libertarias, igualitarias y de justicia, se reducen drsticamente a la aspiracin minimalista de participar en el consumo de mercado, es cuando ya hemos perdido completamente el rumbo y hasta el sentido de la vida.

Nuestras crticas a los gobiernos progresistas en modo alguno buscaron hacerle el juego a la derecha; todo lo contrario. Simplemente procuraron remarcar que hablar de capitalismo salvaje es una tautologa y que predicar el capitalismo humanizado es un oxmoron. El capitalismo no admite adjetivaciones; es simplemente eso: un rgimen de relaciones sociales que opera la fagocitosis de las energas vitales como medio para la acumulacin pretendidamente infinita del valor abstracto. En ese proceso consume la vitalidad de la Tierra y la humanidad de lo humano.

Ahora, que se vienen de nuevo tiempos de ajuste y recesin bien vale la pena recordar lo que dijimos en tiempos de auge y expansin: el neoliberalismo no es apenas sinnimo de privatizaciones, ajustes, recortes de salarios y de las polticas sociales. El neoliberalismo es una fase del capital cuya caracterstica central est dada por el predominio de procesos de acumulacin por despojo (Harvey, 2004), vale decir, por la intensificacin de las dinmicas de mercantilizacin mediadas por mltiples y crecientes recursos de violencia. El neoliberalismo es, ni ms ni menos, que el capitalismo en su fase senil; la era de la acumulacin en tiempos de agotamiento del mundo y de crisis terminal de las energas vitales, tanto las primarias (que brotan de la Tierra) como de las sociales (que surgen y se movilizan por el trabajo).

Precisamente porque la economa poltica de la devastacin (Foster, 2007) ha llegado a sus lmites, la fase del extractivismo neoliberal implica el inicio de una nueva era: la era de la explotacin no convencional. Es que las formas convencionales de la explotacin (tanto de la fuerza de trabajo-naturaleza interior, como de la Tierra-naturaleza exterior) han tocado fondo. Es el agotamiento de las formas neotayloristas de disposicin de los cuerpos y extraccin de las energas sociales; es el agotamiento de las formas convencionales de extraccin de energas en sus formas primarias (petrleo, minerales, nutrientes, protenas). Es, por consiguiente, el inicio de nuevos regmenes de trabajo/tecnologas de extraccin de plusvala y de nuevas tecnologas de extraccin y sper-explotacin de los recursos no convencionales: la era de la del fracking, del shale-oil y el presal; de la minera hidro-qumica a gran escala; de las mega-plantaciones tambin qumicas y carburferas; la era de la transgnesis y de la intervencin mercantilizadora sobre las estructuras microscpicas de la vida (nanotecnologa) as como de las geo-ingenieras y los mercados de carbono, oxgeno, fsforo, nitrgeno, etc. Bajo esta dinmica, el capital avanza creando nuevos regmenes de naturaleza (capital natural) y nuevos regmenes de subjetividad (capital humano), cuyos procesos de (re)produccin se hallan cada vez ms subsumidos bajo la ley del valor. Ese avance del capital supone una fenomenal fuerza de expropiacin/apropiacin de las condiciones materiales y simblicas de la soberana de los pueblos; de las condiciones de autodeterminacin de la propia vida. Y todo ello se realiza a costa de la intensificacin exponencial de la violencia como medio de produccin clave de la acumulacin.

As, pues, vivimos tiempos de agudizacin y explicitacin de las violencias y los violentamientos expropiatorios. No casualmente, das atrs, el relieve sociopoltico de Nuestra Amrica se ha visto sacudido por el brutal asesinato de Berta Cceres, acompaado tambin de agresiones y de intentos de incriminacin a Gustavo Castro Soto, otro compaero, aunados en las luchas contra los mega-proyectos hidrolectricos, de minera a gran escala y monoculturas extractivistas varias que implican, en el fondo, los nuevos enclosures del Siglo XXI. Incontrastablemente, el motivo de semejante crimen fue que Berta se haba tornado en un duro obstculo para los proyectos del poder. Como lideresa firme y clara, tena plena conciencia que su vida corra peligro. Ella misma, unos meses antes de su asesinato denunciaba que el terrorismo, la militarizacin y las persecuciones que estaban viviendo campesinos, pueblos originarios, el pueblo Garfuna en Honduras, eran parte de una estrategia cuyo fin era decapitar el movimiento social que est resistiendo en los territorios el avance del capitalismo. En una entrevista de noviembre de 2014, el periodista le pregunta: Berta, frente a esta ola de asesinatos, temes por tu vida?; y Berta contesta: S, s. Bueno, tenemos temor En Honduras no es fcil; es un pas en el que se vive una violencia brutal; son constantes los asesinatos, las amenazas, los atentados a la vida El encarcelamiento, las rdenes de prisin, bueno, esos son riesgos menores. () Lo ms peligroso en Honduras, que yo misma lo siento, es el riesgo de perder la vida () Pero s, tememos por nuestra vida, pero yo tambin quiero decir categricamente que no nos van a paralizar por el miedo. Eso s, que lo sepan ellos. Adems, aunque sucediera, yo estoy absolutamente convencida de que el pueblo lenca y la resistencia del pueblo hondureo no va a cesar, al contrario, va a crecer ms an2.

