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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 18-11-2019

Miedo a la paz

Carlos Prez Soto
Rebelin


En la actual revuelta de Chile se ha hablado mucho de miedo. Sobre todo, miedo de una intervencin militar, miedos que surgiran de la memoria traumtica de la dictadura de Pinochet, hace ya ms de treinta aos. Hay personas mayores que cuentan sus experiencias o, los que estuvieron en el exilio, las experiencias que escucharon de otros. Hay jvenes que cuentan las experiencias que les trasmitieron sus padres. La memoria traumtica de un Chile que vivi bajo el miedo a la dictadura.

Sin embargo, hay dos cuestiones que deberan hacernos reflexionar sobre estos miedos y, sobre todo, sobre el argumento del miedo en las actuales circunstancias polticas. La primera es la evidente inviabilidad de una solucin militar para la situacin desencadenada por la revuelta popular en Chile. Piera especul con el espectro de la dictadura, esperando disuadir y ni siquiera el propio Comandante en Jefe del Ejrcito estuvo dispuesto a respaldarlo. Se vio obligado, haciendo el ridculo, a retirar las tropas de las calles, a suspender el toque de queda. Luego especul llamando a sesionar al Consejo de Seguridad Nacional, en que hay una importante presencia de los jefes de las Fuerzas Armadas, y el Contralor General de la Repblica, que tambin lo integra, declar pblicamente que no corresponda convocarlo porque la seguridad nacional no estaba en peligro. Hay que considerar, en esta misma lnea, que en ninguno de los procesos de golpe contra gobiernos democrticos llevados a cabo en los ltimos aos en Amrica Latina se ha recurrido al golpe militar. No ocurri en la destitucin de Dilma Rousseff, ni el golpe contra Evo Morales, tampoco contra Daniel Ortega, o como amenaza a lo largo de los juicios contra Lula, Correa, Cristina Fernndez. En el extremo, ni siquiera se ha podido usar esa carta en el largusimo boicot contra Nicols Maduro.

Hay algo ms profundo en todo esto, particularmente en Chile: un cambio histrico en la composicin, nmero y espritu de las Fuerzas Armadas. En 1983 Pinochet poda sacar 50.000 militares a las calles para sofocar las protestas, en 2019 no se alcanzan a reunir 12.000 militares y se piensa incluso en reforzarlos con reservistas. Las Fuerzas Armadas han perdido el horizonte de la guerra fra, del constante peligro comunista, y el terrorismo islmico, por lo menos por estos lados, no logra constituirse como un smbolo de unidad y misin ante el peligro. Por lo dems, ante semejante escasez de enemigos realmente temibles, la alta oficialidad no ha tenido ms remedio que ocuparse en la especulacin inmobiliaria con los locales de los regimientos, a usufructuar de los altsimos salarios y las ventajosas pensiones y, sobre todo, a aprovechar la absoluta falta de fiscalizacin sobre sus gastos que impera por obra y gracias de los gobiernos democrticos. Se ha constituido de esta manera una casta militar en que la alta oficialidad es casi hereditaria, que est fuertemente protegida por su estatuto de autonoma respecto de la autoridad poltica, fuertemente enajenada en sus privilegios y que, con bastante seguridad, no est dispuesta a pasar sus ltimos das en prisiones, aunque sean de lujo, cuando la clase dominante, una vez pasada la emergencia, les vuelva a dar la espalda.

Pero, ms all de esto, examinando el fondo histrico de los miedos actuales, lo que encontramos en una gran construccin mtica: el pueblo chileno le perdi el miedo a la dictadura de Pinochet en 1983. Aun con 50.000 militares en las calles, aun con disparos hacia las casas y allanamientos masivos en las poblaciones, aun con asesinatos brutales que pretendieron disuadir por el temor, Chile se incendi cada mes durante casi dos aos. Cientos de miles de personas en la calle, miles y miles de barricadas aun en los barrios de clase media, voceros pblicos de la oposicin llamando a manifestarse, pocos, pero muy valientes y muy difundidos medios de comunicacin expresando la gran revuelta de Chile contra el poder militar. Una situacin que mostr muy claramente una leccin poltica y militar de fondo: una ciudad, en ese entonces con cuatro millones de habitantes, no se puede controlar con una ocupacin permanente de militares en las calles. Un pas que protesta masivamente no se puede controlar con una ocupacin militar permanente. Pero tambin, una situacin que muestra otra clara leccin poltica: cuando el conjunto del pueblo est masivamente indignado, las soluciones militares solo contribuyen a agravar el conflicto. Y no es eso, desde luego, lo que quisieran los defensores ms interesados en mantener el actual modelo econmico.

Y, justamente por eso, la leccin poltica se hace ms profunda, y conlleva consecuencias ms graves. Qu puede hacer el poder dominante si el conflicto ha escalado hasta el punto en que ya no puede ser reprimido? Es muy claro: ceder y negociar. Mantener la amenaza con una mano, y negociar con la otra. Hay que reparar, sin embargo, en el hecho de que la amenaza es impracticable, y los actores polticos ms lcidos, tanto a la izquierda como a la derecha, lo saben. Qu hacer entonces, si se tiene en la mano una amenaza materialmente impracticable?: apelar a su peso simblico, usar todos los medios de comunicacin para hacerla creble. Y, sobre todo, contar con actores polticos dispuestos a aceptarla como si fuese real, aunque sepan que no lo es, y dispuestos a negociar en esos trminos. Esa fue la tragedia de Chile en 1989. Un centro poltico, incluso una amplia centro izquierda, dispuesta a negociar, a aceptar avanzar solo en la medida de lo posible, aun sabiendo que tena un poderoso respaldo para ir ms all. Una coalicin de centro izquierda capaz de aceptar volver a la democracia manteniendo plenamente el modelo econmico heredado, sin investigar los fraudes, robos y crmenes del gobierno anterior, manteniendo, e incluso defendiendo al dictador cuando se encontr en apuros.

