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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 10-11-2016

Reflexiones (irre)sueltas sobre el espacio
Derecho a la ciudad?

Mercedes Ferrero
Rebelin


Las grandes mayoras de Nuestra Amrica fuimos a parar derecho a la ciudad, pero eso no debe dejarnos irreflexivamente peleando por algo as como un derecho a ella.

Es cierto que en las ciudades estamos, vivimos y luchamos. Las mayoras. Aqu experimentamos una vida cotidiana signada por una amplia gama de precariedades y violencias (que cuanto ms pobre es el barrio, ms crudas y descaradas se vuelven). Miles de necesidades bsicas insatisfechas; arbitrariedad y violencia policial; el narcotrfico organizando nuestras economas, movimientos y relaciones; los polticos y los partidos que no dejan de prometer y someter; el consumo como propuesta hegemnica; y el capital inmobiliario siempre acorralndonos un poquito ms all y despojndonos de la tierra. Algo debemos hacer. Los proyectos alternativos de vida urbana se vuelven urgentes, y mejoras en las condiciones materiales de existencia de las poblaciones populares ms an. Y venimos lentas y flojos

Hemos hecho y hacemos enormes esfuerzos por construir desde nuestras comunidades de base, territorios de vida y espacialidades otras que permitan el despliegue genuino de las capacidades humanas, de subjetividades diversas, de proyectos y elecciones de vida variadas, solidarios unos con otros. Y hemos sabido crear desde all, desde nuestros territorios populares, procesos organizativos desde abajo, que son los que permanecen cuando todo lo dems pasa, son los que solucionan la vida-en-concreto (su autodefensa, sus condiciones materiales y sociales de existencia) cuando sta est puesta en jaque. Porque es el territorio, la comunidad, la que se hace cargo de juntar el dinero para atender a los enfermos, de conseguir los alimentos para la olla popular, de crear proyectos laborales y culturales para los jvenes, de defender y resistir los ataques policiales, etc.

Pero esa realidad que recreamos, heredera de las distintas formas en que la cultura popular reproduce y cuida la vida de los suyos, no es la ciudad, sino tan slo una de las mltiples formas de resistencia que en ella se expresan.

La ciudad es tambin hoy (y lo es principalmente) uno de los dispositivos privilegiados del capital y del poder. En ella sedimentan, se solapan, los distintos momentos del desarrollo de las fuerzas productivas y los proyectos de poder que las clases dominantes del continente (y las de afuera) han buscado desarrollar a lo largo de la historia. Aqu nos interesa remarcar dos de los objetivos o necesidades primordiales que la ciudad realiza en el presente: crear renovadas formas de rentabilidad, acumulacin y canalizacin de excedentes de trabajo y de capitales (legales e ilegales); e incorporar/reintroducir/someter las expresiones de impugnacin o desobediencia al sistema.

Sobre el primer punto, basta mirar el descomunal despliegue de los negocios inmobiliarios en nuestras ciudades, de la mano de la alianza entre los sectores constructores, inmobiliarios, bancarios y financieros; con la activa participacin estatal en la creacin de mecanismos normativos, administrativos y de financiamiento que los promueven; y con la presencia determinante de los flujos de capitales transnacionales del mercado de commodities, pero tambin del narcotrfico y otras actividades ilegales del capitalismo criminal. Ellos imponen un modelo de ciudad elitizada, nuevos formatos habitacionales (condominios, edificios de alta gama, etc), espacios corporativos y no-lugares semi-privados que esconden tras un ropaje pblico (centros comerciales, parques con accesos restringidos, etc.). Esas espacialidades tienen su reverso en la precariedad, las problemticas ambientales, los desalojos y desplazamientos que las de abajo vivimos a diario.

Sobre el segundo punto, es necesario desagregar algunos elementos.

Por un lado hay que aclarar que las ciudades perifricas, con su altsima concentracin de poblacin desplazada, cumplen un papel fundamental en el funcionamiento del capitalismo global: no solamente como contencin de ejrcitos de reserva de trabajadores que presionan los salarios a la baja y permiten a las empresas transnacionales emplazarse y moverse de un lugar a otro aprovechando las caractersticas y beneficios coyunturales de dichos mercados de trabajadores urbanos; sino tambin como lugar de funcionamiento de formas econmicas y toda una gama de trabajos precarizados no reconocidos por el mercado, que son los que soportan los costos de la reproduccin social subsidiando los mercados formales (ac encontramos a los trabajadores y trabajadoras de la economa popular, pero tambin todas aquellas actividades vinculadas a la economa ilegal, de las cuales los trabajadores del narcotrfico en los barrios populares constituyen slo la cara ms visible).