Forma extrema de los violentamientos, el asesinato de Berta, como el de tantas y tantos otros sujetos/cuerpos-conscientes de su territorialidad en Nuestra Amrica, emerge como inequvoco sntoma de la fase senil, ultra-predatoria en la que ha ingresado el metabolismo necro-econmico del Capital, esa ecologa-mundo que ha prosperado y ha usurpado el nombre de la humanidad, a costa de la depredacin sacrificial de las economas de frontera; de su Tierra y su Trabajo. Berta tena clara conciencia de que el modo de vida capitalista, colonial, patriarcal contra el que luchaba, precisaba, para progresar, fracturar las conexiones vitales-existenciales entre cuerpos-trabajo y Tierra-territorios de vida. Berta lucha junto a esos cuerpos primitivizados por la violencia modernizadora del capital. Por eso, para la opinin pblica, en las crnicas periodsticas convencionales, Berta era presentada como defensora de los Derechos Humanos. Para quienes la conocimos, para muchas y muchos que hacen parte de esos cuerpos en re(ex)sistencia, Berta es una Defensora de la Madre Tierra. Tenemos la ntima conviccin que ella misma prefera esta ltima presentacin; porque su vida es, en s, una pedagoga poltica que nos ensea que no hay derechos humanos por afuera ni por encima de la Madre Tierra; que no hay dignificacin del ser humano ni lucha contra la explotacin de la/os trabajadora/es que se logre a costa de la explotacin y la depredacin de la Tierra.

De la cuestin de fondo a lo fundamental. Pensar-nos Tierra como clave para re-orientar nuestras luchas emancipatorias.

La naturaleza es el cuerpo inorgnico del hombre; es decir, la naturaleza en cuanto no es el mismo cuerpo humano. Que el hombre vive de la naturaleza quiere decir que la naturaleza es su cuerpo, con el que debe mantenerse en un proceso constante, para no morir. La afirmacin de que la vida fsica y espiritual del hombre se halla entroncada con la naturaleza no tiene ms sentido que el que la naturaleza se halla entroncada consigo misma, y que el hombre es parte de la naturaleza (Karl Marx, Manuscritos Econmicos Filosficos de 1844).

Salvo notables excepciones, el pensamiento tradicional de izquierda y el marxismo ortodoxo en general ha tendido a priorizar la opresin de clase por sobre la explotacin de la Naturaleza, como si fueran dos problemticas distintas e inconexas. Sin embargo, este tipo de razonamiento est en abierta contradiccin con la ontologa materialista de Marx, que al pensar los fundamentos de la realidad, en lugar de la conciencia, del Sujeto o del Objeto, parte del cuerpo. En efecto, para Marx, (L)la primera premisa de toda la historia humana es la existencia de individuos humanos vivos. El primer hecho a constatar es, por tanto, la organizacin corprea de esos individuos y la relacin por eso existente con el resto de la naturaleza (Marx y Engels, 1974: 19).Se trata de una premisa fundamental sobre la que se edifica todo el pensamiento filosfico, antropolgico y poltico de Marx.

Pues, en primer lugar, partir de los individuos humanos vivientes, implica, ante todo, negar radicalmente toda separacin entre Naturaleza y Sociedad y rechazar todo antropocentrismo. O, si se prefiere, supone partir de la afirmacin bsica de que el ser humano es naturaleza. La materialidad del cuerpo remite indefectiblemente al enraizamiento histrico-material que lo humano tiene respecto de la Naturaleza en general. Una perspectiva histrico-materialista como la que propone Marx- nos lleva a reconocer que, histricamente, venimos de la Naturaleza: somos parte del proceso natural de irrupcin, despliegue y complejizacin de la materia en el transcurso geolgico de la vida en el planeta. Y que fisiolgicamente, dependemos de la Naturaleza: los cuerpos humanos vivientes (naturaleza interior) tienen una relacin de dependencia existencial con el conjunto de seres vivos y de factores y condiciones biosfricas de la Tierra (naturaleza exterior). La Tierra -como sistema viviente- nos excede, nos precede y nos contiene absolutamente. Nuestra vida es estructural y funcionalmente dependiente de una sistemtica e ininterrumpida vinculacin material con el resto de la Naturaleza en general. Por tanto, lo humano no puede ser escindido de la naturaleza; no puede ser pensado o concebido como algo exterior, ajeno o contrapuesto a la naturaleza.