Treinta aos despus podemos desembocar en la misma situacin. Por un lado, una salida militar abiertamente inviable y por otro, aun sabiendo esto, un discurso del miedo que nos fuerce a aceptar soluciones en la medida de lo posible. Pero, desde luego, no basta con ese discurso del miedo, sobre todo si hay cientos de miles de personas indignadas en las calles. Es necesario un triunfo, grande o pequeo, que pueda ser presentado como un triunfo histrico, por ejemplo, una nueva Constitucin. Agitar el miedo, por un lado, ofrecer un gran triunfo por otro, manipular el resultado para mantener la continuidad del modelo econmico. Esa fue la gran tragedia de Chile en 1989. Y esa puede ser, una vez ms, nuestra tragedia.

La cuestin crucial es, en esos trminos, si el modelo econmico neoliberal puede sobrevivir a pesar de la redaccin y aprobacin de una Constitucin nueva. La respuesta contundente es: por supuesto que s. El modelo puede sobrevivir, aunque la Constitucin consagre el reconocimiento de los pueblos originarios, aunque consagre plenos derechos reproductivos, aunque est repleta de declaraciones en torno a derechos econmicos y sociales, aunque sea presentada como la primera Constitucin anti neoliberal de Amrica Latina. Puede sobrevivir porque no es difcil redactar una Constitucin impracticable. Porque no es difcil traducir los enunciados populistas a polticas eficientemente neoliberales. Esa es nuestra tragedia a lo largo de los ltimos treinta aos: enunciados progresistas, incluso a veces populistas, para medidas que no han hecho sino profundizar el modelo econmico hasta enquistarlo en cada aspecto y cada gesto de la vida cotidiana.

Es evitable que la gran indignacin, la gran protesta, sea administrada de esta manera?: s, es plenamente evitable. Tenemos la fuerza social suficiente para evitarlo. La cuestin est en encontrar los actores polticos que estn dispuestos a enfrentar y oponerse a esa administracin. Para evitarlo es esencial tener perfectamente claro qu disposiciones constitucionales, expresas, directas, pueden atentar contra la profundizacin neoliberal, pueden poner freno a su continuidad. Un pueblo en la calle, no dispuesto a tolerar un nuevo fraude con apariencia de triunfo, voluntad poltica, claridad programtica. Esas son las tres condiciones para que la ira de Chile no conduzca nuevamente al fraude del arco iris.

Y las cuestiones directas, explcitas, que es necesario incorporar al texto constitucional, y que atentan contra el centro de la continuidad neoliberal, no son muy difciles de formular. Un estatuto constitucional que establezca directa y explcitamente la propiedad y dominio absoluto, excluyente, inalienable, imprescriptible sobre la explotacin y usufructo de la gran minera y sobre los recursos naturales estratgicos como el agua, el espectro radioelctrico y la energa. Un estatuto constitucional que establezca de manera directa y explcita la prohibicin al Estado de respaldar en cualquier forma, directa o indirecta, al capital financiero privado. Un estatuto constitucional que establezca, de manera directa y explcita, la obligacin de someter a plebiscito cualquier tratado internacional que pueda comprometer la soberana nacional. Un estatuto constitucional que obligue explcitamente a desarrollar sistemas estatales de salud, educacin y pensiones que sean capaces de cubrir el cien por ciento de la demanda en cada caso. Disposiciones constitucionales explcitas que obliguen a formar una administracin pblica nica, con una escala de salarios nica, fuertemente descentralizada en el financiamiento y la gestin presupuestaria, que termine con los estatutos de autonoma financiera de las empresas y organismos del Estado. Disposiciones constitucionales explcitas que prohban al Estado financiar, directa o indirectamente, a partidos polticos o credos religiosos.

Por supuesto hay muchas otras reivindicaciones que es necesario y urgente contemplar. La autonoma de los pueblos originarios, los derechos medio ambientales, los derechos reproductivos. Por supuesto que es necesario asegurar por la va constitucional mecanismos democrticos como los plebiscitos vinculantes, la iniciativa popular de ley, la defensora del pueblo, la revocatoria de mandatos, los presupuestos municipales abiertos y participativos. Lo que me importa en este texto, sin embargo, es una cuestin de fondo o, si se quiere, un gran miedo de fondo: cmo impedir que la nueva Constitucin se convierta en otro modo ms para administrar la continuidad del modelo econmico.

En estos das, en los cabildos ciudadanos y en los ambientes polticos, es frecuente or hablar del miedo. De recuerdos traumticos y amenazas en ciernes. Habra, al parecer, un miedo bastante difundido a la guerra. Pero yo le tengo mucho ms miedo a la paz.

Primero, porque no estamos en guerra, ni siquiera el comandante en jefe del ejrcito est en guerra. Estamos en medio de la expresin masiva de la indignacin acumulada por treinta aos de violencias y abusos. Y tenemos pleno derecho a expresar esa indignacin y a exigir cambios. Pero tambin, en segundo lugar, porque no debemos aceptar que nuevamente se levante el argumento del miedo para conducirnos a una negociacin indigna. Ni en 1989, ni en 2019, es el pueblo el que tiene miedo. El argumento del miedo es propio de los polticos de derecha, porque tienen mentalidad fascista, de los polticos de centro, porque siempre estn dispuestos a negociar y, tambin, de la llamada centro izquierda, cuyos miedos no son sino indignidad y complicidad encubierta.

Estamos dando una gran batalla contra las violencias acumuladas desde hace ms de treinta aos. Es necesario prepararnos tambin para la gran violencia, silenciosa e indigna, que puede traernos la paz.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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