Portada :: Amrica Latina y Caribe
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 05-11-2019

La paradoja del patriotismo militarista latinoamericano

Jorge Majfud
Rebelin


En una reciente entrevista * , hice referencia a la funcin complementaria que la mayora de los ejrcitos latinoamericanos han cumplido desde el siglo XIX en la dinmica global administrada por las grandes potencias. Como siempre, narrativa y realidad estuvieron divorciadas hasta que la primera se inocul en la segunda y luego se fosiliz en el subconsciente popular de un sector de la poblacin. La idea medieval del honor (XIII), las ms modernas de la reserva moral de la Nacin (Chile, 1924) y de la doctrina de la Seguridad nacional para Amrica Latina (Washington, 1962), resultaron ser sus estrictos opuestos: gracias a estos ejrcitos, las superpotencias mundiales fueron capaces de intervenir, dominar y dictar las polticas de sus patios traseros (frica y Amrica latina).

Inmediatamente me llegaron los clsicos insultos acusando de vendepatrias, infiltrados y traidores a los crticos de la Santa Institucin, de la poltica del Palo largo y de la ideologa militarista que seduce tanto a quienes se les acalambra el brazo, la mano y los dedos.

La lista de evidencias es ilimitada, pero mencionemos unos pocos ejemplos, los menos conocidos. Cuando en 1928 los campesinos colombianos de Cinaga se dieron cuenta que ninguno de ellos llegaba a viejo, iniciaron una huelga contra la poderosa United Fruit Company exigiendo, no una revolucin comunista ni de ningn otro tipo sino algunas mejoras como la construccin de una clnica y la contratacin de mdicos para los miles de trabajadores que cortaban bananas para la felicidad de la compaa y de los consumidores civilizados. La Compaa no acept los reclamos y se neg a pagar los beneficios establecidos por la ley colombiana de 1915, alegando que sus trabajadores no eran sus trabajadores sino de un subcontratista colombiano. Cinco mil trabajadores fueron a la huelga y el gobierno de Estados Unidos, presionado por la compaa bananera, amenaz a Colombia con enviar, como era su costumbre, los marines. Al fin y al cabo, los marines se encontraban ocupando o supervisando varios pases cercanos en Amrica Central y en el Caribe, pases incapaces de gobernarse a s mismos por defecto de sus razas inferiores, como lo reconoca la prensa estadounidense del momento. El presidente colombiano, Miguel Abada Mndez, temiendo otra intervencin que le recordara el desgarro de parte de parte de su territorio, Panam, veinticinco aos atrs, envi su propio ejrcito a Cinaga. Segn un cable del consulado estadounidense, no todos los soldados estaban dispuestos a cumplir con su deber, pero en la noche del cinco de diciembre, los soldados colombianos, casi tan pobres (el casi es relevante) como los campesinos a quienes fueron a reprimir, encontraron a cinco mil trabajadores durmiendo en las calles del pueblo a la espera del gerente de la compaa todopoderosa. Los soldados les leyeron el comunicado de toque de queda que prohiba reuniones de ms de tres personas. Como casi nadie pudo escuchar lo que decan, nadie obedeci. Cientos fueron masacrados en pocas horas y cargados por la madrugada en tren con rumbo desconocido. Cuando sali el sol, quedaban siete cadveres sin recoger, lo que explicaba el tiroteo. La brutalidad militar y paramilitar se repetirn por mil por las prximas generaciones, pero bajo otras excusas.

Veinte aos despus, en 1948, Costa Rica, harta de manipulaciones, elimina su ejrcito y hasta resiste las invasiones de regmenes militaristas de la regin. Desde entonces, pese a su contexto adverso y en medio del Patio trasero plagado de dictaturas tteres, nunca ms supo de dictaduras militares.