Y es que el despojo, la desposesin, cumplen funciones especficas en la reproduccin de la acumulacin capitalista (las prcticas de acumulacin primitiva, ya no como momento originario sino como dinmica permanente, tanto a escala global como local), pero tambin en el disciplinamiento social. Generacin tras generacin las clases populares de nuestro continente han sido dislocadas, expropiadas de la tierra, sus modos de vida, sus conocimientos, herramientas y saberes para la vida: expulsados del campo sin ser absorbidos en la economa ni en la infraestructura urbana, cercados en las periferias de las ciudades sin medios para garantizar una vida digna, etc. Y aquellas trayectorias de desposesin han finalmente recalado en las ciudades: lugares donde la institucionalizacin y estandarizacin de los distintos mbitos de vida (salud, educacin, cultura, alimentacin, vivienda, etc.), as como la domesticacin de las prcticas cotidianas, se realizan de manera ms acabada y controlada.

Las ciudades son, quizs hoy ms que nunca, lugares predilectos para la mutilacin de las autonomas individuales y colectivas. All, la poblacin excedente se encuentra en el umbral de la supervivencia, acorralada en un modelo de inclusin degradada en una ciudadana de trabajo precario, superexplotacin, consumo, endeudamiento y vida-a-crdito, as como de distintas formas de muerte en vida (precariedad y pobreza extremas, hambre, analfabetismo, desnutricin, violencia como principal forma de procesamiento del vnculo social, etc.). Mientras que, trabajadores formales y las clases medias, se aquietan inmersas en formas de vida fuertemente estructuradas por la capacidad de consumo, el individualismo y los discursos de la inseguridad.

Slo desde ese contexto, pensar y crear proyectos de existencias alternativas al neoliberalismo como orden econmico-poltico de vida, se vuelve difcil (sino imposible).

Pero adems, hay que insistir en que estas ciudades nicamente son sostenibles como forma de dominacin, con el funcionamiento paralelo de dispositivos de violencia que se establecen al centro de la organizacin social, volvindose eje ordenador de la vida urbana. En el neoliberalismo, la ciudad requiere de una economa de la violencia y, cada vez ms explcitamente, la vida urbana se vuelve y no slo para las clases populares- una forma de vida signada por la preeminencia de la lgica de la guerra y el enfrentamiento, perpetuada por escenarios de miedo, resignacin y cinismo. Se trate de la criminalizacin de la pobreza, de la represin de las disidencias, rebeldas y protestas, de la creacin de escenarios de control social, o de la va libre para el despliegue del capitalismo criminal.

De qu hablamos entonces cuando decimos derecho a la ciudad? Debemos luchar por ello?

La pregunta debe ser un llamado de atencin para quienes estamos comprometidas con la construccin y la lucha por la vida digna. El objetivo no pasa por denostar aquellas luchas que levantan esa consigna y bandera; de hecho, reconocemos que muchas de las prcticas y discursos en torno al derecho a la ciudad tuvieron, en su momento, la potencialidad de romper con ciertos paradigmas reduccionistas de abordaje del espacio y bregar por una mejora en la calidad de vida de las mayoras populares urbanas, partiendo de una concepcin integral del hbitat que lejos de concebirlo nicamente como dficit de vivienda, lograba comprender el complejo entramado de relaciones y mbitos que constituyen el lugar de la vida (acceso a la salud, educacin, cultura, capital social, simblico, etc.). Incluso podemos decir que el hecho de que hoy los organismos internacionales y los gobiernos de derechas e izquierdas erijan discursos sobre el derecho a la ciudad, es fruto de aquellas luchas, que obligaron a correr un poco ms all el campo semntico hegemnico.

Sin embargo, si las palabras, los conceptos son ideas-fuerza y pueden ser armas; debiramos estar atentas cuando stas incorporadas al campo enemigo- se vuelven contra nosotras. En este sentido, los desafos de las emancipaciones en contextos de crisis civilizatoria, guerras de alta y baja intensidad, militarizacin de la vida cotidiana, nos obligan a repensar los conceptos y categoras que reproducimos desde los espacios organizativos y de pensamiento crtico?. Cuando los poderosos del mundo interpretan nuestros reclamos y buscan reintroducirlos en la lgica del sistema: banalizando sus contenidos y traducindolos en la dinmica mercantil; es necesario que operemos tambin desplazamientos en las luchas. Sino, corremos el riesgo de quedar entrampadas en matrices de pensamiento y accin funcionales al neoliberalismo y las formas de dominacin actuales.