En segundo trmino, al partir de los cuerpos, Marx coloca la cuestin de la vida -la problemtica de los individuos humanos vivientes- en la base de su construccin terica y en el centro de sus preocupaciones polticas. A diferencia del idealismo, del empirismo naturalista y del materialismo mecanicista (cada uno, en sus diferentes variantes), Marx no concibe el mundo ni como idea ni como cosa, sino como vida-prctica. En Marx, lo real es lo vivo en cuanto tal: el conjunto de procesos prctico-materiales a travs de los cuales acontece la vida en general; y tambin, en particular, la vida humana, como una expresin histrico-especfica de aquella.

As, la centralidad del cuerpo, en cuanto permite despejar la ficcin idealista de todo antropocentrismo, es fundamental para una epistemologa poltica que se piensa en clave de emancipacin y realizacin plena de la Vida. Pues, cuando lo que ocupa el centro de nuestras preocupaciones epistmicas y polticas es la vida plena de los seres humanos vivientes, no hay lugar ah para sustentar la falacia del antagonismo de el hombre vs. la naturaleza. Por el contrario, se hace evidente que, en realidad, la contradiccin Capital vs. Trabajo, no es anterior ni exterior, a la contradiccin Capital vs. Naturaleza-Vida; que no se trata de dos contradicciones (OConnor, 2001), sino pues solo de una nica gran contradiccin fundamental, en la que la dinmica necro-econmica del capital supone (y requiere) sacrificar la vida (en la radicalidad de sus fuentes y en la diversidad de sus formas y manifestaciones) en el altar del valor abstracto. Se hace, en definitiva, manifiesto que el encarcelamiento de la Tierra a travs de la propiedad- es el primer eslabn de los grilletes que encadenan al Trabajo.

As, la crucial cuestin de la liberacin humana (de las ataduras del capital) requiere hoy, ms que nunca, en los umbrales del Siglo XXI, re-pensar la Tierra. Re-pensar la Tierra como cuestin vital-fundamental, es re-pensarla y re-descubrirla como Madre. Y es tambin re-pensar-nos a los seres humanos, como ontolgicamente hijos de la Tierra; seres terrestres, en el sentido existencial de que no slo vivimos apenas sobre la Tierra y de la Tierra, sino que literalmente somos Tierra. Precisamos, de modo urgente, volver a saber-nos y, sobre todo, sentir-nos Tierra.

Pues, si la (in)civilizacin del capital ha llegado tan lejos en la devastacin y denigracin de la Vida, es precisamente porque no slo ha crecido y se ha mundializado declarndole la guerra la Madre-Tierra, sino porque adems, decisivamente, ha sido muy eficaz en la creacin de sujetos-individuos que no se conciben como hijos-de-la-Tierra, sino que la sienten y conciben desde la exterioridad, la superioridad y la instrumentalidad. Individuos que creen y que sienten que viven del dinero y no de la Madre-Tierra; que conciben el progreso y el desarrollo de lo humano, en trminos de dominio y explotacin presuntamente infinita de los recursos de la Tierra.

Frente al escenario de barbarie mundializada y diversificada que nos ofrece el siglo XXI, tras ms de cinco siglos de desarrollo capitalista, necesitamos, de modo urgente, re-pensar la Tierra para re-orientar el horizonte y el sentido de nuestras luchas emancipatorias.

Re-pensar la Tierra como Madre no es romanticismo pachamamista ni oscurantismo anti-cientfico. Si bien s es una afirmacin efectivamente pre-cientfica (en el sentido de que se trata de un saber humano cuya articulacin como tal antecede histricamente a la propia constitucin de la ciencia, como rgimen hegemnico de produccin de conocimientos), se trata, sin embargo, de una verdad fundamental, no slo en el ms profundo sentido filosfico, sino tambin en el ms riguroso sentido cientfico. Re-conocerla como tal y adecuar a ella nuestros modos de vida, nuestras instituciones, nuestras subjetividades, es decir, nuestros cuerpos y nuestros sueos, nuestras formas de concebir, percibir, pensar, sentir y vivir nuestro lugar en el mundo, es quizs, el mayor desafo pedaggico-poltico que afrontamos como especie, en un momento donde el camino de la emancipacin se ha tornado, ni ms ni menos, que el camino por la sobrevivencia; la sobrevivencia, al menos, de la humanidad de lo humano. Si las fuerzas de izquierda no asumen como propio este desafo, entonces quines?


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1 Sobre este punto, remito a lo planteado en nuestro artculo Marx, (los) marxismo(s) y la ecologa. Notas para un alegato ecosocialista. Revista GEOgraphia, Vol. 17, N 34. Universidade Federal Fluminense. 2015. Pp. 09-38. http://www.uff.br/geographia/ojs/index.php/geographia/article/view/837

2 Entrevista realizada por Resumen Latinoamericano, Noviembre de 2014. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=R7vrgwbS074


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


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