Veamos el caso de la revolucin boliviana de 1952. Fue la nica revolucin popular en Amrica Latina aceptada por Estados Unidos. Cmo se entiende esta excepcin a la regla? Cuando un hecho contradice el patrn histrico, basta con bucear en los documentos originales para encontrar la respuesta. Uno de ellos es un informe enviado al presidente Truman el 22 de mayo de 1952 por su embajador en Bolivia, Dean Acheson, quien le advierte a Washington que si Estados Unidos no reconoce la nueva revolucin popular encabezada por Siles Zuazo y Juan Lechn (Vctor Paz Estensoro se sum desde el exilio), Bolivia se iba a radicalizar contra la presencia de las compaas estadounidenses. (Algo que la soberbia de Eisenhower y Nixon no comprendi cuando Fidel Castro los visit en Washington apenas llegado al poder de la isla; creyeron que iban a resolver el problema de Cuba tan fcil como lo haban hecho con Guatemala e Irn seis aos antes, pero la derrota militar en Baha Cochinos les demostr lo contrario.) Truman concedi, sigui la sugerencia de Acheson, y los cambios en Bolivia empezaron a tomar forma. Aunque de forma muy marginal, los indios y los mineros comenzaron a existir como seres humanos.

El siguiente paso era obvio: Washington comenz a exigirle al gobierno boliviano que desarme las milicias que hicieron posible la revolucin del 52 (una contradiccin ideolgica para los fundadores de Estados Unidos) y en su lugar consolide un ejrcito tradicional.

Una de las figuras de la revolucin, el presidente Paz Estensoro, comenz a alinearse con las directivas del Norte. Consolid un ejrcito fuerte en Bolivia hasta que l mismo fue desplazado por una nueva dictadura en su segundo mandato, orquestada por la CIA. Bolivia sufrir otras dictaduras oligrquicas con la ayuda de algunos criminales nazis (como el carnicero de Lyon, Klaus Barbie) contratados por la CIA para ayudar a reprimir los movimientos populares que eran estratgicamente calificados como comunistas, como si slo los comunistas fuesen capaces de luchar por la justicia social, la libertad individual y los derechos humanos de los pueblos.

Podramos continuar, pero acabo de transgredir el lmite intimidatorio de las mil palabras. Resumamos el patrn histrico que se induce de toda esta historia trgica. Despus de analizar miles de documentos desclasificados creo que, adems de probar la pasada funcin servil de la mayora de los ejrcitos latinoamericanos, podemos inducir y deducir que las superpotencias imperialistas slo tuvieron xito cuando las rebeliones populares llegaron al poder por elecciones (Venezuela 1948, Guatemala 1954, Brasil 1964, Chile 1973, Hait, 2004, etc.) y fracasaron estrepitosamente cuando stas llegaron por una accin armada, no por sus ejrcitos sino por sus milicias rebeldes (Mxico 1920, Bolivia 1952, Cuba 1959, Nicaragua 1979). No estoy diciendo que esa sea la solucin hoy, sino que esa fue la realidad a lo largo de ms de un siglo y esa es la cultura fosilizada en un margen significativo de su poblacin.

La funcin tradicional de los ejrcitos latinoamericanos no fue luchar ninguna guerra contra ningn invasor (la guerra de Malvinas fue un recurso desesperado para salvar otra dictadura) sino reprimir a sus propios pueblos cuando stos se revelaron contra la explotacin de poderosos intereses criollos y extranjeros, protegidos por dictadores puestos y alimentados por las grandes potencias imperiales.

La marca en el subconsciente colectivo es tan poderosa que cualquiera que hoy se atreva a sealar estos simples hechos ser estigmatizado como agente peligroso. El odio a los de abajo no ha desaparecido, incluso en pases donde el brazo imperial se ha retirado. Queda el trauma, la tara, pero con nombres ms elegantes. Cuntos en Estados Unidos o en Francia toleraran a su ejrcito desplegado en las calles de su propio pas? En Amrica latina es una vieja costumbre.

Para no hablar de lo que Malcolm X llamaba los negros de la casa, que cuando escuchan a alguien hablando de la oligarqua y los de abajo, se persignan y acusan al mensajero de crear grietas y divisiones en la sociedad.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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