En este sentido, no podemos -desde estos contextos urbanos organizados bajo lgicas de la guerra- seguir pensando las luchas urbanas como conquistas de derechos. Y esto no quiere decir que no sea vlido tcticamente utilizar aquellas conquistas de sentido que lograron instalarse como derecho al hbitat o derecho a la ciudad, pero esas ideas no pueden conducir nuestras luchas, no deben constituirse en nuestros objetivos polticos ni en horizontes estratgicos.

Cuando Lefebvre, en el contexto inmediatamente posterior al Mayo francs, propona el concepto y la perspectiva del derecho a la ciudad como derecho a una vida urbana renovada y transformada, lo haca desde esa coyuntura concreta y orientado por las disputas contra el modelo de la sociedad de consumo, planteando la necesidad imperiosa de recuperar la ciudad para la gente frente a los procesos acelerados de privatizacin del espacio urbano a los que estaban asistiendo las sociedades europeas de la poca. l mismo, aos ms tarde, explicit que el derecho a la ciudad no puede ser bajo ningn punto de vista concebible como una declaracin de principios, sino que depende enteramente de la accin colectiva y de la realizacin de transformaciones en muchos otros mbitos de la sociedad.

Esa es la lnea que recupera Harvey cuando plantea que el derecho a la ciudad es mucho ms que la libertad individual de acceder a los recursos urbanos: se trata del derecho a cambiarnos a nosotros mismos cambiando la ciudad. Es, adems, un derecho comn antes que individual, ya que esta transformacin depende inevitablemente del ejercicio de un poder colectivo para remodelar los procesos de urbanizacin. Para Harvey, el derecho a la ciudad no es tanto el derecho a acceder a lo que ya hay, sino el derecho a cambiarlo.

Pero, por un lado, ni Lefebvre ni Harvey estaban pensando las particularidades actuales y la condicin social de las clases populares nuestroamericanas: trayectorias de desposesin que no se limitan a la experiencia urbana, sino que encuentran continuidades en la historia de vida del campo y la ciudad. Y, adems, este concepto obtura una crtica al orden espacial del capitalismo como la que necesitamos hoy. La crtica de ese orden que instituye las ciudades como centros de concentracin de poder, los patrones de vida urbana como norma, y la condicin de vida de las grandes mayoras como vidas desposedas y vidas-en-dependencia.

Nosotras no podemos seguir abonando disputas y consignas de lucha que tomen como dada la realidad de la urbanizacin perifrica y las ideas de dualidad urbana, ciudad formal/informal, que son los conceptos desde los cuales los organismos internacionales de gobierno y de crdito estn interviniendo en nuestros territorios. Corremos el riesgo de limitarnos a transformar lo que ellos consideran ciudad informal, ilegal, irregular a los patrones, bienes y servicios de la ciudad formal, legal, regular (la que genera impuestos inmobiliarios y consumo regular), solamente en aquellos momentos en que las dinmicas del capital y el poder requieran reforzar sta y no aquella. Y as quedar confinadas en reclamar al Estado, sin disputar el modelo de urbanidad y el modelo de territorialidad ms all de lo urbano. Mientras, el proceso de sobreurbanizacin y los desplazamientos continan, las desigualdades sociales se reproducen y siempre hay nuevos barrios o sectores desatendidos. Porque jams puede concluirse la contencin de lo incontenible que la voracidad del capitalismo financiero est generando.

Por ltimo, si miramos las formas de gestin desde las cuales poder y capital estn operando sobre las ciudades, no hace falta demasiado anlisis para encontrar la enorme preminencia de mecanismos de excepcin a las normativas o de gobierno flexible del espacio, establecidos por vas de hecho o de derecho (alianzas pblico-privadas, sistemas de captacin de plusvalas urbanas, permisos fuera de la ley, mirar para otro lado cuando el capital inmobiliario avanza).

Y algunos, desde el campo popular, seguimos pensando y articulando acciones desde el derecho a la ciudad.

En tiempos de guerra, insistimos, nuestras proyecciones estratgicas deben sacudirse el lenguaje de derechos y articular luchas crticas frente a la espacialidad neoliberal. Porque en ello se juega la supervivencia de las mayoras populares. Si el espacio -en el capitalismo financiero, neoliberal y militarizado- se configura cada vez ms como una cantidad de campos de batalla abiertos por la tierra y el territorio, el desafo pasa por caminar la creacin y autodefensa de nuestras autonomas territoriales y nuestros territorios populares. Y las autonomas exigen desarmar el orden campo-ciudad del capital.

Mercedes Ferrero es integrante del Colectivo de Investigacin El llano en llamas y militante del Encuentro de Organizaciones (EO) de Crdoba, Argentina.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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